IGUALDAD, ¿PARA QUÉ?

IGUALDAD, ¿PARA QUÉ?

El crecimiento de las desigualdades

Muchos de quienes lean estas líneas conocerán la conversación que mantuvo el genial Fernando de los Ríos (uno de los grandes padres del socialismo democrático no ya en España sino en Europa) con Lenin allá por el año 1920. De los Ríos visitaba la Unión Soviética como miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE como parte de una comisión que estudiaba la posible entrada de este partido en la Internacional Comunista. El pasaje, descrito en Mi viaje a la Rusia Sovietista (1921) describe perfectamente la discrepancia ideológica (por no decir filosófica) entre las dos principales corrientes históricas de la izquierda. Preocupado por la ausencia de libertades que veía en el nuevo estado totalitario soviético, Fernando de los Ríos pregunta al líder revolucionario acerca de cuándo traería el comunismo la plena libertad para “sindicators, prensa e individuos”[i]. La demoledora respuesta de Lenin fue: “¿libertad, para qué?”. No tenía pues la libertad un valor intrínseco para la Rusia soviética. De los Ríos tomó nota. No respondió. Pero la respuesta que tenía en su cabeza el filósofo y jurista granadino tuve la suerte de escuchársela en múltiples ocasiones a otro gran pensador del socialismo democrático, Gregorio Peces-Barba: libertad para ser libres. La libertad como valor superior, junto con la igualdad y la solidaridad, no como instrumento.

Viajemos en el tiempo cien años y hagámonos la misma pregunta sobre la igualdad  o, en su lado opuesto la desigualdad, que es quizás el mayor desafío al que se enfrentan los países desarrollados en nuestros días, y el nuestro en particular.

Asistimos a niveles de desigualdad cuyo única comparación histórica puede encontrarse precisamente en el período en el que se produjo la entrevista antes referida. Y ello se aplica tanto a la desigualdad de ingresos como de riqueza. Basta echar un vistazo a la serie histórica que un grupo de economistas, encabezados por Thomas Piketty, están construyendo con tanto esfuerzo. En su Informe sobre la desigualdad global 2018, estos expertos llaman la atención sobre el rápido incremento en la desigualdad de ingresos que se ha producido desde 1980 en Estados Unidos, China, India y Rusia, así como – aunque en menor medida – en Europa. En 2016, el 10% de individuos con mayores ingresos representaban casi la mitad del PIB en Estados Unidos, por encima del 55% en el Africa Subsahariana, Brasil, India y Medio Oriente. Y un 37% en Europa ‘ en constante crecimiento desde el 31% a principios de los 80. En Estados Unidos, el 1% de personas con mayores ingresos representan más del 20% del PIB, frente al 13% del 50% por ciento con menores ingresos, habiéndose prácticamente invertido las cifras en los últimos 35 años.[ii] El siguiente gráfico, tomado del Informe citado, explica perfectamente cómo el crecimiento acumulado desde 1980 se ha repartido en función del nivel de ingresos en todo el mundo:

La situación de la distribución de la riqueza es si cabe peor. En los países de la OCDE, el 10% de hogares más ricos concentran aproximadamente la mitad de la riqueza, frente al 3% del 40% más pobre.[iii]

En España la situación es si cabe más preocupante. Rescato algunos datos de un informe de Intermón Oxfam presentado para el reciente Foro de Davos, que pone de manifiesto las enormes desigualdades que existen en nuestro país y que han crecido sustancialmente en los seis años de crisis (2008-2014) y – lo que es si cabe más preocupante – los últimos tres años de “recuperación ecónomica”:[iv]

  • España es el tercer país más desigual de la Unión Europea, sólo por detrás de Rumanía y Bulgaria. Peor: es el país de la UE donde más han aumentado las desigualdades desde 2008.
  • El 10% de españoles más rico concentra más de la mitad de la riqueza (el 53.8% para ser exactos). Por lo que respecta al 1% más rico, su patrimonio equivale al del 70% restante.
  • Los dividendos de la recuperación que se observa desde 2014 en lo que respecta al crecimiento se están distribuyendo de manera muy desigual. Casi 30 de cada 100 euros procedentes del crecimiento en estos últimos años han acabado en el bolsillo del 10% más rico, frente 8 euros para el 10% más pobre.

La importancia de la igualdad

¿Por qué deben preocuparnos estas cifras? En otras palabras: igualdad, ¿para qué?

En primer lugar, igualdad para ser iguales, por parafrasear al Profesor Peces-Barba. Porque una sociedad excesivamente desigual no es una sociedad justa. Para quienes nos consideramos progresistas, la lucha por la igualdad tiene un valor intrínseco y no instrumental. Para Norberto Bobbio es precisamente el valor que la izquierda concede a la igualdad la que la define y distingue de la derecha en una sociedad democrática.[v]

Nada más moralmente reprobable la manifestación más descarnada de la desigualdad: el riesgo de pobreza o exclusión social, que afecta en España a casi 13 millones de personas (el 27.9% del total) y a casi un tercio de los niños y niñas que viven en nuestro país (un 31.7%, para ser exactos).[vi] La peor parte se lo llevan los hogare monoparentales con uno o más hijos a cargo, el 53.3% por ciento de los cuales se encuentran en esta situación. Han leído bien: más de la mitad de los hogares.

Pero, en segundo lugar, – y este es el argumento central de estas líneas – la igualdad debe ser objeto de preocupación desde un punto de vista económico. Por ello es tan valioso el trabajo que Piketty y otros están haciendo para colocar la cuestión de la distribución de los ingresos y la riqueza en la agenda de investigadores y responsables políticos.

Existe cada vez más evidencia empírica que sugiere que el crecimiento económico y una distribución más equitativa de los ingresos y de la riqueza no deben verse como objetivos en tensión. Es posible reconciliar ambos y crecer más, pero también mejor, de forma más incluyente. Y además de posible es deseable, no ya solo como argumento moral sino económico[vii]. Los países del mundo con mayores niveles de bienestar son también aquellos con menores niveles de desigualdad.

En efecto, el incremento de la desigualdad de ingresos y de riqueza tiene un efecto intergeneracional que afecta a las oportunidades de las generaciones futuras. Los resultados de PISA y PIAAC, estudios de la OCDE sobre los niveles educativos de estudiantes y adultos, demuestran que la desigualdad tiene un impacto sobre la acumulación de capital humano de las generaciones siguientes. Asimismo, una mayor desigualdad tiende reducir el capital social y la confianza en las instituciones. La desigualdad puede asimismo tener un impacto negativo para la estabilidad presupuestaria, puesto que un menor acceso a la educación, la sanidad y los servicios sociales de amplias capas de la población (en particular en edades tempranas) puede generar un mayor gasto en el futuro, puesto que es más difícil que el Estado pueda ayudar a recuperar el terreno perdido a quienes se han quedado atrás.

Recuperar el discurso de la igualdad

Ante los niveles de desigualdad sin precedentes, el resurgir de la pobreza en nuestras afluentes sociedades y su persistencia en tantos lugares del mundo, la lucha por la igualdad debe constituir el elemento central de un nuevo relato socialdemócrata.

Tradicionalmente, la socialdemocracia ha centrado sus esfuerzos en los mecanismos de redistribución, esto es, los impuestos y el gasto público. Había que crecer para después redistribuir. Aumentar la tarta para después asegurarse que a nadie le quedaran unas simples migajas. Tenemos que ir más allá y no esperar al momento de la redistribución. Prestar más atención a cómo se genera la riqueza en nuestra sociedad, lo que significa examinar en profundidad nuestro modelo educativo y nuestro modelo laboral para combatir la desigualdad antes de que ésta se manifieste.

Un ejemplo: el infrome de Intermón Oxfam ants citado revela que desde 2012, la productividad media por hora trabajada ha aumentado 10 veces más que el salario percibido por esa misma hora trabajada.[viii] Ello supone que las mejoras de la productividad se han distribuido de manera muy desproporcionada en favor de las rentas del capital frente a las del trabajo. Y eso es muy difícil de corregir via impuestos y programas sociales.

Ello por supuesto acompañado de mejoras de nuestro sistema fiscal que aumenten la progresividad de los impuestos y el efecto redistributivo del gasto. Sobre todo cuando la evidencia empírica sugiere que los sistemas impositivos y de transferencias han perdido su capacidad distributiva y que España no es una excepción. Un dato para reflexionar: un 20% de las transferencias estatales (ayudas sociales y otras) favorecen al 10% más rico, frente a un 4% para el 10% más pobre[ix].

Urge pues repensar nuestro modelo de crecimiento para crecer más pero también para crecer más equitativamente y reduciendo las enormes brechas sociales que la crisis ha dejado en España y en otros muchos países. En una próxima colaboración espero poder aportar algunas ideas al respecto.

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[i] De los Ríos, Fernando, Mi viaje a la Rusia sovietista. Madrid, Alianza Editorial, 1970.

[ii] World Inequality Lab, World Inequality Report 2018, disponible en: http://wir2018.wid.world.

[iii] OCDE, In It Together: Why Less Inequality Benefits All, 2015.

[iv] Oxfam Intermón, ¿Realidad o Ficción?La recuperación económica, en manos de una minoría, 2018, disponible en:  https://oxfamintermon.s3.amazonaws.com/sites/default/files/documentos/files/recuperacion-economica-una-minoria.pdf.

[v] Bobbio, Norberto, Bobbio, Norberto, Izquierda y Derecha, Taurus, edición de 2014.

[vi] Euopean Anti-Povery Network, El Estado de la Pobreza: Seguimiento del Indicador de Riesgo de Pobreza y Exclusión Social en España (2008-2016), 7º Informe, 2017.

[vii] OCDE, id.

[viii] Oxfam Intermón, id.

[ix] OCDE, Informe Económico sobre España, Marzo 2017.