GLOBALIZACIÓN, MODELO PRODUCTIVO Y OPOSICIÓN SOCIAL

GLOBALIZACIÓN, MODELO PRODUCTIVO Y OPOSICIÓN SOCIAL

En memoria de Eugenio Morales Tomillo. “Tenemos que vivir sencillamente para que otros puedan, sencillamente, vivir”.

Palabras como digitalización, robótica, inteligencia artificial o revolución 4.0 ­en un mundo globalizado- han ocupado algunos titulares mediáticos en los últimos meses, a pesar del fuerte protagonismo de la actividad política. Esos mismos conceptos han sido estudiados recientemente en sendos encuentros celebrados en Madrid y Bilbao organizados por las fundaciones ligadas a los sindicatos UGT y CCOO (FFLC y 1º de Mayo), así como por la fundación Juan de los Toyos y el Laboratorio francés Lasaire de Acción Social, Innovación, Reflexión  e Intercambio.

En general existen muchas coincidencias sobre los efectos que tienen tanto la globalización como los grandes y acelerados cambios tecnológicos que se están produciendo en nuestra sociedad. Para una gran mayoría, el nuevo orden mundial, la llamada globalización, se ha convertido en una auténtica pesadilla para todos, salvo para unos pocos. El final del siglo XX y comienzos del siglo XXI han sido testigos del fracaso del capitalismo realmente existente (pensamiento único), que es precisamente, no lo olvidemos, el que gobierna el fenómeno de la globalización. Dicho fenómeno ha consolidado la plena libertad de circulación de capitales cuyas transacciones bursátiles -la mayoría de naturaleza especulativa- son realizadas en tiempo real por la aplicación de los avances tecnológicos en los campos de la informática (digital) y las telecomunicaciones. Por otra parte, la economía financiera, con sus componentes fuertemente depredadores, ha dominado el mundo de los negocios sin que los gobiernos ni las instituciones internacionales hayan sabido o querido establecer regulaciones efectivas que evitaran los enormes riesgos de la brutal desregulación de unos mercados financieros también globalizados, lo que ha terminado por relegar a un lugar secundario la economía industrial y de servicios convencionales. Estamos hablando de una economía en la que las grandes empresas multinacionales basan su actividad en la generación de valor bursátil en un entorno de libertad absoluta de circulación de capitales y en el que los paraísos fiscales, el fraude y la elusión fiscal no son combatidos ni siquiera en situaciones extremas.

A todo ello hay que añadir las exigencias de una competitividad salvaje, no suficientemente regulada, que se traduce en el deterioro de las condiciones de trabajo, la deslocalización de actividades y en un lamentable aumento de los riesgos para la salud en el trabajo (nuevas enfermedades profesionales). Lo más grave de todo ello es que se lleva a cabo a sabiendas de que esta competitividad sin límites es una carrera que no se gana, porque no se puede competir con el trabajo de esclavos.

Está comprobado que a medida que una fuerza laboral de comunidad, país o región busca volverse más competitiva reduciendo sus salarios y sus aspiraciones sociales y medioambientales, se crea una espiral descendente general en los ingresos y en las condiciones materiales. Salarios más bajos (dumping social) y una reducción del gasto público (recortes) implican menor poder adquisitivo y más precariedad, conduciendo todo ello al estancamiento del consumo, la recesión y al desempleo generalizado.

A todo ello ha contribuido, según Tony Judt, la obsesión por la creación de riqueza, el culto a la privatización de los servicios públicos y la elevación a nuestra iconografía del sector privado, así como las crecientes y escandalosas desigualdades entre ricos y pobres. Y, sobre todo, la defensa de los mercados ultra desregulados, el desdén por el sector público y la quimera de un crecimiento sin límites.

Será difícil que semejante programa pueda ser impuesto en toda su magnitud en las democracias industriales sin suspender la democracia, pero ésta no puede darse por sentada, ni siquiera en sus bastiones tradicionales -después del atentado que ha sufrido la democracia en la última crisis económica-, lo que ha puesto de manifiesto la dictadura que ejercen los mercados en la toma de decisiones -también en España-, como ha denunciado recientemente de una manera descarnada Pedro Sánchez.

En este contexto, algunos partidos de izquierda han desmoralizado a sus miembros al no haberlos defendido contra las políticas de sus enemigos o, aún peor, haberlas asumido como propias. Se han quedado sin ideas; a veces parece como si se hubieran quedado sin futuro aparente, sin impulso, sin ilusión y sin la esperanza de conseguir un mundo mejor y más sostenible en términos económicos y medioambientales. Por lo tanto, no es nada extraño en este escenario que se produzca un fuerte auge de los populismos más extremos y el inesperado y preocupante triunfo de Trump en EE.UU.

Este diagnóstico es compartido mayoritariamente por los que vienen sufriendo los efectos de la globalización y por los ciudadanos más conscientes que han presenciado atónitos e indignados los últimos acontecimientos suscitados en nuestro país: nombramiento de Rajoy como presidente de Gobierno, blanqueando de manera lamentable una política salpicada de corrupción y recortes sociales; crisis profunda del PSOE; y desplome de una izquierda (dividida) incapaz de ofrecer un proyecto alternativo y creíble frente a la derecha. Particularmente llama la atención la crisis del PSOE. Un partido dividido en dos mitades y con una gran distancia entre los militantes y sus dirigentes enfrascados en interpretaciones estatutarias y en la elaboración del calendario relacionado con la celebración de su próximo congreso que, en la actual situación, debería celebrarse lo antes posible evitando la tentación de una demora excesiva e interesada en la que pueden caer los que propiciaron la defenestración de Pedro Sánchez y hoy controlan férreamente el partido a través de la gestora.

En todo caso, y en primer lugar, la respuesta política a la actual situación debe contemplar la organización a nivel global a partir de la Unión Europea y reafirmar, una vez más, la centralidad del trabajo en el mundo en que vivimos, porque no estamos ante el fin de la sociedad del trabajo como manifestó el profesor Juan José Castillo; ni siquiera ante una cesión del papel del valor trabajo: “trabajo fluido, disperso, invisible, intensificado, desregularizado, pero trabajo al fin”, a pesar de que el 75% de los empleos futuros no sabemos cómo van a ser ni en que van a consistir.

En segundo lugar, el próximo congreso del PSOE debe apostar prioritariamente por una política de marcado carácter socialdemócrata (redistribución) adaptada a los cambios profundos que se están suscitando en la sociedad, con el propósito de defender a los más débiles y superar las profundas desigualdades, la pobreza y la exclusión social. Una política que apueste decididamente por el pleno empleo (Plan de Choque: jóvenes y parados de larga duración); la inversión pública; un sector público potente (incluida la banca pública en torno a Bankia y el ICO); la calidad de los servicios públicos (sanidad y educación); el incremento del SMI; la protección social (pensiones, desempleo, dependencia, renta mínima garantizada…); el cambio de nuestro modelo productivo; una política fiscal progresista y eficiente en la lucha contra el fraude y la elusión fiscal; la lucha contra el cambio climático; y la igualdad de género (brecha salarial). Además de abordar la regeneración democrática y la lucha contra la corrupción (austeridad, ética, honradez, puertas giratorias, limitación de mandatos…) y, desde luego, el problema catalán, lo que sólo será posible sorteando en positivo el conflicto partidario derivado del voto de los diputados del PSC en contra de la investidura de Mariano Rajoy.

En tercer lugar, y una vez acordadas las políticas a desarrollar a corto y medio plazo, el congreso debe elegir al nuevo Secretario General, respetando escrupulosamente las normas establecidas por los Estatutos, que debe poner fin al enfrentamiento actual y desarrollar las necesarias políticas de integración, lo que indica que los protagonistas en la reciente confrontación no serán los más indicados para aspirar a la Secretaría General. En todo caso, es digno de destacar en estos momentos los esfuerzos que están llevando a cabo relevantes miembros del partido por condicionar la elección del Secretario General. Llama también la atención que los candidatos se autoproclamen ellos mismos como candidatos cuando antaño las propuestas partían de las agrupaciones correspondientes y éstas tenían dificultades en muchas ocasiones para convencer al candidato de que asumiera esa responsabilidad. Por eso, las declaraciones de Pedro Sánchez (mal aconsejado) resultaron patéticas, inoportunas y contraproducentes, a pesar de que reflejan en buena medida la cruda realidad y son compartidas por muchos militantes. Para algunos se trata de emular al Cid Campeador que, según la leyenda, ganó batallas después de muerto (en el caso de Sánchez después de ser defenestrado) y para otros a Don Quijote en su lucha desigual contra los molinos de viento (en este supuesto en contra de los barones y de los poderes fácticos: mediáticos y financieros). No olvidemos que el PSOE es un partido históricamente respetuoso con la democracia interna: representatividad delegada y participación y debate de los militantes en la toma de decisiones (las llamadas actualmente Primarias), a partir de la ética Pablista que tanto defendía nuestro querido y malogrado Luis Gómez Llorente.

Por último, un partido como el PSOE debe también generar complicidades y mejorar la relación de fuerzas y acrecentar su capacidad de movilización ciudadana; porque, a pesar de haber ganado la batalla académica, intelectual e ideológica, esto no garantiza que exista relación de fuerzas suficiente para aplicar las políticas progresistas que demandan los ciudadanos. En primer lugar con los sindicatos (no hay socialdemocracia sin sindicatos), en segundo lugar con los movimientos ciudadanos emergentes, en tercer lugar con los jóvenes y las clases medias urbanas y, finalmente, con la izquierda, fuera y dentro del parlamento, como la única manera de hacer oposición real al nuevo Gobierno de Rajoy y ser coherente con sus principios.

Si esto no se tiene en cuenta gobernará la derecha por muchos años en un contexto político compuesto por cuatro partidos de ámbito estatal con representación parlamentaria y, en ese caso, el PSOE se quedará sin capacidad de maniobra para responder a las expectativas de la gente y anclado en la historia; con el agravante de que irá perdiendo irremediablemente la credibilidad y confianza de los ciudadanos que, en todo caso, son necesarias para su esperada recuperación. Nada que no se pueda evitar con tesón, perseverancia y trabajo…