FRAGMENTACION E INESTABILIDAD COMO NORMA EUROPEA

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Después de unas elecciones que han producido el resultado más fragmentado de la reciente historia democrática, los dos grandes partidos que han protagonizado la gran división política del país, podrían acabar formando un gobierno de coalición, juntos o en compañía de otro.

Los resultados electorales hacen que ninguno de los dos grandes partidos pueda gobernar solo, ni dispone de un partido minoritario que complemente su mayoría relativa, y en cambio una gran coalición entre ellos daría al país una gran estabilidad política.

Pero esta “gran coalición“ entre los dos viejos adversarios parece impensable porque su enfrentamiento se hunde en las raíces históricas del país. Y sin embargo, en los medios económicos, en los políticos bien-pensantes del establishment y en editoriales de la prensa, se apela a esa solución como la mejor para el país, pidiendo que los dos grandes partidos acaben con su “guerra civil política” y pongan el interés del país por encima de los suyos propios.

¿Estoy hablando de lo que ocurre en España después de las elecciones de diciembre pasado?.

No, aunque lo parezca.

La descripción anterior se refiere a Irlanda, donde los  dos grandes partidos, el Fianna Fail y el Fine Gael, que emergieron de la guerra civil irlandesa de 1920, y se habían alternado en el gobierno obteniendo entre los dos cerca del 80 % de los votos, en las elecciones de febrero pasado el voto conjunto a ambos partidos ha caído por debajo del 50 % , con el 25 % para cada uno.

Los que piden una “gran coalición” argumentan que es la única forma de escapar a la triste situación de España, país en el que tres meses después de la elecciones se sigue sin formar gobierno y con pocas esperanzas de hacerlo. Y que sería muy difícil explicar a sus socios europeos que dos partidos que, a fin de cuentas comparten los principios constitucionales y europeístas básicos, no pueden hacer como el SPD y la CDU en Alemania. Un argumento que nos debe sonar, porque también lo hemos oído por estas latitudes para animar al PSOE y al PP a formar una gran coalición.

Los escenarios políticos de España y de Irlanda se parecen, pero no son los únicos en Europa.  También en Portugal, como antes en Grecia,  las elecciones han producido un Parlamento fragmentado y un gobierno inestable. En Alemania, después de las pasadas elecciones regionales y del éxito de Alternativa para Alemania (AfD), ya no se puede hablar del concierto bipolar de socialdemócratas y cristiano demócratas, ya hay por lo menos 6 partidos a lo que tomar en consideración, o siete si se cuenta aparte a los socialcristianos bávaros de la CSU que discrepan fuertemente de la política de Merkel en materia de inmigración.

Así pues, el panorama político europeo muestra como elección tras elección, los países van entrando en una situación de  fragmentación de la representación con la consecuente inestabilidad política.

Hay un común denominador en los casos citados de Irlanda Portugal y España.  Los votantes han castigado a los partidos de derecha y de izquierda (o de centro derecha y de centro izquierda si se quiere entrar en matices) que han  gobernado durante los años de las crisis del euro y financiera que empezó en el 2009. Su voto expresa el rechazo y el hartazgo de las políticas de austeridad y de las reformas estructurales impuestas por la UE que han producido graves consecuencias sociales. En España además, se han sumado  los casos de corrupción política que, aunque afectan fundamentalmente al PP y a CiU, o como se llame ahora, donde la corrupción parece tener un carácter sistémico, también se reprochan a todas las fuerzas políticas que han gobernado en los últimos años.

Una larga crisis económica que ha afectado a las estructuras sociales y laborales, con insoportables niveles de paro, incremento de la pobreza, de la precariedad y la desigualdad por un lado, y casos fragantes y extendidos de corrupción por otro, son un cocktail explosivo que no podía dejar de tener consecuencias sobre las estructuras de representación política.

Pero los resultados electorales en esos tres países muestran también que los electores no han liquidado definitivamente a los partidos de derecha o de centro derecha que estaban en el poder. Su resultado electoral ha sido muy pobre, pero tanto el PP en España como el  Partido Socialdemócrata portugués (un partido de centro derecha a pesar de su denominación), o el Fine Gael en Irlanda han seguido siendo los más votados. Y en cambio, los partidos de centro izquierda tradicionales, o “de gobierno” como decimos en España, no han sido capaces de capitalizar a su favor el descontento de los votantes. Muy probablemente porque esos partidos también han estado gobernando en algún momento de los años de crisis y aplicado parecidas políticas de austeridad  y “reformas”.

Es sin duda el caso del PSOE en España, al que se le sigue reprochando las políticas del gobierno Zapatero desde el famoso “me cueste lo que me cueste” de mayo del 2010. Muchos electores tienen el sentimiento de que se puede cambiar de gobierno, siguiendo la alternancia tradicional derecha–izquierda, pero que no por ello se cambia de políticas porque estas vienen dictadas desde fuera por poderes que escapan al control democrático nacional. Y eso explica en buena medida el apoyo a fuerzas políticas que contestan las bases mismas del sistema.

En Alemania y el Reino Unido tampoco las cosas han ido muy bien para la izquierda tradicional. El SPD en el 2013 y los laboristas británicos en el 2015 obtuvieron los peores resultados de su historia post 1945. Y mucho me temo que los socialista franceses van a consumar en la elección presidencial la cadena de derrotas que viene sufriendo en todas las elecciones. Con su reforma laboral, que dicen inspirada en la que Rajoy ha hecho en España, parecen dispuestos a seguir por ese camino.

Pero no es que el apoyo electoral a la izquierda disminuya. Más bien se distribuye entre nuevas fuerzas políticas. Entre lo que podríamos llamar la socialdemocracia o el socialismo “old style” que ha ejercido responsabilidades de gobierno, como en España el PSOE, y los partidos-movimientos antisistema, populistas o insurgentes, como se las quiera llamar, que en España serían Podemos o la CUP en Catalunya.

También la crisis+corrupción han producido el desmembramiento del voto de derecha o centro derecha. Un fenómeno que en España lo representa Ciudadanos, que aparece como un partido liberal-centrista a la europea a la vez que como un partido regeneracionista frente a las deficiencias del sistema político.

En su conjunto, en toda Europa parece que el sistema de dos partidos mayoritarios que se alternan en el poder, que ha sido la norma desde el fin de la II Guerra, está desapareciendo  y en su lugar aparece un sistema de multi-partidos que obliga a complicados pactos post electorales y/o engendra una inestabilidad política que no es precisamente la mejor forma de hacer frente a los graves retos a los que se enfrenta Europa. Y al mismo tiempo, el espacio político que ocupaba la socialdemocracia también se fragmenta y lo tiene que compartir con otras fuerzas de izquierda, que a veces no se llaman así, o que son claramente antisistema abogando por soluciones de cambio radical.

La cuestión es si esas nuevas fuerzas políticas pueden conseguir lo que proponen, más y mejores empleos con salarios decentes y una mejor protección social, de una forma mas eficiente que lo que llaman la “vieja izquierda”. No por reclamarlo con voces más altas y más gesticulación se pueden conseguir mejores resultados.

Y ese es el panorama en el que se inscriben las negociaciones para formar gobierno en España. Rajoy se empeña en proclamar que ha ganado las elecciones, en numero de diputados, y por eso debe ser quien forme  gobierno. Pero el PP no ha ganado, porque quien gana las elecciones es quien puede reunir una mayoría parlamentaria. Y Rajoy esta completamente aislado y no tiene con quien completar su insuficiente mayoría relativa. No se en Irlanda, pero por aquí un gobierno de “gran coalición” PP-PSOE parece imposible. Al menos con Rajoy al frente del PP y por tanto del gobierno. No se puede decirle a alguien, delante de millones de telespectadores, que no es digno de presidir un gobierno porque no es una persona decente, y después hacerle presidente del gobierno por activa o por pasiva.

Si Rajoy está aislado, en cambio el PSOE ha ocupado con habilidad la posición central que el resultado electoral le ha dado. Pedro Sánchez ha hecho lo que tenia que hacer, negociar a su derecha ya  su izquierda intentando encontrar el máximo común denominador (y no el mínimo común denominador como por error dije recientemente en el programa de Salvados) entre sus programa y el de Ciudadanos por un lado y Podemos por otro.

Tarea difícil que por el momento no ha dado resultado. Pero que le ha permitido a Sánchez afianzar su liderazgo dentro del partido, superando las dificultades que algunos de los representantes del poder territorial intentaron ponerle de una forma un tanto absurda. Todavía no es imposible que después de la pausa de las vacaciones de Pascua se pueda llegar a alguna clase de acuerdo que permita formar un gobierno de progreso. Entre otras cosas porque Podemos, a fin de cuentas, no es todavía un partido político, sino la expresión de un estado de animo de la sociedad española, con diferentes matices territoriales que pueden resquebrajarse internamente y cambiar su posición en las ultimas horas de negociación.

Recordemos lo sucedido con el gran líder Artur Mas, que el viernes aseguraba que de ninguna manera cedería ante la CUP y que o el era Presidente o se iba a nuevas elecciones, y el sábado se apeaba, o le habían apeado, de su numantina posición porque en su partido sabían que unas nuevas elecciones serian catastróficas.

Por las actitudes que Podemos ha mantenido, y en particular los desplantes de Pablo Iglesias, parece que no tiene muchas ganas de llegar a un acuerdo con el PSOE. Después de lo que se han dicho, también parece difícil imaginar a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias compartiendo mesa en el Consejo de Ministros y asiento en el banco azul del congreso. No es menos cierto que el acuerdo PSOE-Ciudadanos tiene las ambigüedades y carencias que tiene todo pacto de esta naturaleza. Es lo que hace decir a Garicano que el pacto no propone la derogación de la reforma laboral del PP y a Jordi Sevilla que sí lo hace. Y sobre el gran problema político-territorial del país, que es la secesión de Catalunya pasa de puntillas. Pero es un punto de partida en el aprendizaje de llegar a acuerdos a partir de posiciones diferentes. Algo que no sabemos hacer porque en casi 30 años de democracia nunca tuvimos que hacerlo.

A la hora de la verdad, es decir, dentro de un mes, todos los partidos tendrán que tener en cuenta cuales son sus expectativas ante una nueva convocatoria electoral y a quien harán los electores responsable de ella. Porque si esta se llegara a producir, algunos de los pactos que ahora parecen imposibles después serán inevitables.