FRANCIA: EL NACIONAL-POPULISMO, AVANT LA LETTRE

A poco más de dos meses de las elecciones presidenciales, Francia tiene en vilo a gran parte de Europa. Cuando aún no se ha digerido la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, la perspectiva de que Marine Le Pen ocupe el Eliseo desde la próxima primavera añade un factor de preocupación indisimulable.

Quizás como antídoto contra el alarmismo, numerosos analistas políticos y técnicos demoscópicos aseguran que el sistema electoral francés hace muy difícil la victoria de la candidata del Frente Nacional en la segunda vuelta, resignados a que pasará el corte en la primera ronda del 23 de abril. Para ser Presidenta de la República, Marine Le Pen tendría  que vencer -argumentan los optimistas- al candidato que supuestamente apoyarían el resto de formaciones políticas: sería Marine contra todos. Con pocas posibilidades de salir victoriosa.

¿Puede asegurarse tal cosa? En absoluto.

¿EL FINAL DE LA V REPÚBLICA?

Resulta un poco inútil enredarse ahora en unas encuestas u otras. Marine Le Pen aparece como favorita en todas ellas. Sólo esta emergencia reciente de Emmanuel Macron (poco sorprendente, por lo demás), le discute la primera posición en la primera vuelta. El exministro/pupilo de Hollande se perfila como candidato “por encima de todas las ideologías” para frenar la “vergüenza” de un escenario a lo Trump en Francia. El propio Macron se postula de tal guisa cuando dice que hay que superar la fractura derecha-izquierda para vencer el peligro que supone la irrupción ultraderechista. No sería de extrañar que algunos empiecen a compararlo, aquí, en España, con el Ciudadano Rivera, aunque con otro empaque. Y otro aire.

Que a Macron le estén saliendo ahora las cuentas no quiere decir que su candidatura sea sólida. Su programa es el no programa. Ambigüedad y vaguedad (1). El electorado francés está muy apegado a la tradición. Los dos bloques, más o menos elásticos, que han conformado la dinámica de la V República se han percibido hasta ahora como inalterables. Estas elecciones, sin embargo, podrían romper ese molde, si Le Pen y Macron, dos disidentes de ese sistema, cada uno a su manera, se alzan con el privilegio de competir por el Eliseo el 7 de mayo.

En la escalada demoscópica de Macron pesa tanto el escándalo que amenaza con minar la candidatura de François Fillon, como la corrosión interna del Partido Socialista y la fragmentación subsecuente de la izquierda más radical. El candidato de Los Republicanos (ex gaullistas y algo más) está enredado en el affair de los empleos ficticios de su señora y sus hijos, y ahora le surge un grano más con un posible fraude fiscal de su portavoz.

Las bases socialistas confirmaron el desapego hacia “su gobierno” del quinquenato que ahora se extingue con pena máxima y gloria nula eligiendo como candidato a la cabeza visible de los frondeurs, los diputados rebeldes. Benoît Hamon infunde cierta ilusión en esa masa de funcionarios públicos, intelectuales orgánicos y clases medias que no se dejan seducir por los cantos de sirena lepenistas ni por las propuestas mesiánicas de la izquierda más contestataria. Hamon ha desbancado al izquierdista Melenchón para ocupar una desmayada cuarta plaza, y aspira a unir fuerzas con él para optar a la sorpresa. Se ha rodeado de un equipo entusiasta y cuenta con el respaldo firme de la gran dama del socialismo francés, la exministra Martine Aubry, y la emergente alcaldesa de París, Anne Hidalgo (1). Dos generaciones de mujeres del PSF para conjurar una crisis agónica del partido más fragmentado del socialismo europeo.

Nadie cree, sin embargo, que sea suficiente haber vencido al aparato, al Eliseo y a Matignon, a esa inercia destructiva que corroe a la socialdemocracia europea. El PSF llega tarde a estas elecciones. Durante su etapa de gobierno, en vez de adelantar el reloj de los cambios, ha perdido el tiempo en componer un inane discurso de acomodación a la austeridad, la debilidad programática y la fragmentación autolesiva.

¿LE PEN CONTRA TODOS?

Ciertamente, la dicotomía centro-derecha/centro-izquierda, santo y seña del devenir político francés y europeo, está cuestionada por un nacionalismo que parece abandonar los cauces de lo correcto para incursionar en el terreno del populismo. La versión francesa de este fenómeno, diferente a la que ha triunfado en Estados Unidos, aúna el auge del sentimiento nacional con la decepción del desempeño de la izquierda (2). Pero, atención, no es Le Pen después de Trump. Marine había llegado antes, con discurso, con partido y con base social. Al mágico Donald le ha valido con la atracción fatal de los medios y la negligencia de la clase política.

La mayoría de los votos de Marine Le Pen no provienen de los ricos, o de la franja más extrema del nacionalismo, sino de cientos de miles, millones de trabajadores decepcionados por la falta de respuesta eficaz del socialismo a la crisis económica, la desindustrialización, el malestar de las banlieus, la inversión social, los aspectos más controvertidos de la inmigración, el incremento escandaloso de la desigualdad. El Frente Nacional no es de izquierdas, ni pretende serlo. Pero sí aspira a convertirse (lo es ya, en gran medida) en el partido de los trabajadores perdedores de la globalización; de los trabajadores franceses, a los que ni siquiera les vale con la compensación menguante de los beneficios sociales para paliar los devastadores efectos del paro. Para escuchar estas voces de obreros transmutados, es muy recomendable un reportaje de hace unas semanas en THE NEW YORK TIMES (1).

Le Pen y Trump comparten esa apelación de voto a los trabajadores “blancos” resentidos por el resultado social de la crisis. “América Primero” es la versión adaptada de “Francia para los franceses”, la divisa con la que el Frente Nacional ha estado resistiendo más de treinta años en los márgenes del sistema. Ha hecho falta que diez años de inclemente crisis haya terminado por hacer saltar las costuras del tensionado modelo social francés para que lo inimaginable se convierta en plausible. La victoria de Trump lo ha hecho factible.

Con la misma convicción con la que los analistas consideraban en octubre que Trump no podía ser Presidente, por miles de razones, casi todas ellas de una solidez aparentemente incuestionable, ahora sostienen que, como ha ocurrido antes, el temido éxito del Frente Nacional se quedará en espejismo.

Fillon, en una maniobra que huele a desesperación, ha advertido que su eliminación en primera vuelta equivaldría a la consagración de la victoria de Marine Le Pen. “No puedo asegurar que la mayoría de mis votantes le vuelvan la espalda a la candidata del Frente Nacional para respaldar a un candidato de izquierdas”, ha venido a decir. Razonable. Pero, a la inversa, tampoco puede darse por seguro que el electorado de izquierda lo vote a él, sólo para evitar un triunfo de la candidata ultranacionalista, como hicieron con Chirac. Ha pasado mucha agua bajo los puentes del Sena para asegurar tal cosa. La base electoral de la izquierda está desanimada, desconcertada o, algo peor, adherida al engendro xenofóbico del obrerismo nacionalista, o del populismo, para entendernos mejor con el lenguaje al uso. Pase lo que pase estos dos meses y pico, Francia dejará de ser una esperanza europea para convertirse en un dilema entre lo malo y lo peor.

(1) “Macron, the maverick”. KEMAL DERVIS.BROOKING INSTITUTION, 8 de febrero; “Emmanuel Macron steps into France’s political void”. NYT, 13 de febrero.

(2) “La peur du loup Front Nationel”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 10 de febrero.

(3) “Benoît Hamon dévoilé son équipe de champagne”. LE MONDE, 11 de febrero.

(4) “Will France sound the death knell for socialdemocracy”. JAMES ANGELOS. NYT, 24 de enero.