HOLANDA: LAS IDEAS ULTRAS AVANZAN MÁS QUE SUS VOTOS

El avance nacional-populista en Europa parece desacelerarse, a tenor de los resultados (aun provisionales) de las elecciones holandesas. Es comprensible que el actual primer ministro, Mark Rutte, hable de “rechazo del populismo” o que su afín alemana, la canciller Merkel, se exprese en términos casi idénticos, con menos cautela de la que en ella es habitual. Pero el resultado merece un análisis más cuidadoso y las conclusiones no deberían ser muy optimistas.

TRUMP COMO VACUNA

Es cierto que el llamado Partido de la Libertad, del bombástico Geert Wilders, no ha experimentado el auge que se esperaba hace unos meses. Aun así, gana en votos y sobre todo en escaños (tenía 15 y pasará a contar con 20). En realidad, en las últimas dos semanas los sondeos ya anticipaban el frenazo de la euforia que respiraban sus huestes tiempo atrás.

Wilders ya había descontado lo insuficiente de su tirón. Entre los motivos que explican el frenazo pueden citarse ciertos excesos verbales (mayores de los habituales), o su errático fin de campaña, con ausencias dictadas por miedo a un atentado o por guiños tácticos de difícil lectura. No debe descartarse el efecto negativo que ha podido tener el desastroso inicio de mandato de su inspirador, el imprevisible Trump. Las meteduras de pata del Presidente norteamericano no han embellecido el espejo en el que Wilders se ha proyectado a veces. Pero más que los errores propios o los de sus semejantes de fuera, al nacional-populismo le ha contenido la exitosa estrategia de sus rivales más próximos, los partidos tradicionales de la derecha holandesa.

EL GIRO NACIONALISTA DE LOS CONSERVADORES

El partido gobernante holandés, liberal-conservador, ha conseguido mantener un margen suficiente para encabezar el futuro gobierno, de coalición, por supuesto. Pero en la batalla electoral se ha dejado 8 o 9 escaños y, lo que resulta más inquietante, se ha hipotecado a un discurso que, sin ser xenófobo, se acerca a la sensibilidad avivada por los populistas.

Rutte ha asumido la fórmula sarkoziana de fagocitar los mensajes del Frente Nacional para embellecerlos luego con retórica moderada, liberal o republicana. De la misma manera, el primer ministro holandés respaldó el giro de Merkel y la CDU en el asunto de la inmigración y la política de acogida a los desplazados de países devastados por la guerra.

Un sociólogo de la Universidad de Utrecht lo ha definido con lucidez: algunos de los partidos tradicionales se han movido en una dirección más nacionalista, aprovechando el viento que impulsaba el auge populista”. Efectivamente, los cristiano-demócratas, con un discurso también más nacionalista, han subido apreciablemente (6 escaños), y otros euroescépticos menos estridentes que Wilders suman 5 escaños.

Al cabo, muchos partidos en el Parlamento: algo habitual y natural en Holanda. El sistema proporcional favorece la fragmentación, pero no la explica por completo. El electorado holandés reparte sus apoyos desde hace décadas y apuesta claramente por gobiernos de coalición. La fuerte participación refleja el interés social por estos comicios.

Especial atención merece el derrumbamiento de los socialdemócratas del Partido laborista, socios desventurados en el gobierno de Rutte y paganos estrepitosos de la política de austeridad, que ellos han defendido abiertamente. Pierden 28 o 29 de los 38 escaños y quedarán reducidos a una condición casi marginal en el nuevo Parlamento. Holanda es el último acto de la tragedia socialdemócrata europea, que necesita asumir una autocrítica sincera y convincente, repensar programas y elaborar estrategias coherentes y eficaces.

La sangría del socialismo democrático ha aprovechado a los ecologistas, que, con el triple de diputados que tenían, ahora se convierten en el quinto partido del país y ganan bazas suficientes para entrar en el gobierno, si lo desean. Han encabezado el discurso anti-populista y, junto con los liberales progresistas del D-66, han recogido los votos de los sectores más alarmador por el auge nacionalista (2).

LA OPORTUNA CRISIS CON TURQUÍA

La mutación discreta y calculada de los liberal-conservadores se ha reflejado en la artificial e innecesaria, pero muy oportuna crisis con Turquía de los últimos días, justo los inmediatos a la cita electoral.

En tiempos de confusión y crispación, nada mejor que la agitación de las pasiones nacionales para pescar en río revuelto, aunque lo obtenido termine a la postre por resultar de lo más indigesto.

La firmeza de Rutte al enfrentar los propósitos demagógicos Erdogan en la campaña del referéndum que debe confirmar el reforzamiento de sus poderes y el giro autoritario en Turquía no responde a la defensa del llamado orden liberal. Rutte ha visto en la crisis una oportunidad para presentarse como un candidato fuerte, sólido y firme frente a los aspectos políticos más negativos de otras culturas, que casualmente vienen acompañadas del peso excesivo de la religión, y más concretamente del credo musulmán.

Al populismo autoritario e islamista conservador de Erdogan, Rutte parece haber optado por oponer una intransigencia basada aparentemente en principios liberales, pero orientada a afianzar otro tipo de nacionalismo, menos bronco, más presentable. De otra forma no se entiende que se haya impedido a miembros del gobierno turco participar en actos políticos destinados a sus emigrantes nacionales en Holanda. También en esto Rutte sigue la estela alemana, aunque sus urgencias electorales eran mayores y las circunstancias lo han colocado en vanguardia de la crisis, mientras el gobierno de Merkel ha podido situarse en una posición relativamente menos expuesta.

A Erdogan le ha venido bien esta refriega, de ahí que haya avivado el fuego con todo tipo de acusaciones e imprecaciones. La alusión a los nazis constituye una provocación calculada, más que el efecto de la ofuscación producida por la humillación infligida a los altos cargos turcos. Un analista y académico turco residente en Europa, Cengiz Candar, coincide con el exembajador europeo en Ankara, Marco Pierini, en que la política exterior turca es sólo un apéndice de la política interna y en concreto de los planes y ambiciones del Presidente. Sin duda, es así, pero no es algo exclusivo de Turquía. Hay motivos para pensar que ese mismo reflejo ha operado en Holanda y se puede detectar en potencias europeas de superior rango.

Lo más probable es que, después de las elecciones, las aguas vuelvan a su cauce. La bronca entre aliados no es nueva, pero suele resolverse de manera más diplomática. Incluso la llaga greco-turca ha permanecido bajo control durante décadas, con algunos episodios aislados de mayor virulencia. Por mucho que Erdogan multiplique sus gestos amistosos e interesados con el Kremlin, Turquía necesita a la OTAN, es decir a Estados Unidos, pero también a Europa Occidental, si quiere que su proyecto político genere una hostilidad que no pueda dominar.

 

NOTAS

(1) “Geert Wilders falls short as wary Dutch scatter their votes”. NEW YORK TIMES, 15 de marzo.

(2) LE MONDE, 15 de marzo (varios artículos).

(3) “Turkey’s domestically dirven foreign policy”. MARCO PIERINI. CARNEGIE EUROPE, 27 de febrero.