¿HACIA DÓNDE NOS LLEVAN EL GOBIERNO DE RAJOY Y EL INDEPENDENTISMO CATALÁN?

Prácticamente todo el mundo (da igual el ámbito social, político o cultural, salvo los independentistas) han criticado las acciones tomadas por Puigdemont y sus socios, las locuras independentistas que están conduciendo a la fragmentación social en Cataluña, a la pérdida de poder económico, a la caída del prestigio de una ciudad tan potente, creativa y mágica como Barcelona. Las opiniones se han sucedido de forma repetida advirtiendo de la necesidad de volver a la legalidad, de que España no es una dictadura, de que el independentismo no es la mayoría de la sociedad catalana, de que hace falta el diálogo, de que así no vamos a ningún sitio.

Y todos respiramos con alivio ante la declaración de Puigdemont cuando no declaró la independencia en un pleno muy estudiado, donde dejó suspendida esa declaración para “ganar tiempo”, para buscar un espacio de negociación.

Pero, ¿qué está pensando el Gobierno de Rajoy?

¿Existen conversaciones en estos momentos entre Madrid y Barcelona? ¿Se está aprovechando este tiempo “muerto” para construir puentes de diálogo que desinflen al independentismo y den una vía de salida?

Si eso es así, no lo veo. Y me preocupa mucho. Porque las acciones que llegan desde el Gobierno de Rajoy es todo lo contrario: la mano dura a través de la Fiscalía General que está siendo utilizada por el Gobierno del PP, una y otra vez, incluso poniendo entre las cuerdas las decisiones judiciales como ocurre con la causa contra Trapero, al que la Fiscalía vuelve a solicitar encausarlo; o la prisión de los líderes sociales del independentismo.

Rajoy y el PP consiguieron convertir el independentismo en una posición social con una fuerza impresionante, porque queramos o no, llenan las calles (afortunadamente todavía muchos otros también salen a la calle a decir que no están a favor del independentismo); Rajoy ha conseguido que el PdCat se reconvierta y todo el mundo se olvide de que su origen es la antigua CiU y de los graves casos de corrupción de Pujol, familia, socios y allegados (de la misma forma que parecen haberse diluido las corrupciones vinculadas al PP); Rajoy ha conseguido convertir este gravísimo problema en una lucha entre España y Cataluña, cuando muchos hemos insistido en que el problema está en Cataluña y en su propia sociedad catalana; Rajoy ha conseguido llenar portadas de medios de comunicación internacional con imágenes de represión en el referéndum del 1-O, cuando el propio montaje de referéndum resultaba ya de sí ridículo y bochornoso; Rajoy ha creado “líderes” independentistas como el jefe de la policía catalana, Trapero, recibido entre aplausos como un héroe, y cuya cara se dibuja en las camisetas de los antisistemas e independentistas en general.

¿Y qué más queda por hacer para conseguir que todo estalle por los aires?

¿Qué pretende Rajoy: humillar, encarcelar, ilegalizar el independentismo, romper Cataluña en dos mitades, solucionar judicialmente lo que no sabe hacer políticamente? ¿Cómo pretende parar esta espiral? Porque mientras la actitud sea la de echar leña al fuego, parece que nunca se apagará el incendio que cada vez sube más de nivel.

A Puigdemont le corresponde hablar claro y decir que NO ha declarado la independencia, puesto que ha sido así, ya que no hay decreto escrito ni publicación oficial que lo indique. Deben reconocer que se han pasado de la raya, que han roto todos los límites soportables, que están dispuestos a “ser víctimas” arrollando lo que sea, incluso a la propia Cataluña.

Pero a Rajoy le corresponde “gobernar”, y eso no se hace utilizando a las instituciones judiciales. La situación catalana no se ha producido en un día, se lleva gestando años, en diferentes elecciones con olor a referéndum, en mentiras y engaños permitidas desde el gobierno central.

No hay salida fácil a la situación actual de Cataluña, que se veía venir desde hace tiempo ante la negativa del propio Rajoy, y que tendrá graves consecuencias sociales, económicas, políticas y fraternales, difíciles de reparar. Pero no parece que Rajoy y el PP sean los más capacitados para actuar con inteligencia emocional y política.

En el fondo de la cuestión, probablemente está la utilización del voto. Al PP no le importa el rédito electoral en Cataluña, porque allí no tiene fuerza, pero sigue reforzándolo en España.

En el tablero, a unos y otros, les interesa apretar las filas. Pase lo que pase, caiga quien caiga, se rompa lo que se rompa. Y pierde claramente la mayoría de catalanes que quieren seguir siendo España y la mayoría de españoles que no queremos que Cataluña se independice.

Mañana acaba un plazo para Puigdemont quien parece que prefiere ser ya un “héroe” del independentismo catalán, y que está dispuesto a romperlo todo, porque los incendios sociales en la calle le benefician (¿de verdad esto beneficia a alguien?). No dejan salidas. Por tanto, el Gobierno de Rajoy, que ha dejado crecer este monstruo de forma alarmante, tendrá que amputarle la cabeza, y retirarle de inmediato las competencias.

Dice hoy Gabilondo: ¿podría darse la situación esquizofrénica de tener una Cataluña sin competencias autonómicas intervenida por el Estado, al mismo tiempo que se declara la República Independiente? Puede darse todo ya, menos una solución racional.

Los conflictos se empiezan siempre por la violencia, la ruptura de leyes, la imposición, pero nunca se terminan por la fuerza.