INCENDIOS Y CAMBIO CLIMÁTICO

En el último artículo hacíamos referencia a cómo el calentamiento global presenta correlaciones “causa-efecto” cada vez más nítidas (con una mayor probabilidad de confianza) con fenómenos como las inundaciones, incendios, temporales y sequías, tal y como se constata en los distintos Informes publicados en relación con la Cumbre de Naciones Unidas en este mes de septiembre del año en curso, destacando al respecto, fundamentalmente el del IPCC[1], pero también de una forma clara los dos auspiciados por WMO[2] [3].

Si en el artículo anterior nos referíamos a las inundaciones, hoy consideraremos los incendios a partir de la visión global que se deriva de los tres informes citados y de la información proveniente del Copernicus Atmosphere Monitoring Service (CAMS). En el próximo artículo recogeremos lo que está aconteciendo en España y los riesgos crecientes esperables al respecto.

Con respecto a la situación mundial podemos señalar que se estima que cada año arde entre el 3% y el 4% de la superficie terrestre del planeta, y se constata que el cambio climático y los procesos de trasformación territorial están incidiendo sobre las características de estos incendios, provocando episodios de altísimo riesgo, con records en fallecimientos, desalojos masivos, altas pérdidas patrimoniales y grandes superficies calcinadas.

Atendiendo a las causas del inicio de los incendios forestales, normalmente se consideran, además de aquellos cuyas causas no se han podido establecer, tres grupos de factores: 1) Negligencias y causas accidentales (quemas agrícolas, quemas para regeneración de pastos, trabajos forestales, hogueras, fumadores, etc.). 2) Naturales, con particular incidencia de los rayos, o por reinicio de incendios anteriores. 3) Intencionados, por pirómanos, venganza, etc.

Mundialmente las negligencias y causas accidentales tienen una gran importancia, sobre todo en los países en los que la agricultura tradicional es predominante (países en desarrollo, fundamentalmente) y muy en particular en África, donde se registran el mayor número de incendios anuales y es mayor la superficie afectada, pero en la que la mayor parte de los incendios responden a técnicas agrícolas y de pastoreo, suelen estar controlados y no inciden sobre masas boscosas sino sobre pastizales y tierras de cultivo. Aun así, se estima que del orden del 10% de estos incendios escapan al control de los que les generan y son los responsables del 90% de la superficie que arde y de los daños materiales y mortalidad que generan en ese continente, ya que suelen carecer de medios para apagarlos hasta que lo hacen las lluvias o se extingue el combustible.

Con respecto a los que tienen inicios por causas naturales, es importante señalar el peso creciente del calentamiento global y del cambio climático asociado en la frecuencia y extensión de sus efectos. Como señala la Organización Meteorológica Mundial (WMO en sus siglas en inglés), los incendios, aunque no son estrictamente un fenómeno meteorológico, sí están fuertemente influidos por los fenómenos climáticos y meteorológicos, ya que las sequías incrementan fuertemente su riesgo en la mayoría de las regiones forestales, con una influencia significativa en incendios de larga duración o grandes incendios.

De hecho, las olas de calor han sido el peligro meteorológico más mortal en el período 2015–2019, afectando a todos los continentes y resultando en nuevos records de temperatura en muchos países, que han venido acompañados de un número sin precedentes de incendios forestales en Europa, América del Norte y otras regiones.

Los incendios mundiales de mayor mortalidad y con mayores pérdidas económicas se han registrado en los últimos cuatro años (2015-2019)[4], coincidiendo con records en temperaturas, y con una incidencia sin precedentes en 2019 de los incendios en el Ártico (incluyendo Groenlandia, Alaska y Siberia)[5] y en el número y extensión de los incendios en los bosques amazónicos (aunque la inmensa mayoría de estos son provocados para la expansión de explotaciones agrícolas, ganaderas o de minerales), en ambos casos con gravísimos efectos ambientales.

En el caso del Ártico, el informe del IPPC (2019, op.cit.) señala que el área quemada y la frecuencia e intensidad de los incendios no tienen precedentes en los últimos 10,000 años, y que se prevé que los incendios aumentarán durante el resto de este siglo en la mayoría de las regiones de tundra y boreales, en las que las interacciones entre el clima y la vegetación influirán en la intensidad y frecuencia de dichos incendios. Los incendios extremos en el noroeste de Canadá durante 2014 y en Alaska durante 2015 duplicaron la superficie media quemada entre 1997 y 2011, y se destaca que los cambios en la dinámica de los incendios están degradando rapidísimamente el permafrost, y expandiéndose como una nueva perturbación en las regiones limítrofes de la tundra y la tundra forestal previamente protegidas por un ambiente húmedo, con lo graves riesgos ambientales globales correspondientes.

En el caso de los incendios en California y sus gravísimas consecuencias, es importante señalar las conclusiones derivadas de los análisis efectuados sobre los mismos, y sus potenciales enseñanzas para un caso como el español.

  1. Importancia de un clima cada vez más cálido durante más tiempo, que lleva a que la nieve se derrita más temprano y a una foresta más seca.
  2. Acumulación de materia seca por una gestión forestal condicionada por la falta de recursos y a las quejas de los residentes a los incendios controlados que reproduzcan los ciclos históricos naturales de los propios incendios, lo que hace que cuando se produce un incendio sea mucho más probable que se convierta en un gran incendio de graves consecuencias.
  3. Ocupación por residencias y urbanizaciones de las áreas de riesgo -interfaz urbano/forestal- con líneas eléctricas o residentes que pueden generar los inicios de los incendios en un marco en el que los gobiernos de las ciudades y de los condados priorizan los ingresos fiscales asociados al desarrollo urbanístico sobre los riesgos.
  4. El incumplimiento de los planes de prevención de incendios o medidas de seguridad existentes[6].
  5. Los residentes o empresarios que sufren un incendio reconstruyen sus hogares exactamente donde estaban, permitiendo las autoridades, pese al mantenimiento de riesgos, no sólo esa reconstrucción sino el incremento de las edificaciones, la densificación con nuevas viviendas que reducen el tamaño de las calles y espacios libres y dificultan la capacidad de los bomberos para combatir los incendios.

En todo caso, una de las muchas consecuencias negativas de los incendios es el incremento de las emisiones de gases invernadero asociadas a la quema del carbón almacenado en los bosques. De hecho, se estima que las emisiones brutas de CO2 en incendios forestales equivalen a casi el 25% de las emisiones anuales de CO2 de los combustibles fósiles. Por ejemplo, Copernicus apunta que, durante la primera quincena de julio, los incendios en el Círculo polar emitieron aproximadamente 31 megatoneladas de CO2. Y, sólo para el caso de Indonesia, la Figura siguiente muestra la intensidad de ese fenómeno en años críticos en los que la sequía y las altas temperaturas extendieron la importancia y emisiones de los incendios.

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[1] El WMO (2019, op.cit) no cita los incendios en España y Portugal en el período, recogiendo sólo los de Indonesia (2015), con 2,6 millones de has quemadas, 34 muertos y graves problemas de contaminación por la densa neblina generada sobre la mayor parte de Indonesia; Alberta (2016, Canadá) con daños directos por más de 3.000 millones de dólares e indirectos por varios miles de millones más; Tasmania (2015, 2016 y 2019, Australia) incidiendo sobre territorios en los que no había experiencias de incendios anteriores desde hace varios cientos de años, y en los que la temporada cálida extremadamente seca registrada de octubre de 2015 a abril de 2016, junto con el verano más cálido registrado en 2016, pre-acondicionaron el territorio para grandes incendios durante el verano, con rayos que iniciaron más de 165 incendios que quemaron más de 120,000 hectáreas, con costes de más de 50 millones de dólares australianos; Grecia (2018) con 99 muertos; y California (2018) con 85 muertos y pérdidas superiores a 16.500 millones de dólares.

[2] Solo en junio de 2019, según recoge el WMO (2019, op.cit) estos incendios emitieron 50 Mt de CO2 a la atmósfera, superando las emisiones de ese mes en el total de 2010-2018, con grave incidencia en la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

[3] Aunque la ley estatal californiana exige la limpieza de la vegetación inflamable dentro de los 100 pies alrededor de cada vivienda, los funcionarios locales a menudo no lo hacen cumplir y aprueban estándares de construcción laxos.

[4] IPCC (2019).- “The Ocean and Cryosphere in a Changing Climate”. WMO. UNEP. Septiembre de 2019. (https://report.ipcc.ch/srocc/pdf/SROCC_FinalDraft_FullReport.pdf)

[5] WMO (2019).- “High-level synthesis report of latest climate science information convened by the Science Advisory Group of the UN Climate Action Summit 2019”. (https://ane4bf-datap1.s3-eu-west-1.amazonaws.com/wmocms/s3fs-public/ckeditor/files/United_in_Science_ReportFINAL_0.pdf)

[6] WMO (2019).- “The Global Climate in 2015-2019”. (https://library.wmo.int/doc_num.php?explnum_id=9936)