EL PODER DEMOSCÓPICO. ESTRATEGIAS POLÍTICAS Y ESTRATEGIAS DEMOSCÓPICAS

Desde que Alain Minc, en su libro La borrachera democrática, sostuviera que las encuestas preelectorales se habían convertido –junto a los medios de comunicación y los jueces− en uno de los tres principales instrumentos de poder e influencia política, las estrategias de influencia demoscópica han tenido un largo recorrido.

Frente a la tríada de la división de poderes –Ejecutivo, Legislativo y Judicial− lo que Minc y otros analistas veían desde la óptica de las sociedades de fines del siglo XX era a un nuevo tipo de líderes políticos “inquietos ante el juez, angustiados ante los medios de comunicación y obsesionados por los sondeos”. Lo que daba −está dando− lugar a una opinión pública condicionada y manipulada por los poderosos, con el resultado de un deterioro del verdadero debate democrático, del contraste de opiniones y proyectos reales y de la autonomía de los partidos políticos.

En nuestros días, los que se encuentran detrás de tales manipulaciones están dando una nueva vuelta de tuerca a su afán de condicionar el poder: ahora ya no se intenta manipular con encuestas reales, sino con construcciones “teóricas” simuladas. Es decir, con supuestas proyecciones pre-electorales, y no con datos sociológicos contrastables.

Pero, ¿cuál es la influencia real de todo esto en los comportamientos electorales? Los sociólogos clásicos sostenían que las encuestas publicadas solían influir en el ánimo de las personas con menos firmeza en sus criterios y opiniones políticas, que se sentían inclinadas a votar de manera similar a como lo hacían sus conciudadanos, de acuerdo al criterio expresado en el famoso dicho popular “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente” (“efecto Vicente”).

Desde hace años el sector de la población más influenciable, y más inclinado a adaptar sus comportamientos políticos a los de sus vecinos, ha dejado de ser un grupo muy minoritario y poco relevante de cara a las decisiones políticas finales, para convertirse en un amplio bloque de ciudadanos que, por unas u otras razones, es influido de manera importante por la propaganda política, y más en particular por los datos de las encuestas preelectorales publicadas.

Por eso, determinados medios y grupos de comunicación social tienden a emplear las informaciones demoscópicas como un instrumento cada vez más primordial de su propaganda. Lo cual va acompañado de una pérdida de independencia de ciertos medios y grupos de comunicación, que ya no solo se decantan por un partido político concreto, sino que generalmente lo hacen por una opción muy específica dentro de ese partido político. Es decir, se trata de medios y grupos que actúan sin ningún pudor como si fueran “dueños y señores” de partidos políticos concretos, al margen de lo que puedan pensar y sentir sus afiliados, sus votantes y sus simpatizantes, a los que se intenta convencer con gran tesón para que cambien de opinión y se plieguen a sus interpretaciones y querencias.

El problema es que esta secuencia de intentos de influencia está llevándose por delante, entre otras cosas, cualquier resto de credibilidad que aún quedara sobre el valor predictivo de las encuestas pre-electorales. Y lo está haciendo no solo por la vía de despreciar las metodologías propias de las muestras estadísticas y la imparcialidad profesional en el uso de los métodos de encuesta (que si aspiran a ser objetivos deben evitar el uso de preguntas sesgadas que condicionen las respuestas de los entrevistados), sino también el rigor científico que debe garantizar la misma claridad en la presentación y explicación de los métodos y de los resultados obtenidos.

Últimamente son bastantes los medios de comunicación –no solo en España− que ya ni siquiera dan cuenta de los resultados directos obtenidos en sus investigaciones demoscópicas –lo que los especialistas suelen calificar como “datos primarios”−, sino que pasan directamente a presentar sus “simulaciones” proyectivas (pura especulación) como grandes noticias construidas en torno a titulares apriorísticos tan espectaculares como rotundos. Con esta manera de proceder se está cerrando una cadena de fetichismos reificadores, con una cadencia en la que primero se construye el titular y se da forma a la simulación (¿proyección?) de los resultados más apetecibles o convenientes, para a continuación construir a posteriori un aparato de tablas y cifras −algunas totalmente irreales, repito− con las que se intenta aparentar una imagen de investigación sociológica efectiva. Con lo cual se conculca la legislación vigente en esta materia, que exige publicar los datos primarios sin modificaciones y las preguntas literales, amén de otras especificaciones técnicas, que la verdad es que al igual que ocurre con la célebre letra pequeña de los contratos, casi nadie suele leer.

Esta tendencia, tan mentirosa como perversa, se puede constatar en diferentes medios de comunicación, que hace tiempo han decidido que su opción política para España pasa por ningunear a Pedro Sánchez y al PSOE y por convertir a Albert Rivera y a su partido en los ganadores virtuales de las próximas elecciones que se celebren en España. Algo que, por cierto, determinados periódicos ya han intentado en ocasiones anteriores, incluso anticipando supuestos triples o cuádruples empates entre PP, Ciudadanos y PSOE. Y hasta Podemos. Empates y “sorpassos” que nunca se han llegado a verificar en las urnas. ¿Y qué más da? –parecen decirnos después.

Ahora las posiciones y voluntades están más decantadas y son más rotundas y arrogantes. Por lo tanto, digan lo que digan los datos de las encuestas, el objetivo explícito de algunos poderosos es presentar siempre a Ciudadanos como una fuerza ascendente y ganadora, frente a un PP en regresión y agotado en su actual ciclo de gestión de gobierno. Lo que es cierto. Pero esto se hace a la par que se amplifica cualquier fallo, supuesto o real, del PSOE y de Pedro Sánchez, al que se intenta desplazar del escenario político central como partido-alternativa de gobierno. Lo cual se pretende lograr, entre otros procedimientos, por la vía de una sesgada simulación de resultados pre-electorales que, hoy por hoy, tienen el cariz fundamental de “wishful thinking”. Por decirlo de manera más suave.

Aunque la estrategia de la utilización del poder demoscópico como poder político neto no puede ser más tosca y simplificadora, lo que no sabemos es hasta qué punto estos falsos pronósticos, prefabricados al margen de lo que indican los datos empíricos objetivos, pueden llegar a tener algunos efectos prácticos en un futuro cercano, tanto por la vía de influir en la moral de combate de determinados partidos, para los que no es lo mismo concurrir a unos comicios pensando que van a ganar (o pueden ganar), que hacerlo abrumados por datos y pronósticos negativos y por un rosario de supuestos problemas internos recurrentes.

Pero, no solo por esta vía del “pesimismo inducido” y “desmovilizador” se puede erosionar a un partido político, sino también por la vía del fenómeno bien estudiado de la “profecía que se cumple a sí misma”. Algo a lo que los sociólogos nos referimos también como “efecto Thomas”, que sostiene que “basta que una cosa sea creída como real por muchas personas para que produzca los mismos efectos que si fuera real”. Uno de los ejemplos típicos del “efecto Thomas” es el caso de aquellas instituciones bancarias, que aún siendo en principio tan solventes como cualquier otra, basta que se corra el rumor de que están a punto de quebrar, para que muchos depositantes y ahorradores acudan apresuradamente a dicha entidad a retirar su dinero, para que se produzca un efecto contagio; de forma que al final una institución solvente puede acabar en la ruina, autoincumpliéndose una profecía que inicialmente era falsa.

El aumento en nuestros días de la proporción de electores que no tienen adscripciones políticas totalmente fijas y que votan en cada momento por unos u otros partidos, según más les convenzan, junto a la tendencia a retrasar la decisión de a qué partido votar hasta el último momento, incluso hasta el mismo día de la votación, está alimentando las apetencias e intenciones manipuladoras de los constructores de falsas realidades y falsas opciones políticas. De ahí la propensión a utilizar tales estrategias de poder y comunicación.

En el caso de España, las posibilidades de que estas manipulaciones político-electorales acaben teniendo efectos prácticos van a depender de la madurez y el entendimiento consciente del electorado español, de su inteligencia para discernir el humo de la paja (la especulación de los datos científicos), y de su capacidad para no dejarse intoxicar por los manipuladores de la información. Algo para lo que también va a ser crucial el papel de los profesionales honestos y rigurosos de la información y de la investigación demoscópica. Y también, claro está, de las respuestas estratégicas de los partidos afectados por unas estrategias distorsionadoras tan agresivas. Es decir, va a depender de la resolución para responder eficazmente a la manipulación sistemática, con un toma y daca recíproco y contundente. Y, por supuesto, de su capacidad para desarrollar e impulsar instrumentos de comunicación alternativos, entre ellos las propias redes, frente a los intentos de sacarles con malas artes de los escenarios políticos relevantes, y dejarlos reducidos a actores secundarios.

En eso se está y se continuará estando, mientras que aquellos que programan golpes políticos tan duros continúen haciéndolo resguardados detrás de los “burladeros”, con una estrategia de competencia política ventajista, en la que siempre se limitan a “dar”, pero nunca a “recibir”; ni a contrastarse en unos debates políticos libres y simétricos, operando como lo que realmente son, o en lo que se están convirtiendo. Es decir, como unos sujetos políticos más, igual que los otros, que también pueden –y deben− ser sometidos al contraste de los debates y las refutaciones; y, sobre todo, al imperio de la ley común.

El grado de beligerancia y de afán intoxicador practicado por algunos −a veces frente a quienes “teóricamente” están próximos a sus idearios− hace tiempo que ha desbordado la lógica propia de la cultura democrática para entrar de lleno en prácticas típicas de una beligerancia propia de otros tiempos históricos en los que la dialéctica “amigos-enemigos” prevalecía sobre cualquier criterio informativo, político y moral. ¿Serán plenamente conscientes de esto los que así actúan?