EUROPA: LOS FRENTES TURBULENTOS DEL MEDITERRÁNEO

Mientras Europa trata de encontrar la cuadratura del círculo en el intratable asunto de la inmigración, y día a día se va haciendo más grande la posibilidad de un verano dramático en el Mediterráneo, desde los confines orientales se perfila un conflicto que puede adquirir unas dimensiones de crisis de primerísimo orden.

La UE, una vez más, como hace tres años, persigue un difícil compromiso para volver a conjurar el problema de la inmigración. No tanto para resolver las causas profundas de este fenómeno imparable, sino para limitar los corrosivos riesgos políticos internos que han destruido gobiernos, alimentado pasiones indeseables y puesto patas arriba el frágil equilibrio.

Turquía, por añadidura, presenta un riesgo más a medio plazo, sin desdeñar los efectos más inmediatos. Conviene recordar que hace tres años se llegó a un acuerdo migratorio con Ankara que, en puridad, nunca se cumplió, como tampoco se cumplieron o funcionaron otros compromisos entre todos o algunos países de la Unión.

EL GRAN DIVORCIO ALEMÁN

Llegarán los líderes europeos a la cumbre de este fin de semana sin un acuerdo claro, atado, fiable. Puede pasar de todo, pero quizás no pase nada; y, si es así, puede augurarse un periodo de fuerte inestabilidad política, en la que la primera pieza en tambalearse puede ser en apariencia la más fuerte, es decir, Alemania.

En efecto, el gobierno germano está en el alero por la ruptura latente entre los dos socios democristianos que componen la principal fuerza de la coalición en el poder. CDU y CSU se han emplazado en un desafío teñido de amenazas, recriminaciones y cuentas pendientes puestas al sol. El ministro del Interior y líder de la rama bávara ha dado un ultimátum a la Canciller para que frene la inmigración y adopte una política migratoria restrictiva. Merkel, en su estilo, ha ido adoptando posiciones cambiantes, escurridizas y esquivas, hasta que se ha visto obligado a aguantar el envite. Nadie en el teatro político alemán se atreve a aventurar el futuro inmediato. La mayoría de los analistas y los estados mayores de los partidos han empezado a hacer preparativos para celebrar elecciones anticipadas en septiembre. Con Merkel fuera del cartel, la marca CDU-CSU rota, cada uno con candidatos propios en los feudos del otro, la socialdemocracia sin estrategia convincente y la ultraderecha nacionalista como única beneficiaria del desconcierto (1).

El otro polo nacionalista excluyente en auge vocifera desde el lugar del frente, en Italia, en abierto desafío al presidente francés, que tiene un discurso liberal, más o menos acogedor, dialogante o constructivo, pero que mantiene situaciones internas migratorias poco ejemplares. La lección de solidaridad y generosidad del nuevo Gobierno español ha sido una ráfaga de aire fresco, pero no tiene el vigor ni la vocación para cambiar el rumbo de las estancadas políticas europeas.

LA PESADILLA TURCA

Y mientras este oleaje embravecido que azota desde la frontera sur, con escenarios de guerra, inestabilidad, miseria y descomposición institucional crónica, en la orilla oriental del Mare Nostrum se agita con fuerza propagandística y demagógica, pero con peligrosos síntomas de agotamiento, el proyecto nacionalista autoritario de Turquía. Erdogan consuma su proyecto de mega-presidente con plenos poderes, pero al frente de una nación profundamente dividida, que ha perdido confianza en sí misma y vive cada día peor.

Europa hace tiempo que ha perdido cualquier esperanza con Erdogan. Trató de controlar su discurso hace unos años, de poner límites a las consecuencias más indeseables de sus delirios de grandeza, se seducir su vanidad. Pero le faltaron herramientas eficaces de contención. El fallido golpe de Estado, que por aquí se condenó con la boca pequeña, reforzó al Sultán y cerró las puertas del entendimiento, quizás para siempre. Hasta su final.

En las dobles elecciones presidenciales y legislativas del domingo, Erdogan ha vuelto a salir a flote cuando el agua le alcanzaba hasta el cuello (2). La manipulación de las normas electorales para procurarse el blindaje de una mayoría electoral con la que legitimar su proyecto autoritario se volvió contra él, al propiciar una coalición contra-natura de sus adversarios. (3) En vísperas de los comicios circularon sondeos que predecían una segunda vuelta en las presidenciales y la pérdida de la mayoría gubernamental formada por el AKP y los ultranacionalistas. Algunos maliciosos creyeron que se trataba de una argucia para movilizar a la base social erdoganista, desilusionada por el empeoramiento innegable de la situación económica. El aumento asfixiante de los precios y el derrumbe de la divisa nacional habían generado un malestar que algunos pintaron como el embrión de la decadencia de Erdogan.

Al final, el presidente turco, ya investido de plenos poderes en el referéndum que reescribió la Constitución, tenía esa mayoría absoluta que conjuraba una segunda vuelta en las presidenciales y, por lo tanto, una concentración del voto opositor en la figura de Muharrem Ince, el candidato socialdemócrata (4), perteneciente al CHP, el histórico y contradictorio partido de Atartürk, el padre de la nación. Pero su partido, el AKP no alcanzaba la mayoría absoluta en el Parlamento y tendrá que seguir apoyándose en su muleta ultranacionalista del MHP. Esta victoria imperfecta de Erdogan incorpora incertidumbres sobre la culminación del proyecto autoritario construido con más tenacidad que paciencia durante tres lustros (5)

La oposición, dividida y enfrentada durante mucho tiempo, ha encontrado aire y  un guion para construir una resistencia activa, agudizar las debilidades del sistema e incidir en la fragilidad del proyecto ultranacionalista. Ince se perfila como una alternativa con cierta solidez, por sus afinidades piadosas, su actitud dialogante con los kurdos y su visión de democracia social (6).

Entretanto, la demagogia populista de Erdogan se resquebraja, al ponerse en riesgo la prosperidad de las clases populares y medias. Los escandalosos beneficios cosechados por las élites, los negocios de amigos y cómplices, la represión que ha castigado a centenares de miles de funcionarios o el nepotismo que convierte al yerno del presidente y a otros miembros de su familia en exponentes de un modelo dinástico pueden anudarse en la soga que termine cerrándose sobre el cuello de Erdogan. Corrían rumores la semana pasada en círculos políticos y mediáticos turcos de que prominentes figuras del régimen se habían procurado vías seguras de huida si Erdogan no ganaba en primera vuelta y el AKP perdía el control del Parlamento (7).

Sin embargo, los militares, finalmente neutralizados por el nuevo Sultán, han dejado de ser una alternativa fiable, incluso como factor instrumental transitorio. La decadencia del régimen puede ser lenta o rápida, pero es difícil que sea tranquila. Demasiados intereses en juego, demasiadas pasiones fuera de control, una acumulación de injusticias y agravios.

Y, a la poste, esa crisis de régimen, de sistema no puede dejar a Europa inmune y, por tanto, indiferente. Tampoco a Washington, pero el otrora gran aliado está lejos, distante y en su propio delirio nacionalista. Europa, en cambio, ya incapaz de abordar las consecuencias de inestabilidad en África y Oriente Medio, puede verse abocada a la inimaginable pesadilla que pueda provocar una eventual crisis violenta de régimen en Turquía.

 

NOTAS

(1) “Migrant policy conflict may spell the end for Merkel. DER SPIEGEL, 23 de junio.

(2) “Erdogan enters Turkey elections with more power bur less support”. SONER CAGAPTAY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 20 de junio.

(3) “The end of the Erdogan’s era?”, AARON STEIN. FOREIGN AFFAIRS, 21 de junio.

(4) “Muharrem Ince, l’espoir des anti-AKP”. LE MONDE, 19 de junio.

(5) “Erdogan wins reelection. What the campaign revealed of the future of Turkish politics”. HALIL KARAVELI. FOREIGN AFFAIRS, 25 de junio.

(6) “How to read Turkey’s elections results”. KEMAL KIRISCI. BROOKINGS INSTITUTION,            25 de junio.

(7) “Erdogan’s endgame Turkey’s all-powerful President grabs for more”. MAXIMILIAM POPP. DER SPIEGEL, 22 de junio.