HABLABA EL JEFE

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El JEFE hablaba. De la pantalla me llegaban sus palabras monótonas  y no conseguía entender lo que estaba diciendo. Enumeraba las victorias de su coalición en Euskadi, Cataluña, el indiscutible futuro de su formación política que, no le cabía la menor duda, estaba destinada a gobernar España. Tenía que volver los ojos a la pantalla de mi ordenador que me informaba que ─ya habían pasado las once de la noche─ Unidos Podemos iba perdiendo más de un millón de votos, que las previsiones del principio de la noche electoral, que les daban hasta 15 diputados más que su rival (el PSOE), se transformaban con un déficit de 14. ¿Vivía en un mundo irreal donde la aritmética estaba equivocada?

El grupo oficial de sus segundos, apiñados en torno a él, parecían apretarle para que no cayese, ¿de cansancio o de vergüenza? Y mientras mis ojos se fijaban en su corbata, ¿cuánto tiempo habría pasado ante su espejo y con sus consejeros en televisión para formar su nudo? Iba pensando: maldita sea la experiencia política que me había hecho vaticinar, después de las elecciones de diciembre pasado que en la siguientes Rajoy aprovecharía nuestras divisiones y zancadillas para sumar unos escaños más y dejarnos en la cuneta, sin haber siquiera asumido la menor responsabilidad, fiel a su táctica de esfumar los problemas con el tiempo.

Nunca viví campaña electoral tan tramposa. El Jefe cambiaba de traje con inusitada frecuencia, un día era un Bolívar, otro el Che, descubría las virtudes de un Perón, se afirmaba marxista porque era indiscutiblemente socialdemócrata. Nadie era más patriotero que él, enlazaba el soberanismo con el europeísmo y se iba de brazos con Alberto, que descubría que al ser comunista era también socialdemócrata y que pedir el abandono de la Unión Europea, y antes que todo del euro, les iba a sentar bien a los españoles que para nada, según él, habían disfrutado de Europa, desde las autopistas a los Erasmus… Eso solo era ilusiones capitalistas. La finalidad última, secreta de los dos socios, quedaba invisible. Ciertamente se afirmaba la voluntad de sobrepasar al viejo rival artrítico socialista, pero se le ofrecía una mano para ayudarle a sobrevivir, al lado del joven y dinámico Unidos Podemos, porque teniéndole al alcance, más fácilmente se le podría apuñalar. Los dos socios, el Jefe y el comunista, veían con satisfacción como los sondeos justificaban su oposición a un gobierno socialista en enero, predecían el dichoso sorpasso y, quién sabe, un posible gobierno encabezado por el Jefe con el rehén socialista bien atado. No les preocupaba el viento que levantaba alas al maduro Rajoy. Este no era su enemigo, y cuanto más gobernara creían que más estaría abonado su terreno.

¡Dichoso universitario! Me entran escalofríos al pensar que podía dirigirse a sus alumnos como se dirige a sus ciudadanos, como si fuesen analfabetos, súbditos a quienes se les puede contar cualquier invento de última hora, sin referencia alguna. Por desgracia, el fenómeno recurrente del populismo no desaparecerá de la noche a la mañana, su capacidad de dañar nos va a condenar a muchos años de predominio de nuestra dura y cruel derecha.

Pero con certidumbre el Jefe no debe acaparar nuestra reflexión, como lo hace hoy con la mía. Ante su delicada responsabilidad, creo que para el PSOE es hora de olvidarse de tanto de Rajoy como de él y centrarse en su propio proyecto. Recuerdo que en tiempos inmediatamente previos a la Transición Democrática, cuando no acababa de agonizar el poder franquista, dicho Partido, solicitado de todas partes, decidió en Suresnes seguir su ruta independiente. No le resultó mal, ni a los socialistas ni a los españoles.