INTERPRETANDO A RAJOY

Mariano Rajoy es, a veces, tan enrevesado diciendo las cosas que ya se está estudiando en algunas universidades donde clasificar la interpretación de sus sentencias, entre la filología y la criptología.

Ahora hay firmes sospechas de que el “Consejos vendo que para mí no tengo“, el refrán que ha hecho famoso Rajoy, no fuera, como todos pensábamos, dirigido al Secretario General del PSOE de Madrid. Al fin y al cabo, y si se piensa bien, no tenía ningún sentido hacerlo.

No, esa frase, en realidad, se la estaba dirigiendo Rajoy a la propia Cristina Cifuentes, la mujer que decía querer luchar contra la corrupción cuando ella misma guardaba algún esqueleto que otro en su armario. Es posible que fueran tantos que, por eso, sus osamentas asomaban, de manera inevitable, por las puertas del mueble.

La participación de Cristina Cifuentes en los equipos del PP de Madrid de los que se han conocido sus andanzas económicas presuntamente, todavía, delictivas, su dirección de alguna campaña electoral irregularmente financiada, su famoso, y falso, master y su hurto en un supermercado, son algunos de esos esqueletos que ya hemos conocido. Y menos mal, para ella, que ha dimitido, porque si no, quien sabe cuántas cosas más hubieran podido salir a la luz pública. Solo el cielo y eldiario.es lo saben. Bueno, y quizás Rajoy.

Porque, como ahora pienso, Rajoy algo debía saber para haber enunciado ese “Consejos vendo que para mí no tengo“. Es más, podemos estar seguros de que mucho antes de que lo hiciera en público, ya se lo debía de haber dicho en privado a la propia Cifuentes, directamente o a través de intermediarios. Concretamente cuando la ya ex-presidenta empezó con sus veleidades regeneradoras en el PP de Madrid.

Pero Cifuentes, crecida por la buena prensa que, en algunos ambientes, tenía esa postura, o postureo, de desmarque del pasado, no hizo caso de los avisos que, muy probablemente, debía estar recibiendo. Y ha sido al tercer aviso cuando, y lo digo solo en sentido figurado, la han devuelto al corral.

Que nadie piense en que el hurto en el super es algo baladí. Rajoy, a buen seguro conocedor de Kant y de su traductor al inglés, Thomas de Quincey, recuerda la famosa máxima de este último: “Si una vez un hombre consiente en un asesinato, al poco tiempo comienza a darle poca importancia al robo; del robo pasa a darse a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y de ahí solo queda un paso para la descortesía y la falta de puntualidad.” Y eso es lo que parece haber pasado con Cifuentes. Rajoy, al que le gustan las cosas “como Dios manda”, aborrece la mala educación.

Mientras tanto, diversas cortinas de humo han sido lanzadas por el PP para tapar la realidad de que, todo el proceso, era un asunto interno de su partido. Primero fue la aparición de un profesor de la sospechosa Universidad que, en el lado oscuro de su personalidad, tenía el estigma de ser militante del PSOE, y en uno de sus pliegues más recónditos, llegó a sospecharse que fuera amigo del mismísimo Pedro Sánchez.

Después vino lo del pasado (y prescrito en términos jurídicos) exceso curricular del actual Secretario General del PSM, que él mismo corrigió cuando advirtió el error hace más de quince años. La verdad es que, si hubiera sido un poco antes, habría pasado tanto tiempo que José Manuel Franco estaría todavía en el colegio, pero está visto que estos señores, y señora, del PP tiran solo de memoria histórica cuando les conviene.

Tanto en este, como en el caso anterior, se trataba de invalidar la denuncia de fraude de Cifuentes por descalificación del denunciante pero, conociendo la habilidad de los equipos jurídicos del PP, se puede asegurar que no pretendían con tales maniobras evitar la propia denuncia sino envolverla con el humo, puro humo, de sus contra-denuncias.

Y, además, de forma grosera porque, el fondo de la cuestión era el aviso a naveganta que su Presidente le estaba dirigiendo a Cifuentes para que ella misma dimitiera.

Pero, como dijo una vez Stalin, no hay que esperar a que el enemigo se tire por un precipicio, sino que hay que llevarle hasta ahí y, luego, empujarle hasta que caiga. Y vaya si la han empujado. Esta vez no han dicho que el guardia de seguridad de Eroski era militante del PSOE, sino que se han limitado a decirle a Cifuentes que ya estaba bien y que metiera sus objetos personales en una de esas cajas de cartón con asas que salen en las películas.

Todo se termina sabiendo y ha bastado la tranquilidad de un largo fin de semana madrileño para haber podido desentrañar la verdad: Rajoy no tenía ningún interés en el currículo de nadie, sino que quería, simplemente, restaurar la omertá entre sus filas. El próximo/a, ya sabrá a que atenerse. A pesar del largo tiempo transcurrido desde el cedimisión (o el dimicese) de Cifuentes, creo que hacía falta este análisis riguroso.