INCIERTO E INESTABLE

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No estoy hablando del tiempo meteorológico, sino del año que empieza, que se presenta incierto e inestable desde todos los puntos de vista. Nada nuevo, me pueden contestar los lectores de estas páginas digitales, ¿no son así todos los años? La incertidumbre es propia del futuro, tanto como la inestabilidad es una característica de nuestro tiempo.

Ciertamente. En realidad, a principios del 2015 no se atisbaba la trascendencia de la (nueva) crisis a la que Grecia se enfrentó después de las elecciones. Y nadie predijo la crisis de los refugiados que ha llenado la actualidad de la UE en los últimos meses. Pero me da por pensar que al 2016 le cuadran especialmente bien esos dos adjetivos, y que las distintas crisis que se han incubado en los últimos tiempos no han hecho sino agravarse.

En particular, en la Unión Europea, que se debate entre más integración o la paulatina desintegración. Crecen los populismos de distinto pelaje, muchos ligados al fenómeno migratorio o a las consecuencias sociales de la crisis y de las políticas de austeridad. Los avances hacia una mayor integración, necesarios para reforzar la unión monetaria, están más bien parados. Por no hablar de las perspectivas del “Brexit” o de las preocupantes derivas autoritarias en Polonia o Hungría.

Y, por supuesto, en España y, en particular, en Catalunya, donde las dificultades para formar gobierno parecen pronosticar una repetición de las elecciones.

Pero antes de entrar en nuestros problemas domésticos, hagamos un pequeño repaso por los factores globales de inestabilidad y de incertidumbre.

El 2015 nos ha dejado un escenario de creciente inestabilidad en muchas partes del mundo, especialmente en África y el Medio Oriente. La presión yihadista sigue fuerte en Siria e Irak, pero donde más ha crecido, aunque se le dediquen menos titulares, es en Libia, Malí o en el norte de Nigeria con Boko Haram, donde los jihadistas han establecido con éxito bases de retaguardia.

Después de los atentados de París, Francia y algunos otros países europeos han decidido reforzar los ataques aéreos en Siria para debilitar la organización terrorista en su bastión del Medio Oriente, pero está por ver la eficacia de estos bombardeos. Una coalición de tropas africanas se enfrenta a Boko Haram y en Libia las organizaciones yihadistas aprovechan el caos político en el que se ha instalado el país. Con la guerra del Yemen, también Arabia Saudita y los países del Golfo se encuentran en una situación de creciente inestabilidad. Más cerca de nosotros, en Turquía, la situación puede degenerar bajo el impacto de la crisis siria y de la guerra civil reiniciada con la población kurda.

El conflicto de Ucrania, más o menos congelado desde los acuerdos de Minsk de finales del 2014, está lejos de ser resuelto y bien podría despertar de nuevo en el 2016. Y todo ello sin olvidar la escalada de la tensión en el mar de China…

En su conjunto, esos conflictos pueden tener un impacto significativo sobre la economía y la política europea, como ya ha ocurrido en el 2015 con la crisis de los refugiados.

Entre los factores de incertidumbre están el comportamiento de la economía china y la evolución del precio del petróleo.

¿Qué va a pasar con la economía china, caballo de tiro de la economía mundial? En el 2015 nos ha dado un par de buenos sustos, en verano estalló su burbuja bursátil y en los tres primeros trimestres su crecimiento, por debajo del 7%, ha sido el más bajo de los últimos 25 años. Y ha empezado el año dándonos otro susto con un bache en sus Bolsas que ha provocado una caída en todas las Bolsas mundiales, sin que nadie sepa a ciencia cierta la gravedad del problema.

No parece que en el 2016 China vaya a recuperar sus pasados ritmos de crecimiento. Para los chinos puede ser una buena noticia, porque representa un crecimiento de mejor calidad, sobre todo ambiental, y más centrado en el consumo interno. Pero todo dependerá del ritmo de la desaceleración. Las autoridades chinas cuentan con poderosos instrumentos para conseguir que el crecimiento no caiga por debajo del 6,7%. Les va en ello la estabilidad política. Seguirán devaluando el yuan y aplicando una política monetaria flexible, como lo han hecho en el 2015, bajando los tipos de interés 6 veces seguidas. Y la Conferencia de Trabajo del Partido acaba de pedir que se sea “más contundente”.

En cuanto al precio del petróleo, su espectacular descenso se debe a que Arabia Saudita, el mayor productor de petróleo, ha optado por no reducir su producción a pesar del fuerte aumento de la extracción de petróleo procedente de fuentes no convencionales (shale oil) en EE.UU. Por primera vez, los saudíes se niegan a jugar el papel de reguladores del mercado ajustando a la baja la oferta. Mientras tanto, el menor crecimiento de China y de los países emergentes disminuye la demanda, la producción de petróleo en Irak no parece disminuir por la inestabilidad causada por el Estado islámico en el norte del país y el levantamiento de las sanciones contra Irán debería provocar una mayor oferta.

Por tanto, es poco probable que el precio del barril crezca en el 2016 de manera significativa y sostenible. Esto es bueno para los europeos, y más aún para los españoles, que importamos mucho petróleo. Pero no olvidemos que también contribuye a una mayor desestabilización política de los países productores como Venezuela, Rusia, Irán o la propia Arabia Saudita. Y además también contribuirá a frenar la indispensable transición energética hacia energías no carbonadas, indispensable para luchar contra el cambio climático.

¿He dicho cambio climático? Pero, ¿qué fue de la Cumbre de Paris que se suponía que iba a aportar la solución a este grave problema? Después de haber adoptado un acuerdo calificado como histórico el pasado 12 de diciembre, nadie habla ya del clima. Solo lo hacemos para constatar que estamos teniendo un invierno atípicamente cálido y sin nieve y comentar que eso del cambio climático debe ser verdad. En toda Europa el inusual buen tiempo se ha cargado la temporada de esquí, con miles de empleos perdidos. Si esta tendencia climática continúa, muchas cosas van a cambiar en la geografía económica y en la geopolítica.

¿Los acuerdos de la Cumbre de Paris van a evitarlo? Eso podríamos creer, porque se han presentado como un gran paso al frente en la lucha contra el cambio climático. Pero me temo que en Paris solo hemos alcanzado acuerdos llenos de buenas intenciones y faltos de concreción.

Cierto, ha sido un punto de inflexión en las negociaciones climáticas mundiales y nunca se habían fijado objetivos tan ambiciosos. Pero lo importante no son los objetivos, sino los medios para conseguirlos. Y la realidad es que los compromisos voluntariamente asumidos en París están muy lejos de mantener el incremento de la temperatura por debajo de los 2°C. Y que cada país reducirá sus emisiones en cuánto, cuándo y cómo le parezca bien, porque no hay nada obligatorio en ese acuerdo. De manera que en materia de cambio climático todo queda por hacer.

Pero, ¿a quién le preocupa lo que se haga con el cambio climático? ¿Cómo preocuparse por una amenaza para dentro de un montón de años, cuando tenemos de cerca el apasionante espectáculo de las deliberaciones de la CUP sobre la investidura de Mas? O las incertidumbres sobre la formación de gobierno en España después de un resultado electoral que ha acabado con años de alternancia cuasi automática entre los dos grandes partidos.

Para los españoles, y en especial para los catalanes, las incertidumbres y las inestabilidades se concentran en la escena política nacional, en un escenario inédito que nos puede obligar a una repetición de las elecciones que no sería nada buena para el país. Tiene razón Pedro Sánchez cuando dice que la repetición de las elecciones es la ultima solución y que hará todo lo posible para formar un gobierno de izquierdas. Lo mismo opina y explica de forma muy convincente el director de Sistema Digital, José Félix Tezanos, en un artículo publicado en estas paginas (Atender el mensaje de los votantes y tener claras las prioridades políticas del momento, 29 de diciembre de 2015).

Por lo menos, en estos primeros días del año parece que se ha levantado una de las muchas incertidumbre a las que nos enfrentamos. Salvo que se lo piense otra vez de aquí al próximo día 10, o aparezca algún “tamayazo”, la CUP no votará la investidura de Mas. Debo reconocer que siempre pensé que al final decidirían prestarle los dos votos que le faltan y lo justificarían con la necesidad de no interrumpir la marcha hacia la construcción de la República Catalana. Pero me equivoqué en mis valoraciones.

Desde el rincón del Pirineo donde escribo este articulo, es impresionante observar las reacciones furibundas que esta decisión ha producido. La violencia verbal que se ha desplegado contra la CUP es espeluznante. De putas y traidores para arriba, agentes secretos del españolismo… Los críticos de la CUP le reprochan no tener el suficiente sentido de país y priorizar sus posiciones ideológicas frente a la construcción de la independencia. Como si la independencia no fuese también una opción ideológica, que afecta a los planteamientos más profundos de los ciudadanos, y con la que se puede estar de acuerdo o no.

En el fondo, lo que está ocurriendo es la demostración de que con menos del 50% de los votos populares y una exigua mayoría parlamentaria, que está lejos de los 2/3 requeridos para modificar una coma del Estatut, no es posible hacer efectiva de forma unilateral la independencia de Catalunya. No hay apoyos sociales suficientes para ello y las grietas del proyecto afloran por todas partes.

En la escena política nacional (nacional de la nación española), el PSOE estaba en el centro de las negociaciones, porque nada se puede hacer sin su concurso, pero parece querer limitarse voluntariamente las opciones de gobierno en las que podría participar. Lo cual es paradójico, porque no parece que sea el que más rédito puede sacar de una repetición de las elecciones. Y hacer coincidir un proceso congresual con las negociaciones y las votaciones necesarias para formar gobierno, exigiendo que se celebre exactamente en la fecha prevista en los Estatutos como si no hubiese que hacer caso a las especiales circunstancias del momento, es cualquier cosa menos una idea razonable y constructiva.

En vez de dejar, tal como había propuesto Sánchez, que el proceso fluyese de acuerdo con sus reglas y plazos, que imponen una lentitud que viene bien para negociar, se han definido “líneas rojas” que conducen a un bloqueo de las negociaciones, o incluso a impedir que estas puedan iniciarse, para construir una alternativa al gobierno del PP. Pedro Sánchez tiene la obligación de intentarlo.

Todos deberían entender que estamos en una situación nueva, inédita en la política española de la segunda restauración borbónica y que la repetición de las elecciones sería un fracaso colectivo de adaptación a esta nueva realidad. Y seguramente no conducirían a una solución en la que ya no hiciera falta pactar para formar un gobierno capaz de sanar las heridas sociales que la crisis ha dejado, y resolver los problemas territoriales y de la democracia en España.

Como ven, mucha inestabilidad y muchas incertidumbres. Tiempo tendremos de comentarlas. Feliz año a los lectores de Sistema Digital