IGLESIAS, MELANCHON… Idénticos problemas en dos izquierdas europeas

No duró mucho la incertidumbre. Cuando Benoit Hamon triunfó en las primarias socialistas francesas, se puso en marcha un proceso para aunar las fuerzas de izquierda dispersas en la competición para la Presidencia  de  la  República. Fue  fácil  obtener  la renuncia del representante de los ecologistas, Jadot. Estaba previsto. Con Mélanchon no hubo manera. Este último aceptaba que sólo hubiera un candidato, pero que fuera él. Aunque indudablemente su partido fuera menos fuerte y estuviera menos representado en Cámaras, Regiones y Municipios que el Partido Socialista, aunque todos los sondeos dieran ventaja a Hamon, aunque la división en dos candidaturas garantizara la derrota y diera previsiblemente la victoria a las Derechas. Nada pudo influir en su egolatría. Es triste porque, si uno se fía de los sondeos, los votos de Hamon y los de Melanchon juntos podrían haber sobrepasado a Fillon, entregado a los jueces, y hubieran permitido competir con Macron para la segunda plaza, la que previsiblemente sería decisiva para la primera en la segunda vuelta. No pudo ser y a mí no me extrañó. Lo tenía asegurado.

Lo mismo ocurrió hace un año con el voto en contra de Iglesias Turrión y Podemos a la investidura de Pedro Sanchez. ¿Alguien necesita más pruebas para convencerse que el efecto prioritario, inmediato y duradero de estas formaciones es apartar a los socialistas del gobierno de la sociedad y, por lo tanto, ofrecerlo en bandeja a la derecha o al centro derecha? Además, yo afirmo que esta es una consecuencia buscada, voluntaria. Iglesias Turrión cree vivir en Venezuela, o al menos aspira a que la situación llegué a ser la de la sociedad venezolana para poder ser el Chavez o el Maduro español. Engaña a la gente. Y, desde luego, a esa gente no hay que menospreciarla, hay que desengañarla, y recuperarla.

Mélanchon cree revivir el mundo de la Revolución francesa y aspira a que, por fin, se creen situaciones de tal agobio para la población que su extremismo sea mayoritario. Su problema es que, por una parte su populismo no le llega ni a la rodilla al de Marine Le Pen, y lo único que puede conseguir al final es un triunfo inédito de la extrema derecha. Por otra parte, ignora que vivimos en Europa en el siglo XXI.

Más allá de estas tristes realidades hay que anotar los efectos que tienen sobre las fuerzas clásicas de izquierda, las que han liderado las luchas progresistas desde más de un siglo.

Iglesias Turrión fagocitó Izquierda Unida. Hace un año Garzón era un hombre político respetado, apreciado por la población, y sus esfuerzos por obtener un pacto entre las fuerzas de izquierda fueron reconocidos por todos. Hoy ¿quién habla de él? En estos momentos, Izquierda Unida, la fuerza donde se expresan los comunistas, no tiene iniciativa alguna, está presa, rehén de su coalición con Podemos. La tolerancia de Iglesias para con sus aliados es mínima, como lo es con sus adversarios internos. Errejón ha pasado a segunda fila de escaños en las Cortes. ¿Cuándo irá al sótano? Cuestión de tiempo.

Igualmente el Partido comunista francés, con tan importante historia, se entregó a Melanchon. Este lo despreció de tal manera, que declaró su candidatura a la Presidencia de la República sin siquiera consultar con el Secretario General del Partido Comunista Francés, Pierre Laurens. A consecuencia de ello –a pesar de ser los comunistas partidarios de la unión de las izquierdas con los socialistas−, el Comité central del PCF rechazó la investidura de Mélanchon. Pero la consulta a los afiliados la apoyó. Hoy Pierre Laurens busca desesperadamente como poder declararse a favor de Hamon. Sabe que de este apoyo depende el que en la próxima Asamblea Nacional los comunistas conserven algún diputado y que en las próximas elecciones municipales salven sus escasos municipios. En los dos casos, Francia y España, Mélanchon e Iglesias Turrión ya han anulado a los partidos comunistas. Quedan los socialistas.

En Francia las elecciones primarias han dado el triunfo a la candidatura del ala izquierda del Partido Socialista, que no dudó en criticar y dificultar las tareas del gobierno socialista, llegando en dos ocasiones a amenazar con una moción de censura. No prosperó porque se quedó en 39 firmas, cuando se necesitaban 40. El viraje a la izquierda de los socialistas en nada ha resuelto el problema de la disidencia de Mélanchon. De momento facilita que muchos socialistas no apoyen al candidato de su Partido y pidan el voto para Macron, cuyo programa, hoy ya conocido, se asemeja bastante a lo que hubiera querido hacer Hollande. Pero en Francia, como en España hoy, después de la batalla electoral y del fracaso de la alianza con Podemos o el Partido de izquierda francesa, se avecinan los Congresos del PSOE y del PSF. La batalla puede ser dura. Como antaño −me refiero a los tiempos de la Segunda República en España−, cuando los comunistas hurgaban en las disensiones internas del PSOE para tratar de derrumbarlo, tanto Iglesias Turrión como Podemos han suscitado por su sobrepuja problemas internos a los socialistas que pueden desembocar en grietas insalvables. En Francia, Hamon con su candidatura busca más obtener el liderazgo del PSF que triunfar. En España me temo que algo similar esté sucediendo. El ejemplo de lo ocurrido con los partidos comunistas en los dos países debe alertar a los socialistas que crean, sinceramente, que abriendo las expectativas de los adversarios de su partido van a avanzar en la vía de una sociedad más justa.

Valls afirmó que en Francia las dos izquierdas eran irreconciliables. ¿Visión pesimista? Seguro. ¿Exacta? Me lo temo, salvo si se retoma la labor misionaria de los clásicos socialistas, no cansándose en ser a la vez pedagogos, pero, sobre todo, irreprochables y ejemplares.