EUROPA EMPUJA A ESPAÑA HACIA UNA GRAN COALICIÓN CON FORMATO FLEXIBLE

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La mayoría de los análisis sobre el futuro inmediato de España tienden a resaltar los factores políticos internos, a saber: impacto de la fórmula de gobierno en la resolución de la crisis catalana, pulso por la conquista del relato social, tensiones internas en los dos partidos hegemónicos, cálculos sobre la evolución del bipartidismo vs. multipartidismo… y otros.

Sin embargo, hay muchos motivos para creer que el factor decisivo de resolución del bloqueo político español tras las elecciones del 20 de diciembre vendrá de Europa. Así lo sugieren las reacciones, declaraciones y elocuentes silencios de dirigentes y analistas del continente.

La crisis griega ha marcado profundamente a la Unión Europea. Existe la convicción unánime en el establishment europeo (político, financiero, económico y mediático) de que el actual sistema no puede permitirse un proceso de inestabilidad política en España, por el riesgo de nuevas turbulencias en torno al euro y el efecto de contagio a otros países en próximas citas electorales. Europa hará todo lo que pueda para que España no se convierta en una pesadilla al modo griego.

Europa tiene un reto muy complicado que resolver en los próximos meses: el desafío de Cameron. Aunque se confía en una resolución favorable del dilema británico y en la permanencia del Reino Unido en la UE, las negociaciones atravesarán por momentos muy difíciles y tensos. Nunca se podrá dar por seguro que la ciudadanía británica acepte la solución que se pacte. La alineación de posturas políticas en Gran Bretaña en relación a Europa es muy volátil y difícil de prever. Los dos extremos del espectro, euroescépticos y euroentusiastas, son los únicos estables en sus apreciaciones, pero son minoría. La cuestión se decidirá desde el medio, según se decanten los euroresignados y los europrácticos. Difícil pronóstico.

Otro factor de inquietud en Europa es la persistencia  e incluso el reforzamiento de los partidos populistas o rupturistas en sucesivas convocatorias electorales. El sobresalto francés, con el triunfo del Frente Nacional en la primera vuelta de las regionales, se conjuró con una fórmula como la deseada para España: la convergencia de las dos grandes formaciones de gobierno. Pero la clase política francesa es consciente de que el Frente Nacional conserva intacta su capacidad de alteración del panorama político. Por esa razón, el desistimiento de los socialistas franceses en favor de los republicanos en la segunda vuelta de las regionales abre la vía a entendimientos inter-bloques, como el gran pacto sobre el empleo que ha propuesto el exprimer ministro moderado, Jean-Pierre Raffarin, acogido muy favorablemente por el primer ministro socialista, Manuel Valls.

Nicolás Sarkozy es muy reticente hacia estas aproximaciones en territorios centristas, porque aspira a disputarle al Frente Nacional las canteras de votos más intolerantes. Pero si se muestra intransigente en esta estrategia puede verse abocado a una rebelión de los sectores más moderados de su formación. De hecho, ya ha tenido que cesar a su número dos en el partido, Nathalie Kosciusko-Morizet, que había criticado la derechización del partido. En esa línea contestaría se encuentran el exprimer ministro François Fillon y uno de los pesos pesados de la derecha, el exministro Alain Juppé, entre otros.

Si en Francia se ha tratado de frenar a la derecha radical, populista y xenófoba, en España se quiere evitar la consolidación de una Syriza española (Podemos). Se intentará evitar a toda costa que en la quinta economía del euro la alternativa a la opción conservadora sea una izquierda percibida en el Olimpo europeo como radicalizada y rupturista. Se prefiere prevenir su triunfo antes que obligarla a claudicar como se ha hizo con Tsipras, por el desgaste y el riesgo de inestabilidad que ello supondría.

Los grupos de presión europeos identifican estabilidad y continuidad. Esa visión de la estabilidad significa mayoría parlamentaria sólida que pueda garantizar el cumplimiento de los programas de austeridad (o de reformas como prefieren denominar a este proceso en Bruselas, o en Madrid, para eludir el áurea de antipatía y rechazo social).

Este objetivo solo puede alcanzarse con una Gran Coalición, al modo alemán. El silencio de Merkel es elocuente. Con cierta ironía, la canciller ha dicho que todavía no sabe a quién felicitar. Por experiencia propia sabe que una cosa es ganar unas elecciones y otra es gobernar. Si ella se avino a una coalición con los socialdemócratas después de lograr un triunfo electoral mucho más contundente que el obtenido por el PP el 20-D, no es fácil adivinar el discreto consejo que ha podido hacer llegar estos días a la Moncloa o a Génova.

Una versión española de gran coalición no significa un gobierno PP-PSOE. Por los factores políticos internos antes mencionados y por el efecto de combustión rápida que una fórmula así puede provocar en las dos formaciones. La alternativa que se maneja en varios círculos de reflexión y opinión en Europa pasa por un gobierno apoyado por los dos grandes partidos, sin la presencia de sus líderes o cabezas de cartel electoral y con predominio de figuras independientes, técnicas y académicas, con el respaldo parlamentario desde el centro-derecha al centro-izquierda. Lo cual, incluiría a Ciudadanos.

Desde la izquierda socialista se teme que esta opción esté alentada por el propio Partido Popular, ya que puede reforzar a Podemos como único referente de oposición real y erosionar mucho más las bases sociales del PSOE, en particular en los sectores juveniles azotados por el desempleo. Pero otros sectores socialistas, en particular los que tienen ahora responsabilidades de gobierno o las han tenido en el pasado, creen que un gobierno de gran coalición no strictu senso puede garantizar la estabilidad, mejorar el clima de confianza, vigorizar una recuperación económica demasiado tímida hasta la fecha y arrojar los primeros dividendos sociales realmente visibles en un par de años. En Bruselas, Berlín y otras capitales europeas están encantados con este escenario.