GANE QUIEN GANE…

Sin prisa, pero sin pausa, el PSOE va avanzando en el calendario que conduce a poner término al peróodo de excepcionalidad marcado por el tormentoso Comité Federal de un uno de octubre de amargo recuerdo. En junio habrá Congreso y un mes antes se habrá resuelto en unas primarias la incógnita del liderazgo. Con esa agenda puede producirse el hecho indeseable de que la persona investida de autoridad por las bases se encuentre en minoría a la hora de confrontar los programas presentados a la deliberación de los delegados e, incluso, para la formación de una Ejecutiva. Es de esperar que el sentido común y la responsabilidad política de todos arbitren las fórmulas para que el socialismo español amanezca el 19 de junio con la buena nueva de un partido cohesionado, que no mire hacia el atrás convulso, sino hacia el futuro de un país y un paisanaje que vuelva a confiar en su impulso regenerador.

Por el momento, los datos ciertos son que solo un militante, Patxi López, ha anunciado claramente su propósito de ser candidato a la Secretaría General cuando se abra el momento procesal para la recogida de avales. La atención mediática y el debate en las redes sociales -cada vez más influyentes en amplios sectores de opinión- escudriñan cada día los gestos de Susana Díaz y Pedro Sánchez a la espera de que hagan públicas sus intenciones. Cada movimiento de ambos genera un aluvión de interpretaciones, no todas basadas en el análisis objetivo de los hechos, sino en la proyección de unos deseos. Las bases calientan el ambiente, animan a sus respectivos favoritos y esperan el anhelado Sí definitivo, mientras los estrategas calculan el momento más oportuno y miden los apoyos reales con los que pueda contarse antes de dar el paso. Y es que ambos conocen sobradamente, por experiencia propia, la dinámica del partido y las sorpresas ocultas en la voluntad de cada militante y de cada Agrupación. A nadie debería extrañar, por tanto, que Susana Díaz tome el pulso al socialismo fuera de Andalucía o que Pedro Sánchez actualice su promesa de recorrer España tras un estudiado y prolongado silencio sólo roto por dos actos en Valencia y Asturias y un alejamiento absoluto de los medios de comunicación.

Es la hora de “los entornos” y “las fuentes próximas”. Pero también -y eso empieza a resultar peligroso- de quienes ocupan el vacío para utilizar un lenguaje agresivo, insultante o descalificador contra todo aquel al que suponen, no ya su legítimo adversario, sino su enemigo. Es peligroso no solo porque es de todo punto intolerable traspasar la mínimas normas del respeto, sino porque están lastrando gravemente las posibilidades de que aquel a quien creen apoyar no termine por verse contaminado por ese ambiente e identificado con esos métodos si no los rechaza de plano. Y, sobre todo, es peligroso porque, gane quien gane, tendrá que dedicar gran parte de su energía a restañar heridas y contar necesariamente con personas a las que sus partidarios más exaltados niegan hasta su condición de socialistas.

El terreno de juego de las primarias es incómodo. Por supuesto. El campo no se encuentra en buenas condiciones. El público no es desbordante en las gradas. Los equipos están más preparados para resistir que para ganar. Se habla más de “fichajes” que de patrones de juego. Al menos, sí hay unas reglas de juego y –a mi entender- un equipo arbitral que merece respeto. Se trata de no embarrar más el césped y pensar en una afición -millones de votantes confusos- que desean volver a ilusionarse con unos colores que aspiraron siempre a disputar el título de la gobernación frente a los conservadores; no a luchar por evitar los puestos de descenso.

Gane quien gane en las primarias, debe, antes, lanzar un mensaje inequívoco de que el marcador final será también el cierre de una dialéctica excluyente. Y deberá esforzarse en practicarlo durante la campaña. Mejor desde hoy mismo.