FRANCIA: LA DERROTA ENGAÑOSA DEL FRENTE NACIONAL

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En la reacción del socialismo francés a las elecciones regionales francesas del domingo puede advertirse cierta contradicción. Parecía acertado y convincente el primer ministro, Manuel Valls, cuando evitaba un discurso triunfalista. El Frente Nacional no había conseguido imponerse en región alguna, pese a su buen resultado en la primera vuelta, cuando obtuvo el 30% de los votos y se confirmó como el primer partido de Francia (ya lo había sido en las europeas de 2014). Esta ‘derrota’, advertía Valls, “no supone que el peligro de la extrema derecha haya quedado descartado”. En cambio, es más inquietante que tanto el primer ministro como el Presidente Hollande anuncien que “no habrá inflexión” del Gobierno.

La izquierda -y en particular el PS- tienen muy poco que celebrar en Francia, desde hace meses, si no años. La cúpula socialista francesa sabe que lo que ha evitado el espaldarazo institucional del FN ha sido una decisión táctica, una maniobra desesperada de convergencia de votos contra la fuerza emergente. Sin duda exagera Marine Le Pen al decir que son “coletazos de un régimen agónico”. Pero lo cierto es que se ha interpuesto un dique, no se ha conjurado el malestar que acecha del otro lado sin que se advierta debilitamiento alguno. La responsabilidad incumbe en primer lugar a la clase política, pero no únicamente, como afirma lúcidamente LE MONDE en su comentario editorial (1).

Con el Frente Nacional suelen producirse confusiones y juicios sumarios, provocados parcialmente por su mensaje, no pocas veces simplista y grosero. Pero ha habido también errores de percepción. Durante años, la clase política francesa creyó que podía desactivar la persistencia de esta fuerza incómoda con puros argumentos racionales, salpicados oportunamente con algunas arremetidas descalificadoras. El efecto ha sido el contrario: la hostilidad política y mediática ha consolidado al Frente Nacional, no sólo como elemento de expresión de disgusto o malestar, sino como síntoma del fracaso del sistema político francés.

Queda sin resolver la incógnita sobre si el Frente Nacional ya es una alternativa de gobierno. Para algunos, el éxito de la política de contención en estas elecciones regionales demostraría que no, que “la República es más fuerte”. Se trata de una estimación discutible. El contrafrentismo no sólo es peligroso, sino que presenta muchas grietas.

Es peligroso porque esta política de negativa, de frenazo, de contención pone en evidencia la debilidad de los partidos o fuerzas políticas tradicionales. Para alejar del poder al Frente Nacional, estos se ven obligados a pactos, acuerdos, compromisos y componendas de pura matemática electoral, sin base programática; peor aún sería que la hubiera, porque entonces se estaría avalando uno de los principales elementos del discurso lepenista: que conservadores y socialistas son las dos caras de una misma moneda.

¿EL SOCIALISMO, PARTIDO-TAPÓN?

Resultaría catastrófico para los socialistas quedarse fuera de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2017, como ya ocurriera en 2002. Si para un partido con vocación y experiencia de gobierno, verse rebajado a la condición de bisagra supone un descalabro, ¿qué efectos tendría si diera un paso más en su degradación y se confirmara como partido-tapón, cuya utilidad práctica se redujera a cerrar el camino del Eliseo a Marine Le Pen?

Pero, además de peligrosa, esta política de contención presenta grietas alarmantes. Sarkozy dio la voz de orden de no desistir en favor de socialistas mejor colocados en la primera vuelta de las regionales, aunque algunos de sus correligionarios favorecieran esta opción. El ex-presidente sabe que ese discurso puede perjudicar puntualmente a Marine Le Pen, pero a largo plazo fortalece y consolida su discurso de única fuerza renovadora. La estrategia de Sarkozy no es oponerse frontalmente al Frente Nacional, y menos en alianza republicana con el centro-izquierda. Cree, y tiene algunos motivos para hacerlo, que será siempre más eficaz asumir ciertas partes de su discurso para recuperar el electorado prestado conservador y presentarse como opción más viable con el fin de conseguir objetivos compartidos.

Para alcanzar el 30% de los votos, el Frente Nacional ha penetrado en sectores sociales muy tradicionales, pero sobre todo, en las supuestas antípodas de su ideario. La clave de su ascenso, más que la competencia exitosa con los conservadores, se ancla en la atracción de sectores populares descontentos, desencantados, descreídos de sus referencias ideológicas durante generaciones, incluso desesperados. A la izquierda francesa le va a resultar mucho más difícil que a la derecha recuperar los votos fugados hacia las arcas electorales del FN.

UNA APROXIMACIÓN MÁS CUIDADOSA

Existe cierta inercia en seguir calificando al Frente Nacional como partido de extrema derecha. Ciertamente lo es, en no pocos aspectos. Pero la evolución de los últimos años, bajo la conducción de Marine Le Pen, lo ha alejado del extremo, de las posiciones más radicales defendidas por su padre. La estrepitosa ruptura entre ambos no es pura comedia política: refleja la reconfiguración de esta formación política y la pluralidad creciente de su base social.

Es lógico que en el actual panorama de confusión en el sistema político europeo, debido a la frustración por la prolongación de la crisis económica y social y la falta de soluciones eficaces, se tienda a presentar bajo el mismo paraguas a la distintas fuerzas rupturistas. Se asimila con cierta ligereza ‘populismo’, ‘euroescepticismo’ y ‘ultraderechismo’. Se trata, efectivamente, de rasgos con elementos coincidentes, pero existen diferencias notables que conviene no desatender.

El Frente Nacional puede mantener algunas posiciones propias de la extrema derecha (la ‘xenofobia’, la aversión hacia la inmigración incontrolada, o cierta concepción retórica del nacionalismo), pero lo que constituye hoy el motor de su crecimiento electoral no es principalmente eso, sino la capacidad para sostener una posición contraria a las políticas europeas contra la crisis, los efectos de la globalización, la debilidad del Estado para compensar a los más desfavorecidos. El Frente Nacional está más cuajado que otros partidos europeos afines, tiene una base social más sólida. En definitiva, constituye un riesgo mayor.

Como síntoma de este esfuerzo por ganar respetabilidad, Marine Le Pen rechazó hace unos días que se la identificara con Donald Trump, y en particular con su ridícula propuesta de prohibir la entrada de musulmanes en Estados Unidos. La ‘xenofobia‘ de la dirigente francesa tiene un contenido cultural y un arraigo social, por lamentable que esto sea. En cambio, los exabruptos del candidato republicano son manifestación de puro oportunismo político, demagogia a secas, exhibicionismo del miedo, un miedo irracional e injustificado a un peligro terrorista absolutamente exagerado y manipulado.

(1) “Agir avant la catatrophe”. LE MONDE, 14 de Diciembre.