¿ESPERPENTO O SIMPLEMENTE FRAUDE DEMOCRÁTICO EN CATALUÑA?

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El Diccionario de la lengua española define esperpento, en su primera acepción, como “persona, cosa o situación grotescas o estrafalarias”. Y fraude, en su segunda acepción, “como acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros”. Ejemplos de ambos tenemos en lo acaecido en la negociación para formar gobierno en Cataluña durante los últimos meses, y especialmente en los días y horas previas al anuncio de acuerdo para elegir presidente de la Generalitat.

Frente al esperpento y el fraude, hay que contraponer la prudencia, la constancia y el acuerdo. Prudencia, en su primera acepción de “templanza, cautela, moderación”, y en su segunda de “sensatez, buen juicio”. Constancia, es decir, “firmeza y perseverancia del ánimo en las resoluciones y en los propósitos”. Acuerdo, ya sea en cuanto a “acción y efecto de acordar”, “resolución que se toma en los tribunales, sociedades, comunidades u otros órganos”, o “reflexión o madurez en la determinación de algo”. Todas ellas, bajo el amparo de la ley. Sí, la ley, porque el respeto a la ley es la base de la convivencia democrática. Y junto a la ley, la lealtad en todas sus formas, ya sea lealtad institucional, ya sea lealtad con todos, y reitero todos, los ciudadanos a los que se tiene el deber de representar.

Ahora en España hay que explicar lo obvio, que consiste en que en una sociedad democrática, nadie ni nada está por encima de la ley. Y eso es lo que da seguridad y libertad a todos los ciudadanos, piensen lo que piensen. Leyes justas porque protegen los derechos de toda la población.

Lo obvio es que Cataluña es España. España es Cataluña. No hay que renegar de España. No hay que renegar de Cataluña. Esta es la premisa de un nuevo comienzo que hay que construir entre todos, bajo el paraguas de la convivencia, el diálogo y el bienestar de los ciudadanos.

Una sociedad que se refleja en sus leyes y las respeta. Una sociedad que sabe que acatar la Constitución, supone progreso, integración, aceptar las reglas del juego político y del orden jurídico. Una sociedad que cambia sus normas cuando es preciso hacerlo desde la legalidad y sin imposiciones, desde la legalidad frente a los intentos de cambio por medios ilegales, que no solo son inamisibles sino que están condenadas al fracaso. Eso sí, provocando por el camino más dolor y fracturas.

Tras meses de subastas por el poder y de negociaciones y votaciones dantescas, como el empate en la asamblea de la CUP entre los que opinaban que sí a un acuerdo y los que no, que han deteriorado todavía más las ya maltrechas instituciones catalanas, el Parlamento de esta Comunidad Autónoma acaba de nombrar un nuevo Presidente, Puigdemont. Una persona, que comienza su andadura presidencial excluyendo a la mayoría de los catalanes, al afirmar que trabajará por y para la independencia de Cataluña, lo cual deja fuera a todos los ciudadanos que no opinan como él. Suyas son frases tan clarificadoras, aunque no novedosas, como que “los compromisos se mantienen inalterables pero soy consciente de que el camino no es fácil. No pondremos temeridad, pero tampoco renuncias”. O “no es época de cobardes, ni para temerosos ni para los flojos de piernas”.

Tras las escenificaciones de rigor que se produjeron en el Parlamento, se puede destacar que Cataluña continuará con unos gobernantes que no se preocuparán ni ocuparán de las necesidades y problemas reales de los ciudadanos. Su único objetivo es la ruptura de España y con España, es decir, seguir fracturando la sociedad con un proyecto ilegal que socava cada día más la convivencia en las calles, especialmente de Cataluña, pero también de toda España.

En estos momentos, hay personas que piensan que intentan aprovechar la situación de inestabilidad surgida tras las elecciones generales, donde no está decidido quién formará gobierno y si se formará o habrá que repetir las elecciones, para continuar por el camino hacia el abismo. Otras, plantean actuar con contundencia para detener esta situación. Mientras, son también muchas las se preguntan, ¿ahora qué?, ¿hasta cuándo hay que aguantar esta situación?

A todos ellos, desde la prudencia, la constancia, el acuerdo, la legalidad y la lealtad, hay que expresarles con palabras y con acciones, cuando llegue el momento, que en la España democrática del siglo XXI nadie va a imponer su identidad a nadie. Y quienes se empeñan en fracturar y dividir van a saber con hechos que la democracia les va a combatir, que nadie está por encima de las leyes democráticas por muy independentista que sea o se crea. Van a entender que frente a la ilegalidad estará la aplicación de la ley. Así que no es cuestión de contundencia, es cuestión de democracia, es cuestión de cumplir la ley simple y llanamente.

Pero al mismo tiempo, también hay que decir que dentro de la ley cabe todo. Y eso, en la España de hoy significa sentarse, dialogar y cambiar la Constitución, por los cauces establecidos, para garantizar el bienestar, la igualdad y la convivencia de los españoles durante las próximas generaciones.

Esas son las tareas. Y como escribió Antonio Machado, “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”.