ESTRATEGIAS DE CORTOS VUELOS

La sentencia del procés nos ha traído una semana de grandes convulsiones en Cataluña y resulta muy necesario analizar las estrategias que, ante esta crisis, están adoptando las diferentes fuerzas políticas.

Empezando por las fuerzas independentistas, la policía tiene indicios de que Tsunami Democràtic, la organización convocante del colapso del aeropuerto del Prat, se gestó en una reunión en Suiza con la participación de Puigdemont, Torra y otros dirigentes de los partidos políticos independentistas. Los CDR, otra parte del movimiento independentista, han sido responsables de numerosos actos que han colapsado las comunicaciones, como también son parte del movimiento los grupos extremadamente violentos que han incendiado Barcelona durante varias noches y han herido a más de 300 policías, uno de ellos de gravedad. La estrategia seguida por el movimiento independentista parece haber consistido en explotar al máximo el estado emocional producido por la sentencia y en presentarse ante el mundo como un pueblo oprimido, víctima del Estado represor español.

Esta estrategia tiene varias lecturas. Por un lado, se pretende una vez más alimentar la espiral acción-reacción con la esperanza de que el Estado cometa errores y tenga una reacción desmesurada. Así, su profecía de que son víctimas de un estado opresor, se autocumpliría. El independentismo sabe que carece de fuerza para imponerse y solo puede crecer alimentando el victimismo, tal como ha venido haciendo en los últimos años.

Otra posible lectura es que se trata de la estrategia kamikaze del cuanto peor mejor, como analizaba Jordi Gracia en El País (20.10.19). Para la parte más irredenta del independentismo, el cálculo consistiría en provocar mediante la agitación un vuelco hacia la derecha en las elecciones del 10 de noviembre. Con un gobierno de España hostil a Cataluña tendrían garantizados unos años más de victimismo y así seguirían acumulando fuerzas.

La última lectura es que el independentismo no puede escapar al bucle en que está metido desde hace dos años y es incapaz de generar estrategias encaminadas a explorar otras vías de solución. La sentencia debería haber supuesto un punto de inflexión y hacerles ver que, saltándose las leyes y desafiando al Estado, el conflicto tiene poca solución. Deberían haber surgido voces más pragmáticas en su seno, pero hasta ahora no ha sido así. Cada vez que algún dirigente intenta dar un paso en ese sentido, surge inmediatamente la temida palabra (botifler, traidor) y da marcha atrás. El independentismo se encuentra atrapado en el tiempo, tal como sucedía en la famosa película que lleva ese título.

Sin embargo, esta vez la estrategia se les ha ido de las manos. Cuando desde el poder se excita constantemente el odio, las masas pueden responder de formas impredecibles. Y eso es lo que ha sucedido, que han surgido en su seno grupos muy violentos que marcan su propia agenda. El estado de sitio en que han tenido a Cataluña durante la semana pasada, y muy en especial a Barcelona, no va a hacer crecer las fuerzas pro independencia, sino más bien todo lo contrario. La burguesía catalana dio un paso hacia el abismo cuando el partido de Artur Más se hizo independentista —más por salvarse a sí mismos que por convicción— pero no está loca del todo y sabe que la kale-borroka y la consiguiente ruina económica que conlleva no son el paraíso al que aspiraban.

Las derechas españolas, por otro lado, han elegido el camino que más beneficia al independentismo y que también bloquea cualquier vía de solución al conflicto. Compiten para ver quién de los tres partidos es más radical en exigir medidas de castigo para los indómitos catalanes. El señor Rivera pide un 155 desde aquí hasta el final de los tiempos, Vox propone declarar el estado de excepción y, el señor Casado, que el Gobierno asuma el mando de los mossos y que el PSOE rompa cualquier acuerdo municipal o provincial con ERC y JxCat. Es decir, proponen alimentar el fuego de la espiral acción reacción y crear nuevos agravios que serían convenientemente explotados por los independentistas para sumar más adeptos a su causa. Conviene recordar que cuando gobernaba el señor Rajoy, su Gobierno arrastró los pies hasta el último momento y aplicó el 155 demasiado tarde. Por cierto, con el apoyo del PSOE, entonces en la oposición.

Las derechas, en cambio, dedican más minutos de sus discursos a atacar al Presidente del Gobierno en funciones, acusándole de blando y de connivencia con los independentistas, que a criticar a estos últimos, lo que revela que su estrategia es claramente electoralista y que, una vez más, solo aspiran a utilizar el tema catalán para arrancar votos. En definitiva, la misma estrategia desleal que aplicó el PP en relación al terrorismo de ETA cada vez que el PSOE estaba en el Gobierno.

Y, finalmente, están los Comunes catalanes, Podemos y Más País, es decir las fuerzas políticas supuestamente situadas a la izquierda del PSOE y que se presentan a sí mismas como adalides de una nueva política. Con distintos matices, estas fuerzas son muy poco críticas con el independentismo, se dicen “partidarias del diálogo” (así, en abstracto), piden la libertad y el indulto de los condenados en la sentencia y reprueban la actuación de las distintas policías. Con respecto al problema de fondo, son favorables a un referendum de autodeterminación en Cataluña, si bien advierten que recomendarían el “no” en caso de realizarse. Es decir, mantienen una equidistancia muy difícil de defender en un asunto como este, en el que deberían dejar claro a los independentistas que cualquier posición es defendible en una democracia, siempre que se haga dentro de las leyes que nos hemos dado entre todos.

Salvo el Gobierno en funciones, que está combinando la firmeza en el mantenimiento del orden público en Cataluña y en la condena de la violencia con la moderación en los instrumentos legales a utilizar en cada momento, el resto de fuerzas políticas están actuando con una gran falta de responsabilidad. Cuando los tsunamis se agoten y los ánimos se serenen, el problema político de Cataluña seguirá ahí y habrá que buscarle alguna vía de solución. Y estas estrategias de cortos vuelos harán mucho más difícil esa búsqueda. Porque es un enorme problema político la fractura de convivencia que el independentismo ha creado entre los propios catalanes; es un problema político la parálisis permanente de sus instituciones; y es un problema político que la mitad de su población rechace pertenecer a España. Y, obviamente, la solución no puede ser crear una inmensa cárcel para meter en ella a dos millones de personas, como parecen desear las derechas.

A pesar de lo dicho, debemos reconocer que la iniciativa del “relato” (eso tan de moda en los últimos meses) la tiene desde hace años el independentismo. Han conseguido crear un mundo imaginario de un pueblo agraviado y reprimido por el Estado español y de un Estado español antidemocrático y vengativo, que ha atraído a sus filas a muchos catalanes, entre ellos a muchísimos jóvenes. Deshacer el efecto de ese veneno ideológico requerirá mucho tiempo y un relato alternativo al menos tan ilusionante como el suyo. En ese relato deberían aparecer las guerras que han creado históricamente los nacionalismos exacerbados y supremacistas, como por ejemplo el alemán y el serbio, la denuncia del egoísmo de la burguesía catalana y de ERC al negarse a compartir su riqueza con las regiones españolas menos desarrolladas, la ventajas de la unidad dentro de un solo estado, respetando a la vez la identidad y el autogobierno de las partes, la tendencia global y las ventajas de ceder soberanía a unidades supranacionales como la Unión Europea, y otras consideraciones similares.

Los partidos que se autocalifican como “constitucionalistas” (PP y Cs) no han intentado siquiera armar ese relato. Han actuado siempre a la defensiva y a remolque de los acontecimientos. Ya va siendo hora de que estos partidos dejen tan solo de esgrimir la ley como único argumento y empiecen a fajarse en este debate político.