HOY ES HOY

Personalidades muy valiosas, con dilatada experiencia y responsabilidades en el seno del Partido Socialista, analizan estos días las causas de la crisis actual y buscan la mejor solución, la menos traumática, ante la decisión que deba adoptar el domingo el Comité Federal del PSOE respecto a la hipótesis de una sesión de investidura. A ojos de observador parece que se va imponiendo la teoría de que se trata de escoger entro lo malo y lo peor, con serias dudas sobre cuál de las posturas, la abstención o el no, merezca mejor ese calificativo. Como no debe dudarse de la buena intencionalidad de unos y otros, sería recomendable que los 300 delegados llegaran a Ferraz el día 23 con la disposición de hablar con absoluta libertad y escuchar con atención y respeto las argumentaciones ajenas, asumiendo que las pronuncian compañeros que navegan en la misma nave y que los enemigos están fuera, acechando como corsarios para beneficiarse de los restos de un posible naufragio.

Volver una y otra vez sobre lo que se pudo hacer al día siguiente de las elecciones de diciembre y junio, adjudicar responsabilidades y culpas por las decisiones adoptadas entonces -algunas unánimemente- no pasa de ser un ejercicio expiatorio y melancólico. El juicio sobre el pasado lo harán con perspectiva los analistas y los historiadores, aunque es de temer que los sucesos de estas últimas semanas no sirvan para engrandecer las mejores páginas del socialismo español. Hay tiempo, sin embargo, para recuperar el impulso y escribir el futuro. Seguramente no sea fácil hacerlo bajo el impacto de una confrontación tan abierta, con tantas heridas personales como han trascendido públicamente y que han situado al PSOE al borde de la fractura. Incluso con el riesgo de poner en duda la trabajada y siempre conflictiva relación entre el PSOE y el PSC. Seguramente resulte imprescindible transigir con una solución de emergencia, asentarse en el solar del que hablaba Javier Fernández, encargar unos nuevos planos para reconstruir el edificio y hacer balance de los recursos existentes, los militantes activos, para ponerse manos a la obra. En un Congreso que no puede dilatarse y en la celebración de unas primarias que garanticen la existencia de un liderazgo ante la previsible convocatoria de nuevas elecciones en un plazo máximo de dos años.

Porque todo hace prever, y así se ha visto en las recientes votaciones de la Cámara, que la investidura de Rajoy no va a asegurar la estabilidad gubernamental, salvo que Rajoy deje de ser Rajoy y se transmute en un político irreconocible en su capacidad de diálogo y aceptación de su necesidad de pactos constantes. A los que quizás no le den respaldo en sus propias filas ni los que le apoyan extramuros del Parlamento, y que hoy empiezan a pensar que, para sus intereses, sería más recomendable propiciar nuevas elecciones confiando en una mayoría más holgada, sin dependencias coyunturales.

Lo ocurrido en la Universidad Autónoma de Madrid, así como el discurso más radicalizado de Pablo Iglesias nos sitúa en un escenario mucho más tenso, con mayores dificultades para alcanzar acuerdos. La lucha por el liderazgo de la izquierda es un factor inexcusable en cualquier análisis político riguroso y se percibe con notable evidencia en el propio debate interno del PSOE. Con toda humildad, me atrevo a recordar lo que escribí la semana pasada, y que me sigue preocupando todavía más a raíz de los incidentes de la Autónoma y los insultos a Felipe González: “Así, no”. Si entramos en la pendiente de sustituir los argumentos por los gritos, la crítica puntual por la descalificación global -incluso entre quienes se proclaman socialistas- se acabará cayendo en el sumidero de los escombros. Ni siquiera podría empezar a construirse sobre el solar. Pasaría mucho tiempo hasta retirar la basura.