FRANCIA: LA PESADILLA QUE NO CESA

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De un tiempo a esta parte, casi nunca llegan buenas noticias de Francia. A los españoles que lucharon por la democracia y a la que nos hicimos adultos con ella nos sobraron siempre razones para profesar admiración por nuestro vecino del norte. Pero últimamente, lo que nos llega es agotamiento, desconcierto e inquietud.

Los tres fenómenos que provocan ahora una especial preocupación son los siguientes: el desmoronamiento de un modelo social que ha garantizado prosperidad y bienestar social; el cuestionamiento de derechos y libertades en la nación que los alumbró, codificó y exportó al mundo; y la consolidación del nacional-populismo, no solo como alternativa real de gobierno, sino también como inspirador de la agenda política emergente.

LA BORROSA LÍNEA DERECHA-IZQUIERDA

La segunda experiencia socialista francesa camina por senderos sombríos, pese a los esfuerzos de sus protagonistas por minimizar el desastre. Cuando Hollande fue elegido Presidente de la República, hace cuatro años por estos días, se creyó que Europa podía aferrarse a París para propulsar una alternativa a la salida de la crisis, distinta a la doctrina alemana de la austeridad. La ilusión sólo duró medio año.

Naturalmente, no pocos manifestamos nuestras prudentes expectativas ante las limitadas capacidades de Francia para liderar otra respuesta europea. Puede atribuirse el fracaso a la decepción sobre la estatura política real de Hollande, o el endémico instinto cainita en el Partido Socialista francés. Los pensadores neoliberales señalan los denominados “problemas estructurales” del modelo social francés; en palabras crudas: productividad escasa, macrocefalia del sector público, sobreprotección social. Incluso los reformistas, ubicados en los márgenes más pálidos de la socialdemocracia, proclaman la necesidad de una revisión general de los principios de la izquierda europea.

Francia estaba ya en crisis de sistema antes de Hollande, y seguirá en tal condición deprimente cuando los socialistas se conviertan -que no es descartable- en una fuerza rezagada, al menos durante un tiempo. La derecha es responsable de esta situación tanto o más que la izquierda, porque ha participado de criterios de gestión semejantes, con menor acento social, pero con el mismo énfasis en los aparatos administrativos. La derecha tiene tanta o más fascinación por el Estado que la izquierda. El liberalismo triunfante ha tenido poco éxito en Francia. Durante un tiempo, fuera de Francia esa realidad se juzgó como positiva, en la medida en que podría reequilibrar el nuevo paradigma social anglosajón, que se había hecho con la hegemonía desde su ofensiva a comienzos de los ochenta (1).

Ahora, como ya ha ocurrido en varios momentos de los últimos treinta años, la derecha se cree de nuevo llamada a gobernar, pero es muy posible que no lo pueda hacer desde la engañosa modernidad que proclama, sino desde la revisión tradicional que encarna el Frente Nacional. O pactando con este movimiento o vampirizando alguna de sus propuestas, como ya hizo en anterior etapa de gobierno. Pero la estrategia de Sarkozy concluyó en fracaso, como todo en Francia de un tiempo a esta parte. La derecha no consiguió construir un modelo neoliberal a la francesa.

La irrupción del nacionalismo populista robó a la derecha convencional francesa el compromiso con el Estado como motor de la economía, como garante de los valores tradicionales y, al cabo, como corrector de las brechas sociales. El fracaso de los parciales y limitados intentos de la izquierda ha contribuido a fortalecer esa alternativa, que inicialmente se antojaba extremista y exclusivamente de protesta, y que hoy se nos aparece como opción más que posible de gobierno. El Frente Nacional es la nueva patria política de sectores sociales que durante décadas venían confiando en la izquierda, sin por ello haberse enajenado aquellos segmentos residuales que parecían condenados a la marginación o la extinción.

EL CALVARIO SOCIALISTA

Hollande prometió superar la austeridad como método. Cuando comprobó que no tenía fuerza o recursos para hacerlo, se refugió en el nominalismo, al que son tan aficionados los franceses, para llamar de otra forma a lo mismo que se hacía en la mayor parte de Europa. Pero con denominar rigor a la austeridad, no podían cambiar las cosas. El prestigio del término alternativo no convenció a la base social que esperaba ilusoriamente un giro. El Presidente terminó acomodado en la corriente general de la deriva europea y creyó que podría reescribir el relato acudiendo a la política sin complejos. Un año escaso después de llegar al Eliseo, cuando su popularidad ya descendía en picado, puso en el frente de desgaste de su gobierno a Manuel Valls, por entonces la cabeza más visible del ala derecha del socialismo francés.

Valls parecía el mejor antídoto contra el nacionalismo populista emergente del Frente Nacional, por la manera fuerte con la que se conducía en materia de seguridad, inmigración y terrorismo. Ya se ha visto que la retórica sirve de poco cuando los problemas adquieren una envergadura considerable. El inútil tono militarista que se adoptó después de los atentados de noviembre (“Francia está en guerra”) fue el preludio de otra de las iniciativas que más malestar ha provocado en la izquierda, incluidos muchos socialistas, pese al aparente respaldo social: la privación de la nacionalidad francesa a los binacionales implicados en actos de terrorismo.

Después de un prolongado silencio, Hollande compareció esta semana en un acto de homenaje al líder socialista histórico, Jean Jaurès, para defender su gestión e invocar “el compromiso de la izquierda”. Pero no desveló si será candidato el año que viene. Hace un año, vinculó su decisión al “descenso del desempleo”. El primer ministro Valls asumió la defensa activa de un gobierno en caída libre, pero sus energías se han consumido en polemizar con la izquierda de su partido. Hoy, Valls ha sido desbordado, desde la derecha, por otro cachorro del Presidente, el ambicioso Ministro de Economía, Emmanuel Macron, quien no se ha privado de lanzar su propia plataforma política sin denominación de origen ideológico (“En Marcha“), pero con intenciones claramente electorales. Sopla un aire de ¡sálvese quien pueda!

En la izquierda socialista, la opción Macron irrita tanto o más que la opción Valls, porque representa lo mismo, pero con más descaro. El primer ministro se permite reclamar a su jefe que ponga orden; es decir que coloque a su compañero de visión ideológica en su sitio, con el razonable argumento de que el gobierno es un trabajo colectivo. Pero lo único que se oye desde el entorno del Eliseo es un lema onomatopéyico (“He, oh, la gauche”), con el que se pretende defender los años Hollande. Poco prometedor.

Todo esto ocurre cuando se apunta una nueva primavera de protesta social, juvenil y estudiantil (La Nuit Debout), que sólo puede erosionar aún más el apoyo social al gobierno. La reforma laboral supone para una buena parte del PSF una nueva renuncia de la izquierda. El ala izquierda se plantó (“Trop, c’est trop”, dijo Martine Aubry en una tribuna pública) y se dispuso a combatir la reforma sin miramientos. La ministra Khomry, encargada de su gestión, fue vilipendiada por sus propios compañeros cuando intentó presentarla como una iniciativa positiva para generar empleo. De ahí que el proyecto haya sido sustancialmente modificado antes del trámite parlamentario. Pero no lo suficiente para aplacar las críticas sindicales y sociales, como pudo comprobarse en un agitado y bronco Primero de Mayo.

 

(1) Sobre esta brecha cada vez más difusa entre derecha e izquierda en Francia (y, en general, en Europa), es recomendable el trabajo “Vers le fin du clivage gauche-droite”, en LE MONDE DES IDÉES, 30 de abril.