INFORME (PARCIAL) SOBRE LA CIENCIA GLOBAL EN 2017

La revista Scientific American, estandarte  de la alta divulgación científica, introdujo hace unos años un tema de trascendencia para el análisis de la política científica: el informe “State of the World´s Science”, inicialmente ubicado bajo la rúbrica “Policy & Ethics”, que sin embargo ha cambiado a partir de 2016 al rótulo más aséptico de “Special Report”.

La versión española de la revista, Investigación y Ciencia, ha venido recogiendo fielmente estos ejercicios desde su inicio y así lo hace en el número de diciembre de 2017 con el cuidado con que acostumbra, aunque no hay que esconder las aportaciones propias de la edición española  que se dan en cada número, como  comprobaremos  en lo que viene a continuación. No he podido acceder a la versión original y por lo tanto no se si el título en español  “La razón en la cuerda floja” es traslación exacta de su original en inglés; en cualquier caso es preocupante.

El Informe Especial sobre la Ciencia Global 2017 se desarrolla en cuatro artículos, págs.52-64,  con los siguientes títulos y autores: “La crisis de confianza en la ciencia” a cargo de James N. Druckman, Catedrático Payson S. Wild del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad del Noroeste ( Evanston, Illinois); “Ciencia abierta a la ciudadanía” de  Brooke Borel periodista con especialización en biotecnología; “Las repercusiones del Brexit”, de Inga Visper, periodista germano-británica residente en Londres y con diez años de experiencia informando sobre ciencia en la UE; “El auge científico de China” de Lee Billings, editor de Scientific American especializado en ciencias espaciales y física.

Sin desmerecer la importancia de los dos últimos artículos, que estimo de indudable repercusión geoestratégica, para este análisis voy a centrarme en los dos primeros que considero atinentes a los objetivos de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) y congruente con las preocupaciones del Grupo CURIE y las estrategias de la sección Ciencia en sociedad que es la plataforma que recoge  el conglomerado de nuestros intereses.

El primer artículo, págs.56-58,  es muy sugerente en atención a una serie de facetas innovadoras en el campo de los estudios sobre política de la ciencia. Fue publicado originalmente en Nature Human Behaviour (vol.1, págs.615-617, 2017), y traducido para la versión española. Por lo tanto es una aportación específica de  esta versión en un informe de carácter anual y global, lo que no deja de sorprenderme. El autor expresa en el subtítulo lo que es una  contribución propia en  este campo de  pensamiento: “La politización del conocimiento científico suscita escepticismo entre los ciudadanos ¿Cómo se puede evitar? “ Es una magnifica síntesis  de la esencia  del texto que contiene algunos conceptos de interés y por lo tanto dignos de ser debatidos.

Para incidir en la síntesis y el análisis crítico de esta visión novedosa dentro de la política científica y con ello de nuevas incursiones en la sociología y filosofía de la ciencia, he considerado necesario hacer una inmersión en la hoja de vida del autor. A juzgar por la rotundidad de los datos, James N. Druckman aparece como una de las figuras relevantes de la ciencia política estadounidense y por ello quizás mundial. De su destacado currículo me gustaría entresacar  la búsqueda de la interdisciplinariedad, no por la acumulación de títulos y diplomas, sino por la densidad de sus aproximaciones  combinando saberes y técnicas de otras  áreas del conocimiento como las metodologías, las ciencias de la comunicación y la psicología. Con esta breve presentación no sorprende que, a pesar de no haber publicado previamente- al menos en lo que conocemos- sobre política de y para la ciencia, haya entrado con fuerza en este campo. Debo dejar claro no obstante que su importante artículo también me plantea  dudas  de modo especial en lo que concierne  a la parte propositiva.

Inicia el autor sus reflexiones con la referencia a un editorial de la prestigiosa revista Nature en 2010 en el que se denunciaba el crecimiento de una tendencia anticientífica que según   la revista podría traer consecuencias sociales y políticas de alcance. Seguidamente, el autor invoca a la misma revista  porque en 2016 publicó un artículo, sin duda inquietante, que demostraba que cerca del   cincuenta por ciento de los científicos reconocían la existencia  de un problema de reproducibilidad de la ciencia, socavando así uno de los fundamentos éticos  en relación a la responsabilidad y el  compromiso del método científico  y de la sociología mertoniana de la ciencia.

Con notable capacidad dialéctica el politólogo Druckman plantea una cuestión básica que aúna ambos  problemas  y a tal fin apunta que: “si la ciencia se halla en apuros, los ajenos a ella pueden rebelarse en su contra”. Es una hipótesis arriesgada,  al menos  en tanto que el autor,  que trata de responder a e ella en el artículo, no parece ser un experto en el ejercicio de la profesión del investigador científico y técnico.

Para él,  el problema primario radica en la politización de la ciencia, un término que se está utilizando con frecuencia en tiempos recientes y que justifica la importancia que le presta este  experto en  ciencias políticas,  si bien reconoce que no es un término claro. Tal reconocimiento me apacigua intelectualmente. Druckman establece, en un intento de clarificación, que este proceso se da en cuestiones (políticas  apunto  por mi parte),  donde interviene la ciencia y enuncia los siguientes campos de intervención: sanidad, medio ambiente y educación, pero da también un paso arriesgado en lo referente a la ciencia básica porque recurre en este caso al ejemplo de los modelos  de cambio climático que  se sitúan próximos a este tipo de ciencia aunque no son ni mucho menos el mejor ejemplo. Da un paso más en su argumentación al admitir que la ciencia se manipula para promover programas políticos para seguidamente abordar este hecho político dando paso a la sociología de la ciencia -quizás sin haber entrado en la filosofía de la ciencia según un apunte personal-, para evocar que la ciencia puede politizarse por una de sus rasgos inherentes, la  incertidumbre. La idea básica es que la incertidumbre forma parte esencial de la ciencia, declaración con la que me  permito disentir -con perdón por la autocita y además no quiero que con ella se cierre el debate- puesto que he  declarado en diversas ocasiones y con rotundidad que “la ciencia persigue las verdades pero éstas nunca son dogmas sino verdades evolutivas”,  lo cual es distinto de la incertidumbre.

El segundo argumento deriva  verosímilmente de las conexiones del autor con los ámbitos de la psicología y las ciencias cognitivas. Desarrolla el concepto de razonamiento motivado que para el catedrático de la  universidad del Noroeste de los Estados Unidos es un determinante de que se produzcan sesgos según la elección de las fuentes y de las pruebas.

La tercera razón que se define en el artículo como pieza final del rompecabezas (la politización),  parece apuntalarse en la visión interdisciplinar del autor para atribuir tal proceso  al entorno tecnológico del siglo XXI en un contexto  particular para las dinámicas y dimensiones de la comunicación, es decir la información  y de su influencia en la cognición,  declaraciones con las que estoy plenamente de acuerdo.

El segundo apartado “Desacreditar la ciencia” relata que los políticos y partes interesadas suelen poner en entredicho la ciencia cuando contradice sus programas. Es un relato que desvela  algunas de las facetas más oscuras de la política y que se apoya en la orientación analítica de base psicológica del autor en combinación con las estrategias de la comunicación, a las que Druckman atribuye una fácil vulnerabilidad de la ciencia. Estando de acuerdo con  ello, me permito  una digresión: me choca, y no dejo de lamentar, que no se  mencionen las dimensiones éticas  que circundan estas estrategias y comportamientos.

El tercer apartado titulado” Consecuencia de los sesgos” recurre a la tercera razón expuesta anteriormente, que concierne a la revolución tecnológica con la obvia referencia a la capacidad computacional de que se dispone para aplicarla con facilidad a la obtención y análisis de la información. En este apartado el autor no deja de caer en sus propios sesgos puesto que se apoya en sus intereses intelectuales y metodológicos, la psicología y la estadística. Esto le conduce a una frágil posición discursiva, ya que le lleva a declarar que la búsqueda de la veracidad de los datos puede conducir a prácticas cuestionables en la investigación y a un sesgo de las publicaciones. Es una constatación interesante pero no exenta de riesgos  y de naufragio en un mar de contradicciones. De nuevo evoco a las éticas como factor que debe ganar peso  en  los análisis y debates sobre estas cuestiones, dimensiones y dinámicas éticas que se han definido como complejas e interrelacionadas, de donde ha surgido la propuesta del concepto de interéticas: https://www.google.es/search?q=emilio+mu%C3%B1oz+inter%C3%A9ticas&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0ahUKEwjJl5zV9ZDaAhWKXBQKHQTSB00QsAQIVg&biw=1242&bih=591

El cuarto apartado  titulado “Cómo actuar”, reclama actuaciones  con las que en esencia estoy de acuerdo aunque se expresan quizás demasiado en línea con los patrones discursivos de la ciencia política y confieso mis limitaciones  para encajarlos en lo que se ha estudiado  a  lo largo de muchos años en sociología, filosofía y política de la ciencia y la tecnología. Me atrevo  a resumirlos del siguiente modo: aplicación de valores ( éticas aplicadas) en los procesos de comunicación y difusión de los productos que son los conocimientos científicos y técnicos y sus repercusiones sociales, económicas y políticas; desarrollo de la investigación en cultura científica y difusión  e introducción  de la misma en los espacios informativos y formativos : por último, y no menos importante, análisis de los problemas generados en los  sistemas científico-tecnológicos por la gobernanza utilizada para su  gestión y promoción de los cambios necesarios  para fluidificar su rendimiento con el consiguiente reconocimiento de la actividad científica  y de sus profesionales  como valor estratégico para el desarrollo socialmente sostenible. Esta estrategia multifacética puede ayudar a lo que Druckman propone al final de su artículo “… trabajar hacia un consenso, cuando sea posible, y avanzar para dar publicidad a los éxitos de la ciencia  a la hora de orientar la elaboración y la aplicación de normativas”.

El segundo artículo, “Ciencia abierta a la ciudadanía”, págs.58-60, es más claro y diáfano. El autor al estar acostumbrado a los problemas de comunicación en biotecnología, denuncia los errores cometidos en la difusión de  la biotecnología agroalimentaria. Promueve el salto desde la arrogancia de la torre de  marfil hacia la transparencia y a   buscar proactivamente la conexión con la sociedad  en el curso de los avances. Se trata de nuevas estrategias  cercanas a iniciativas como la ciencia ciudadana o la participación cívica en los desarrollos y toma de  decisiones relacionados con los avances en los conocimientos científicos para persuadir  al   público escéptico, o más bien (¿dialogar con él? Hay por otra parte una crítica muy significativa al que se llama “el deficiente modelo del déficit”, caballo de batalla de la investigación  sobre la percepción social de la ciencia y la tecnología.

Bajo el entusiasmo despertado por el potencial de la técnica CRIPR y el impulso génico (gene drive) se plantea que “los investigadores no solo deben estar dispuestos a escuchar la confusión y el rechazo del público sino también en adaptarse a la situación, aun si ello implica dejar aparcada una técnica que, según ellos, podría cambiar el mundo”.

Lo propuesto anteriormente respecto a cómo actuar puede valer para alcanzar tales objetivos y, en todo caso, asimismo se puede recurrir al programa que se desarrolla en la Unidad de Investigación en Cultura Científica del CIEMAT: http://rdgroups.ciemat.es/web/uicc