ESPAÑA, ENTRE LA ÉTICA DE LA INTENCIÓN Y LA ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD

iglesias070916

“La política se lleva con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del espíritu”. Esta afirmación, realizada por Max Weber, cobra más vigencia que nunca en una España, nuestra España, paralizada políticamente. Sin un nuevo Gobierno, desde hace más de ocho meses, por distintas irresponsabilidades que ya están afectando a la vida cotidiana de los españoles.

Si no fuera por la gravedad del momento en el que se encuentra la sociedad española y las consecuencias que está teniendo para los ciudadanos, este novedoso escenario en la vida política recordaría la película “No me chilles, que no te veo”. Pero ni los principales protagonistas políticos del momento son graciosos, ni su sobrada teatralidad les llega para ser calificados como actores y hacer que olvidemos que lo importante y lo urgente es la formación de un gobierno.

Pese a todo, y cuando quedan ocho semanas para que se convoquen nuevamente elecciones si no se elige un presidente del Gobierno, es momento de seguir recordando a los líderes políticos sus responsabilidades con los ciudadanos, más allá de sus deseos de gloria personal. Y en este sentido, sería recomendable que pararan un momento y dedicaran un tiempo a leer y reflexionar sobre la conferencia, La política como vocación, pronunciada por Max Weber, en el invierno de 1919, por invitación de la Asociación Libre de Estudiantes de Munich. A lo mejor así cambiaban en algo. Aunque, visto lo visto hasta este momento, no creo que ni lo lean ni que cambien. Creen erróneamente que es más importante la sobreactuación en la representación.

Centrándonos en la parte de la ética de aquella conferencia, Weber establece que “son tres las cualidades importantes para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Pasión en el sentido de “positividad”, de entrega apasionada a una causa, al dios o al demonio que la gobierna… La pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una “causa” y no hace de la responsabilidad para con esa causa la estrella que orienta la acción. Para eso se necesita (y ésta es la cualidad psicológica decisiva para el político) mesura, capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas… El problema es, precisamente, el cómo puede conseguirse que vayan juntas en las mismas almas la pasión ardiente y la mesura frialdad”.

Porque, como señala Weber, el político tiene que vencer cada día y cada hora a un enemigo muy trivial y demasiado humano, la muy común vanidad. Un pecado que comienza en el momento en que el ansia de poder deja de estar exclusivamente al servicio de la “causa” para convertirse en una pura embriaguez personal. Y añade, que en último término, no hay más que dos pecados mortales en el terreno de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidades.

Llegados a este punto, la pregunta es obligada: ¿están venciendo a la vanidad nuestros líderes políticos? ¿Ha caído alguno o todos en los dos pecados que establece Weber? ¿Les llevan sus ansias de poder a estar cegados ante la realidad? ¿Formarán parte de la solución o continuarán siendo el problema?

Estos interrogantes serán próximamente resueltos. Pero, entre tanto, en aquella conferencia, Weber afirmaba que toda acción éticamente orientada puede ajustarse a dos máximas fundamentales distintas entre sí e irremediablemente opuestas: puede orientarse mediante la “ética de la convicción” o conforme a la “ética de la responsabilidad”. En la primera se actúa creyendo que se está haciendo un bien, pero no se siente responsable de las consecuencias de la acción. En la segunda, se tienen en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción. Y se interpreta la acción en términos de medios y fines.

¿En que están nuestros políticos? ¿En la ética de la convicción o intención o en la ética de la responsabilidad? Si hay o no nuevas elecciones nos dará la solución a estas preguntas.