HAY QUE RACIONALIZAR LOS COMPORTAMIENTOS Y BUSCAR SOLUCIONES

tezanos290916

Creo que somos muchos, dentro y fuera del PSOE, los que sentimos un gran estupor el día 28 de septiembre, primero con las declaraciones matutinas de Felipe González y luego, como si estas hubieran sido la señal de aviso, con toda la ristra de medidas que se tomaron a lo largo del día, a veces introduciendo un grado de tensión, tan notable como evitable, en el conflicto que se ha venido viviendo en el interior del PSOE, prácticamente desde el día siguiente a que Pedro Sánchez fuera elegido Secretario General por una amplia mayoría de los afiliados.

A toro pasado, creo que no tiene mucha utilidad ni sentido esforzarnos en dilucidar quién tiene más o menos razón en toda la secuencia de acontecimientos que han tenido lugar en los dos últimos años. Pero en lo que todos coincidiremos es en que resulta muy difícil, por no decir imposible, ganar batallas políticas cuando te encuentras sistemáticamente cuestionado, e incluso hostigado a tu espalda, por “fuego amigo”. Por eso, creo que había bastante consenso en los círculos socialistas en que era necesario solucionar dicho problema cuanto antes. De ahí la pertinencia de la propuesta que Pedro Sánchez había anunciado antes del fatídico día 28 de convocar un Comité Federal para que este decidiera si convocar o no un Congreso Federal inmediato.

Si se hubiera aceptado esta secuencia –lógica y estatutaria−, el sábado se hubiera votado con toda normalidad en el Comité Federal y, si todos coincidían, se hubieran celebrado unas nuevas elecciones primarias y un Congreso con normalidad. Y los votos hubieran zanjado el problema de quién lidera el PSOE y cómo.

De ahí que sea inevitable que muchas personas –dentro y fuera del PSOE− hayan visto en los movimientos del 28 de septiembre bastantes de los componentes típicos de una asonada. Lo cual es malo para todos.

El hecho de intentar anticiparse a la celebración de un Comité Federal que ya estaba convocado, en el que los “críticos” podían haber formulado ordenada y pacíficamente –sin grandes desgarros− sus propuestas, ha dado lugar también a muchas suspicacias. Lo cual es inevitable.

Por eso, la cuestión que se suscita es si se quería simplemente descabezar al PSOE sin pasar, previamente, por la celebración de elecciones primarias y del correspondiente Congreso ulterior. De ahí que algunos sostengan que se pretende hurtar a los afiliados del PSOE su derecho a poder decidir con sus votos. Y eso se pretende mediante un movimiento desgarrador y poco habitual (dimisiones) que tiene escasa legitimidad, de fondo y de forma, para nombrar un órgano excepcional de gobierno (una Comisión Gestora) que pudiera llevar las riendas del PSOE durante un largo período de tiempo. Al menos, un año o más, según se sostiene.

En suma, un lío enorme, que se podía haber evitado perfectamente, y que proyecta una imagen penosa del PSOE como partido que parece más interesado –y ocupado− en debatir, a veces agriamente, sobre reglamentos e interpretaciones de estatutos y procedimientos, que sobre las cuestiones sustantivas que preocupan en estos momentos a los ciudadanos. Lo cual puede ser el camino perfecto para acabar en un gran revolcón electoral. Y para perder autoridad e influencia en las decisiones que deberían tomarse en el actual contexto político español. Es decir, que ni habiendo encargado el asunto al mejor especialista en diseños de estrategias negativas se hubiera obtenido un resultado más completo.

Ante tal estado de cosas, lo que todos los socialistas de buena voluntad deberíamos preguntarnos es: qué podemos hacer para contribuir a encontrar una salida racional y positiva ante esta situación. Que, por cierto, no es la peor que se ha conocido en la larga historia del PSOE. ¡Que de otras peores se ha salido! ¿Hay solución? ¿Qué se podría y debería hacer?

Desde luego, lo primero que habría que hacer es no echar más leña al fuego. Y, obviamente, no llevar los asuntos a los Tribunales, con lo que se rozaría el riesgo de caer en lo chusco.

De ahí que algunos líderes históricos, si quieren hacer algo positivo por su partido, amén de dejar de contar y airear sus lecturas particulares sobre conversaciones privadas del pasado, tendrían que animar a la racionalidad, a la moderación de los comportamientos y a la búsqueda de soluciones y/o procedimientos de resolución que puedan ser aceptados por todos.

Obviamente, cuando existe un conflicto o una discrepancia en torno a diferentes soluciones y posturas, los expertos en resolución de conflictos saben que el último recurso –o garantía− es tener claro que al final la solución es votar. Que decidan los votos, antes que el espectáculo llegue a extremos patéticos.

Por lo tanto, cuanto antes se pueda votar mucho mejor. Y, desde luego, cuando alguien ha sido elegido Secretario General con el voto de muchos miles de afiliados (cerca de 50.000), en una competencia limpia, plural y transparente, no se puede pretender que pueda ser cesado por la firma de 17 personas y unos cuantos conmilitones. Por muy dignas y respetables que puedan ser estas personas. Pero igual de dignas y respetables que los miles de afiliados del PSOE que eligieron con sus votos al actual Secretario General. La lógica de “a quien eligen los más no pueden cesar los menos”, no es solo algo que está perfectamente recogido en los actuales estatutos del PSOE, sino que forma parte de la más elemental lógica política. Por lo que intentar pasar por encima de este criterio tiene muy difícil defensa, y puede conducir a una enorme catástrofe para la credibilidad del PSOE.

Tal como están las cosas, y tal como se están tensionando es posible que ya no exista una salida buena, sino que deba buscarse la solución menos mala. Y esta no puede ser otra que votar cuanto antes, sin vacíos ni vacilaciones. Y no estaría mal pedir a todos que nos expliquen con claridad dónde residen las discrepancias y cuáles son las propuestas políticas y programáticas de fondo de aquellos que cuestionan el liderazgo de Pedro Sánchez. Y tampoco estaría mal que Pedro Sánchez recordara un día sí y otro también cuáles son los suyos y los de aquellos que le apoyan, y a qué sectores de la sociedad defienden y a quiénes tienen en mente cuando postula un determinado tipo de políticas para España. Pues esa es en última instancia la esencia de la democracia.