GRANDES PELÍCULAS EXIGEN BUENOS ACTORES DE REPARTO

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La cartelera política española ha ofrecido durante cuatro eternos años el rostro de un protagonista envejecido, huidizo ante las escenas de peligro, escasamente atractivo, pero favorecido por las amistades en las productoras, en los canales de exhibición y en amplios sectores de la crítica. Una sociedad somnolienta se ha acostumbrado a tener sintonizado su televisor, con esa imagen y ese sonido de fondo, en tanto faenaba por la casa procurando resolver por su cuenta los problemas cotidianos y observando con preocupación las grietas de las paredes, sin saber si serían heridas superficiales o fallos estructurales. El viejo actor lanzaba mensajes tranquilizadores desde la pantalla, pero cada vez su voz resultaba menos convincente y eran más también los que con el mando a distancia de su voto decidían cambiar de canal y probar nuevas experiencias. Tiempo de zapeo, frente a la fidelidad obligada al duopolio convencional.

Es verdad que todavía no ha surgido quien consiga por sí solo atraer más espectadores a la taquilla, pero el mercado sabe que es una curva declinante, sin síntomas de recuperación y con la carcoma de los escándalos, pero al negarse a compartir sus momentos hegemónicos, el mediocre señor Rajoy se ha encontrado con la imposibilidad de desarrollar un nuevo guión, una obra coral, en la que participen nuevas sensibilidades al gusto de nuevos públicos y nuevas generaciones. Todavía hoy, cuando el Rey ha encargado a un secundario, Pedro Sánchez, que intente poner en pie una nueva escenificación del proyecto, Rajoy se enroca en la única esperanza del fracaso ajeno y en la pobre confianza de hacer un “remake”. Sólo así se entiende una frase cabalística pronunciada justo después de admitir su imposibilidad de lograr los apoyos mínimos para afrontar una sesión de investidura: “Creo que tengo posibilidades de ser presidente del Gobierno”.

El espíritu positivo que le falta a Mariano Rajoy parece sobrarle al nuevo aspirante, al que, consiga o no alcanzar su ambicioso objetivo de presidir un Gobierno de cambio, habrá que agradecer y valorar su gesto de asumir el riesgo y obligar al resto de los actores a definirse con claridad sobre sus preferencias. Si transcurrido el mes previsto y solicitado por Pedro Sánchez para ahormar los pactos que avalen su investidura no se hubiera alcanzado la suma necesaria de voluntades, habríamos avanzado, al menos, en el conocimiento de las personalidades y las verdaderas intenciones de quienes, tal vez, tienen la vista puesta en una nueva contienda electoral, antes que en una salida concertada a la crisis de vacío gubernamental que ya está empezando a lesionar la confianza de los ciudadanos y de los inversores extranjeros.

Las primeras reacciones públicas al mensaje emitido por Pedro Sánchez inmediatamente después de aceptar el encargo, no permitirían alentar la esperanza. La rueda de prensa de Pablo Iglesias, minutos antes de conocer las palabras del señor Sánchez -quizás con la intención de condicionarlas- se desarrolló con un tono de agresividad que oscureció la oferta de fondo, “la mano tendida para formar un Gobierno de progreso”. La negativa de los portavoces del PP a facilitar, siquiera fuera con la abstención, un acuerdo del PSOE y Ciudadanos, refleja a las claras su enquistamiento en la fórmula de una prolongación de la actual presidencia “en funciones” en tanto se contempla con indisimulada satisfacción el triunfo de una táctica basada en trasladar la responsabilidad del fracaso al líder socialista.

Una vez más, va a ser el pueblo español quien tenga que valorar -y para ello será imprescindible la colaboración de los medios y una acertada estrategia comunicativa- cuánto hay de sincera aspiración a resolver los problemas colectivos y cuánto de maniobras cortoplacistas e interesadas en los próximos movimientos políticos. Los que se hagan cara al público, ante las cámaras, y los que trasciendan de las conversaciones entre bastidores. Van a hacer falta buenos actores de reparto en las comisiones negociadoras. Como los hubo en los años de la Transición. Y perdón por evocarla.