FUNDAMENTALISMO E INMOVILISMO, DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA

Durante la mayor parte de nuestra historia, los seres humanos hemos vivido bajo el dominio de las ideas absolutas. Las religiones han jugado en ello un papel de primer orden. Han sido innumerables los muertos causados por las guerras de religión, como las habidas entre musulmanes y cristianos durante la mayor parte de la Edad Media, o las habidas entre católicos y protestantes ya en la Edad Moderna. En la Edad Contemporánea, los nacionalismos han sustituido a las religiones en su facultad para generar conflictos sangrientos. En este caso, la idea absoluta causante de los mismos ha sido la defensa de la identidad propia frente a las identidades foráneas. Detrás de estas ideas absolutas está siempre la convicción de la propia supremacía y la intolerancia hacia las ideas ajenas. En nombre de la idea propia, a la que se atribuye la condición de verdadera o superior, se justifica matar al “infiel” o al de la identidad contraria.

La Ilustración del siglo XVIII, y las revoluciones democráticas liberales que siguieron, trataron de establecer la razón, la libertad, los derechos humanos y el respeto a todas las ideas, como un nuevo paradigma político que garantizase la gobernabilidad estable de las naciones. Así, en las sociedades democráticas pueden convivir en paz diversas religiones, o su negación, siempre que sus preceptos no interfieran con las leyes que democráticamente se han dado los ciudadanos. El Estado se declara neutral con respecto a ellas y protege la libertad de todas.

Desgraciadamente, contra el nacionalismo excluyente, supremacista, e intolerante con el resto de las identidades, las democracias no han encontrado todavía un antídoto eficaz. No hemos encontrado la forma de que las distintas identidades presentes en la mayoría de los Estados democráticos modernos, convivan en paz sin tratar de imponerse las unas a las otras. Como apunta Ignacio Torreblanca en El fracaso del nacionalismo catalán (EL PAÍS, 4.09.17), los nacionalismos español y vasco trataron de imponerse por la fuerza como identidades únicas en sus respectivos territorios, y ambos fracasaron. La imposición del primero la intentó Franco durante la dictadura, y la del segundo, ETA en plena democracia. Ninguno de los dos lo consiguió. Ahora es el turno del nacionalismo catalán, que si bien no es comparable en sus métodos con los de Franco o ETA, no por ello su hoja de ruta es menos antidemocrática: partiendo de una mayoría legítimamente adquirida en las instituciones de autogobierno que derivan de la Constitución Española, pretenden dar un golpe de estado contra esa misma Constitución. Las posibilidades de que esta tentativa se imponga por la fuerza son, también en este caso, nulas. Quizás después del fracaso admitan los independentistas que cualquier cambio en el sistema legal que los españoles -también los catalanes- nos dimos en el 78, ha de hacerse por la vía de la negociación y del pacto, y no por las bravas.

El nacionalismo excluyente es otro fundamentalismo más. Para alimentarse, necesita atizar el victimismo y el odio al de fuera. A eso se han dedicado con ahínco los partidos nacionalistas catalanes en las últimas décadas, es decir a culpar a España de todos sus males y a presentar  Cataluña ante su gente como un pueblo oprimido, esquilmado y despreciado por el resto de los españoles, a los que en su modelo describen como mas incompetentes, vagos y corruptos que ellos. Han manipulado la historia, puesto la educación de los jóvenes al servicio de la causa nacionalista, colonizado los medios de comunicación públicos, y amedrentado desde el poder a los que han osado criticarles. A pesar de todo ello, en una sociedad culta como la catalana, hubiera resultado difícil que tales ideas calasen por sí mismas mas allá de un reducido techo electoral, si no hubieran contado con poderosos aliados en el Gobierno español. Estos poderosos aliados han sido el anticatalanismo y el inmovilismo.

Durante demasiados años, el Partido Popular ha usado el anticatalanismo como arma electoral: a costa de perder unos pocos votos en Cataluña, gracias a él los ha ganado con creces en el resto de España. Muchos recordamos sus ignominiosas campañas para boicotear los productos catalanes, o las recogidas de firmas en la calle contra el Estatut, culminando con el recurso contra el mismo en el Tribunal Constitucional. Mientras en Madrid se acuñaba el vergonzoso “Pujol, enano, habla castellano”, en Cataluña se acuñaba el no menos vergonzoso “Espanya ens roba”. A lo largo de muchos años, ambos han cultivado las dos caras de una misma moneda, la moneda de la desafección entre Cataluña y el resto de España.

Una vez que la desafección se hizo evidente y los independentistas consiguieron sacar a las calles de Barcelona a millones de manifestantes, el siguiente gran apoyo del Partido Popular –ya con Rajoy en la Moncloa– ha sido el inmovilismo. Cuando hay un problema grave en la sociedad y el poder lo ignora, se deja el campo libre a los expertos en explotar el victimismo. Si una queja razonable no es atendida por las reglas vigentes, ni se le ofrece una salida razonable, los afectados se radicalizan y tienden a buscar salidas al margen de las mismas. Eso es lo que ha ocurrido en Cataluña desde 2012, que al relato independentista no se le ha opuesto un relato alternativo y que, llegados al momento presente, las únicas opciones que se ofrecen a los catalanes son o bien seguir como están, o bien separarse de España, cuando lo más probable es que una opción intermedia pactada fuera la preferida por una inmensa mayoría. Como se ha repetido a menudo, el anticatalanismo y el inmovilismo han generado más independentistas que el propio independentismo.

Y ahora solo cabe esperar. La caja de Pandora se ha abierto, las pasiones se han desatado y las emociones están a flor de piel. Lo que se dilucida en estas semanas no tiene ya que ver con el referendum, que ambas partes dan por amortizado, sino con el recuento de víctimas. Se dilucida si saldrá peor parado el estado español o el independentismo. Se dilucida cuál será la correlación de fuerzas para la siguiente batalla. Lástima que estos experimentos no se hagan con gaseosa sino con la piel, la carne, y las emociones de los ciudadanos. Lo terrible de la catarsis colectiva que viviremos en las próximas semanas es que se ha trasladado la lucha política al enfrentamiento civil. Las redes sociales son un buen testimonio de ello.

Seamos optimistas y esperemos que las heridas no sean muy profundas. Si es así, el día 2 de octubre habrá que empezar a hacer lo que no se ha querido hacer en estos años: hablar, negociar, pactar y ofrecer a los españoles un nuevo marco de organización del Estado en el que todos estemos razonablemente a gusto. Pero habrá de ser con otros interlocutores, porque los actuales ya han demostrado sobradamente su incompetencia.