EVOCANDO A MICHEL ROCARD

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Corría la primavera de 1975. La Federación de los Altos Pirineos del Partido Socialista Francés organizó un mitin con Michel Rocard como principal orador. Como acostumbraba, el partido hermano invitó al PSOE. Así participé en el mitin con Michel Rocard. Fue mi único encuentro con él. Tuvimos evidentemente ocasión de hablar, off the record, de la situación española, nada clara en esos tiempos. Michel Rocard poco se interesaba por ella y para él, como para Mitterrand, nuestro particular porvenir, el de los socialistas españoles, le parecía más que nebuloso. Quienes entonces en el PS se acercaron a nosotros fueron los miembros del CERES, el ala más izquierdista, en particular uno de sus líderes, Pierre Guidoni.

Aunque solo coincidí con él una vez, Michel Rocard me impresionó. Seguíamos la política del país de acogida con tanta intensidad como la nuestra. Era un hombre que desde reflexiones muy sosegadas había sustituido la ideología por la ética. Predicaba un socialismo de lo posible sin renunciar a sus valores. Aceptaba ser minoritario con lealtad y confianza para poder ser mayoritario en el futuro. En una palabra, seguía una pauta que un día convenció a los del PSOE: para poder gobernar el presente en vez de polemizar sobre el futuro y dejar así a las derechas gobernar el presente. Representaba una lógica evolución del socialismo que siempre se determinó en función del adversario que combatía -revolucionario cuando la derecha era opresiva, socialdemócrata cuando se enfrentó a la realidad del mercado- y que hoy todavía está sin encontrar su rumbo exacto en el mundo abierto de un capitalismo especulador, y ello a pesar de los intentos de un Michel Rocard o de un Felipe González.

Si hoy invoco al socialista francés desaparecido es porque su racionalidad nos sería muy útil para analizar las dificultades que tiene nuestra izquierda y que las dos elecciones recientes han puesto en evidencia. Quienes presumen de posición de izquierda están divididos por varios frentes.

El primero que ya existía, pero que recientemente ha llegado a constituir una línea roja, es el nacionalismo. Pedro Sánchez lo evidenció cuando tratando de obtener la investidura afirmó repetidamente que no aceptaría los votos nacionalistas, aunque fueran de izquierda. La preservación de cierta unidad de España es un postulado que se prevé que dure mientras no se consiga la lógica reforma constitucional implantando un Estado federal.

Otra división, que se ha reforzado, es la eterna competición interna entre las fuerzas de izquierdas, de quienes proponen soluciones radicales, poco viables pero muy eficaces a la hora de estorbar cualquier política reformista. Cuanto peor mejor, siempre fue la táctica de los oponentes a una izquierda de gobierno. Aunque no prospere hoy tal posición cuenta con la suficiente fuerza nociva. Y se mantiene acogiendo en su seno a una multitud de pequeños partidos regionales, resultado de un verdadero sarampión político que viene de otro problema de fondo en nuestra sociedad.

Otra fuente de división es la del descrédito del Estado en nuestro mundo actual. No ocurre sólo en España. Prolifera por toda Europa, se nota en Estados Unidos y cuando el Estado se confirma tiene muchas veces las connotaciones peyorativas de un Putin o de un Maduro. El descrédito del Estado se manifiesta por la indiferencia, cuando no la hostilidad, hacia sus instrumentos: instituciones, partidos políticos, sindicatos. El ciudadano se aleja del Estado cuando al mismo tiempo exige de él la solución de cuantos problemas encuentra en su vida diaria.

Por su cuenta el PSOE, debido a las responsabilidades que afrontó con fortuna, se alejó ciertamente de la ciudadanía para concentrarse en las Instituciones y esto tiene su precio. Las primarias que han aportado mucho a una práctica democrática de base, tienen por desgracia bastante responsabilidad en la debilitación militante de un Partido. El socialismo no puede resumir su democracia en un voto en una primaria, ni tampoco en la consulta por internet, es más exigente y necesita de una brega continua en la sociedad.

Volvemos a una cierta atomización de la izquierda que ya existió en las últimas convulsiones del franquismo y que se consiguió entonces vencer porque un Partido de izquierdas encontró un lenguaje sencillo, más ético y pragmático que ideológico, y un liderazgo indiscutido.

A estos retos de la izquierda: ideología versus ética, Estado y sociedad, minoría y disciplina, economía y social, Michel Rocard buscó siempre la adecuada respuesta. Podemos decir que fuimos rocardistas, sin saberlo, durante una época afortunada para nuestra sociedad. También no debemos olvidar que Rocard, hoy tan homenajeado, fracasó en su Partido.