Rafael Simancas

ESTRATEGIAS FRENTE AL FANATISMO

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Tras cada atentado terrorista con trascendencia social relevante surge la angustia por entender las causas del problema y por encontrar cuanto antes las soluciones al mismo. Generalmente, tras las primeras reacciones de sorpresa, de dolor y de rabia, aparecen los análisis pretendidamente racionales sobre los “por qué” ha sucedido y los “cómo” evitar que vuelva a suceder. Pero hay un problema: no existen las explicaciones racionales ni las soluciones consecuentemente lógicas.

Las motivaciones de quienes ejecutaron las matanzas de París hace unos días, como las que llevaron a poner las bombas en Atocha hace más de once años, no tienen que ver con razón alguna sino con el fanatismo y la sociopatía. Por tanto, resulta un error estratégico relacionar estos hechos terribles con el drama civil en Siria, con las dificultades de integración para las segundas generaciones de inmigrantes, o con las interpretaciones heterodoxas de la religión musulmana.

Los asesinos de París obtienen en estos y en otros graves problemas la justificación falaz y la excusa inaceptable que podrían encontrar en cualquier otra parte. No hay justificación ni explicación racional alguna para la conducta de quienes ametrallan o hacen explotar a civiles inocentes en plena calle, en una sala de fiestas, o en el tren que les lleva al trabajo.

La guerra civil en Siria debe preocupar y ocupar a la comunidad internacional porque se trata de un problema gravísimo en sí mismo, con miles de muertos y con millones de desplazados en Asia y en Europa. Las bolsas de pobreza y de marginación social en los suburbios de París o de otras grandes ciudades son también un reto en sí mismo para nuestros gobiernos. Como lo es la radicalización en el adoctrinamiento que ejerce una minoría de clérigos, tanto si son musulmanes como si son judíos o cristianos.

Si confundimos el debate sobre las causas y las soluciones de estos terribles atentados fanáticos con sendos debates sobre el papel de Occidente en Oriente Medio, o sobre el futuro de las sociedades multiculturales, o sobre las relaciones entre Islamismo y Cristianismo, no solo estaremos haciendo análisis erróneos sobre la naturaleza auténtica de estos hechos, sino que estaremos contribuyendo involuntariamente a darles una falsa legitimidad racional.

Europa y Naciones Unidas deben actuar urgentemente para acabar con el drama sirio, desde la unidad entre quienes defendemos los derechos humanos, desde el respeto a la legalidad internacional y agotando todas las vías pacíficas. Nuestras sociedades han de resolver el problema de la desigualdad, de la pobreza creciente y de los guetos de marginalidad en grandes núcleos urbanos. Y todos hemos de dejar atrás definitivamente los conflictos de religión que tanta sangre han derramado durante siglos en todo el mundo, mediante la libertad religiosa, la tolerancia hacia los cultos y la separación entre confesiones y Estados.

Pero esto es una cosa, y otra bien distinta es hacer frente a los fanatismos y las sociopatías criminales. Frente a estos deben desplegarse estrategias específicas de prevención, de detección, de control, de persecución y de represión legal.

En España, por desgracia, tenemos alguna experiencia sobre cómo defendernos y como vencer al fanatismo terrorista. Vencimos a ETA aislando a sus militantes como los fanáticos y sociópatas que son, sin admitir justificación o legitimidad política alguna en su conducta. Les vencimos desde la unidad de los demócratas, desde la solidaridad cerrada con las víctimas, desde el respaldo pleno a las fuerzas de seguridad, y desde la eficaz colaboración internacional.

Etarras o yihadistas, son lo mismo. Puro fanatismo a combatir y a vencer.