IGNACIO RUPÉREZ, EL DIPLOMÁTICO ENAMORADO DE ORIENTE

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Ignacio Rupérez (Madrid, 1943), entrañable y lúcido colaborador y compañero de la revista Temas, falleció sin previo aviso -como algunas personas discretas hacen estas cosas- la noche del 24 de diciembre. Nacho estaba enfermo, pero una elegancia especial para con los que le rodeaban le impedía relatar sus avatares de salud.

El día tres de diciembre escribió su último artículo para esta página digital. La semana siguiente me avisó de que no enviaría texto porque se encontraba indispuesto, un poco pachucho dijo, pero nada grave. Charlamos un rato sobre nuestras hijas. Ana, la hija de Nacho, tiene la misma edad que mi hija Paula y compartíamos a menudo preocupación por sus estudios y por su desarrollo. Esa mañana, nos despedimos como cualquier otro día. Después, el silencio. En esta redacción dejamos de saber de él, no contestaba al correo ni al teléfono y pensamos que no era propio de él. Si algo caracterizaba a Ignacio Rupérez era su responsabilidad para cumplir con los compromisos adquiridos y la puntualidad con la que enviaba sus textos.

La prensa me dio un mazazo el día 26, cuando leí en algunos digitales “fallece Ignacio Rupérez, el último embajador español en Iraq, tras una larga enfermedad…”.

Voy a echar de menos escuchar su voz, cada jueves, al otro lado del teléfono, cuando charlábamos unos minutos sobre el texto que acababa de enviar para publicar en la sección de Internacional de Sistema Digital, la web de la Fundación Sistema. También añoraré los momentos de conversación amable al término de un Consejo Editorial de la revista Temas.

Recibía sus artículos cada semana con mucha curiosidad, porque Nacho era uno de los analistas de relaciones internacionales mejor informado, sutil y documentado que he conocido. Gracias a su columna de internacional en esta plataforma y de sus artículos en la revista Temas para el debate nuestros lectores han podido viajar por el ancho mundo guiados por la mirada experta y sensible de Rupérez, que era capaz de tejer una crónica sobre cualquier asunto o conflicto candente ofreciendo una panoplia de datos, apoyados por un conocimiento preciso tanto de la cultura como de la historia del lugar del que escribía. Este era sin duda su fuerte, el conocimiento de la cultura, el arte y la historia de los pueblos a los que se acercaba, especialmente si se trataba de Oriente Próximo y de la cultura árabe, una pasión que compartía con su mujer Francisca Morey, que es arabista.

Ignacio Rupérez era diplomático de profesión, carrera en la que ingresó por oposición en 1980, realizando el curso en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional. Había sido Vicepersidente del Comité Hispano-Americano entre 2003 y 2005, cargo que dejó para pasar a ser embajador de España en Iraq, de hecho fue el encargado de abrir la embajada en Bagdad en 2005, cerrada desde 1990, tras la primera Guerra del Golfo. Cuando finalizó su misión en Iraq escribió Daños colaterales (Editorial Planeta), un apasionante libro de memorias en el que Rupérez recogió sus experiencias como diplomático por unos cuantos lugares del mundo que han sido y son noticia por su estado de convulsión casi permanente. Su carrera diplomática fue dilatada, sirviendo en las embajadas de España en El Cairo, Tel Aviv, la Habana, Kiev, y como embajador en Bagdad y en Tegucigalpa. En la actualidad continuaba prestando sus servicios a nuestro país como embajador en Misión Especial para las Comunidades Musulmanas.

Nacho era un diplomático con espíritu de periodista, de hecho fue licenciado en Derecho y Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, escribiendo en Cuadernos para el diálogo, Informaciones, ABC, El País y en los últimos tiempos en Sistema Digital, Temas para el debate y El siglo.

Cierro este texto recordando su trato y su expresión siempre agradable, con su característica sonrisa socarrona y su fina inteligencia. Nuestros lectores, sin duda, le echarán mucho de menos. En mi persona ha dejado un hueco que tendré que aprender a llenar, abriendo por mi cuenta todas esas ventanas al exterior que antes me servía Nacho Rupérez en cada una de sus crónicas.