“INCLUSO ESPAÑA”

En un reciente artículo publicado por un autor riguroso en un periódico nacional se hacía una evaluación bastante severa sobre el estado de la democracia en el mundo. En este sentido, a partir de informes e indicadores internacionales, se constataban los retrocesos que han tenido lugar en los últimos años en el número de países que pueden ser considerados democráticos. Y, sobre todo, plenamente democráticos. Algo que en estas páginas ya hemos comentado varias veces, tanto en relación al índice de democracia que elabora periódicamente la Unidad de Inteligencia de The Economist, como en lo que concierne a los acontecimientos que están afectando a un país al que casi todo el mundo venía considerando como uno de los paradigmas clásicos de la democracia, como los Estados Unidos de América.

En el caso de EE.UU nadie podrá negar que esta veterana democracia ha sufrido durante los últimos tiempos dos grandes impactos erosivos, y en algunos aspectos escandalosos, relacionados con la elección de su Presidente. Acontecimiento que suele ir rodeado de una intensa movilización social y mediática que se extiende más allá de sus fronteras.

El primer gran impacto erosivo se produjo en las elecciones a las que concurrieron Al Gore y George Bush II. Elecciones que acabaron en un auténtico escándalo, con intentos de recuento y con denuncias sobre algunos “resultados” sorprendentes, sobre todo en el Estado de Florida, donde en distritos electorales de población mayoritariamente judía aparecían con muchos votos candidatos de filiación antisemita, y con un sinfín de anomalías que finalmente no pudieron ser escrutadas de manera oficial (básicamente por la cobardía del Senado y del sistema judicial), pero sí por entidades y Universidades que hicieron recuentos extraoficiales que demostraron que aquellas elecciones las había ganado cumplidamente Al Gore. Candidato que, no obstante, tuvo “reconocidos” más votos populares que el propio Bush, que acabó siendo proclamando Presidente.

Últimamente, con la elección de un personaje tan peculiar como Donald Trump se han visto también los problemas y desfases del sistema electoral norteamericano, en el que, a pesar de que Hillary Clinton obtuvo más de tres millones de votos populares de ventaja sobre Trump, al final el que fue investido Presidente, a partir de un sistema tan peculiar como desfasado, fue Donald Trump.

Se trata, pues, de un asunto de la mayor importancia, que va a tener efectos importantes y posiblemente graves. Lo cual revela que en países tan emblemáticos y poderosos como EEUU existe una crisis de funcionalidad de la democracia, cuyas consecuencias últimas son imprevisibles. Crisis que no está siendo abordada adecuada y resolutivamente por los legisladores norteamericanos. Y ni siquiera está claro que lo hagan, pese a que ahora el caso Trump revele claramente el alcance práctico que tiene tal cuestión.

Al problema de los EE.UU se unen también importantes cuestiones de funcionalidad y representatividad de otras democracias, que están dando lugar a que en muchos países se extienda el malestar y la desafección social y política. Sobre todo, entre amplios sectores de la juventud y de las clases medias urbanas, que reclaman una mayor calidad democrática.

En este sentido, el Índice anual de democracia, que elabora la Unidad de Inteligencia de The Economist, permite constatar que actualmente en el mundo solamente 19 países pueden considerarse “democracias plenas”, entre ellos España, que ocupa el puesto 17, por delante de países como Estados Unidos, Francia, Italia, Portugal, Bélgica (puesto 26), Japón, etc.

En concreto, Estados Unidos se ha situado últimamente en esta clasificación en la frontera límite de las democracias plenas, precisamente en el puesto número 21, con serios problemas de credibilidad y confianza de la población en su gobierno, después de descender desde niveles del 70% de confianza en los años setenta, y de más del 50% al principio de este siglo, hasta solo un 19% en el último año.

Pues bien, en este contexto el artículo al que me refería antes utilizaba los datos del Informe de 2017 del Freedom House, que constata 12 años seguidos de retrocesos democráticos, destacando que Estados Unidos había descendido en su índice de democracia a 86 puntos (sobre 100), situándose “nueve por debajo” –decía el articulista− de los 94 puntos que obtienen los tres países europeos punteros “como son –añadía−, Alemania, Reino Unido e incluso España”. ¿Por qué ese “incluso” España? Aún sin quererlo –posiblemente− con tal coletilla se introducía la idea de que hasta un país tan desastroso como España –“incluso”− era más democrático. Lo de las mejores puntuaciones en democracia de Alemania y Reino Unido se consideraba normal, lógico, pero lo de España…

¿A qué viene tanto complejo de inferioridad sobre lo que hemos logrado en España, después de una larga y triste dictadura? ¿Por qué hay tantas personas –sobre todo en los medios de comunicación social− que no son capaces de valorar lo positivo de nuestra evolución democrática?

Lo ocurrido en torno al contencioso de Cataluña presenta bastantes ejemplos de este particularismo pesimista y casi de complejo de inferioridad frente a otros países, como la misma Bélgica, que en estos momentos no tiene nada que enseñar a España en lo que a democracia y funcionalidad política se refiere.

Personalmente, yo me encuentro entre los que piensan que tenemos que avanzar en el desarrollo de una mayor participación y una mejora de la calidad democrática. Pero nada de esto me impide ver y reconocer −y sentirme orgulloso− de todo lo positivo que se ha logrado en el ciclo de la Transición Democrática. En sí y comparativamente.