HA REAPARECIDO LA DIVISORIA DERECHA–IZQUIERDA EN LA ELECCIÓN DE LA PRESIDENTA DEL CONGRESO

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Entre otros muchos efectos perturbadores para la convivencia política, la reivindicación de la independencia de Cataluña ha tenido como consecuencia la dilución de la divisoria derecha–izquierda en esa Comunidad Autónoma. El fenómeno es muy viejo pues los nacionalismos, desde Herder hasta hoy, han dado preminencia a lo identitario menospreciando la confrontación provocada por intereses sociales. En Cataluña ha ocurrido lo mismo y es natural que la oligarquía que impulsa el independentismo conduzca a las clases populares, como el flautista de Hamelin, al son de la música de la liberación nacional, hacia el despeñadero. Nada nuevo: Cambó sirvió a una Monarquía cada vez más incapaz de ofrecer estabilidad democrática, hizo oposición a la República y acabó financiando los servicios secretos de los rebeldes.

Lo sorprendente de este fenómeno es que, por pereza intelectual o por ignorancia, casi toda la izquierda catalana ha entrado en la misma dinámica y ha construido un estandarte con tejidos prestados por la derecha independentista: referéndum e independencia. Así lo ha hecho Barcelona en Comú en el Ayuntamiento y en el Congreso de los Diputados, quizá con el fin de que los barceloneses se olviden de su incapacidad gestora que hará de Barcelona, en poco tiempo, una de las ciudades españolas más caóticas y peor gestionadas. Y también, por pereza intelectual y por ignorancia, Podemos se ha apuntado al referéndum aunque le cueste votos en el resto de España. Tampoco el PSC se libra de la tentación y ha optado por ser antes un pequeño partido catalanista que un gran partido de gobierno.

Esta larga reflexión viene a cuento, aunque no lo parezca, por la elección de Ana Pastor como Presidenta del Congreso de los Diputados. Aunque conocemos quien votó a la mejor colaboradora de Rajoy (PP y Ciudadanos), la derecha nacionalista catalana y vasca, es decir, el nuevo Partido Demócrata Catalán y el Partido Nacionalista Vasco, ha contribuido indirectamente a esa elección, bien con la abstención, bien con la candidatura imposible de Homs. Hay que agradecer a estos dos partidos que hayan mirado más a los intereses sociales que representan que a los mitos identitarios y que se hayan aliado al partido que representa esos mismos intereses sociales en toda España, el Partido Popular. Es cierto que se ha hecho con hipocresía jesuítica: era enternecedor escuchar a Homs, porqué se presentaba a candidato a la Presidencia de la Cámara, para reivindicarse ante la persecución judicial que sufre por haber querido practicar la democracia en Cataluña… Habría sido más sincero si hubiera dicho que a cambio de ayudar indiretamente a la elección de la colaboradora más directa de Rajoy (con las consecuencias que ello tiene sobre el papel institucional de la Presidencia de la Cámara) van a obtener un Grupo Parlamentario que legalmente no les corresponde.

En todo caso, el pacto secreto de los nacionalistas catalanes y vascos con el Partido Popular tiene la ventaja de aclarar la situación política y volver a situar la política española en donde tiene que estar, que es en los conflictos e intereses de clase que dan lugar bien a una política en favor de una minoría (caso del Gobierno de Rajoy entre 2011 y 2015) bien a una política socialdemócrata (caso del programa de investidura de Pedro Sánchez que Podemos, de acuerdo con Rajoy, impidió que diera lugar a un Gobierno progresista). Es previsible que el pacto de las derechas españolas confederadas vuelva a funcionar ante la investidura del Presidente del Gobierno, lo que permitirá esclarecer el horizonte político, situando a cada partido en su sitio.

Pero para situar a cada partido en el lugar que le corresponde dentro del cleavage derecha–izquierda habrá que esclarecer la posición del Partido Demócrata Catalán, de Esquerra y de Podemos. Los herederos de Convergència Democràtica de Catalunya habrán de ralentizar su independentismo (proclamado en su congreso fundacional) porque no pueden apoyar en el Parlamento de Madrid al partido de Rajoy, seguir votando en el Parlamento todas las iniciativas de ruptura que propone la CUP y tener además un Presidente de la Generalidad que no pierde ocasión de mostrar su compromiso independentista. Más llama la atención la abstención de Esquerra Republicana, que hace aflorar su complicidad de clase antes que su indemostrada alineación con la izquierda, pues, si para algo ha servido Esquerra en los últimos años ha sido de ayudante del flautista de Hamelín, empujando al independentismo a ciudadanos que se sienten de izquierdas.

En cuanto a Podemos, que hace cuatro meses pudo facilitar un Gobierno de izquierdas en España, deberá aclararse: o actuar como partido de izquierdas, cortando sus vínculos secretos con el Partido Popular, o sumarse a la nueva mayoría conservadora a ver si le toca alguna migaja de poder. Pero mucho ha de trabajar Podemos para que cada vez que intervenga un parlamentario suyo en el Congreso de los Diputados los españoles no recuerden que tenemos un Gobierno de Rajoy porque Iglesias Turrión y sus colaborados no permitieron que el PSOE formara Gobierno. De ahí que será lógico que los españoles se pregunten: en la divisoria derecha–izquierda, ¿dónde se sitúa Podemos?