ESPAÑA, EN FUNCIONES

sotillos200116

La impresión más extendida y compartida sobre la personalidad de don Mariano Rajoy, incluyendo el retrato psicológico acuñado en las tiras de Peridis, es la de una cierta indolencia, una actitud contemplativa ante los problemas, una confianza desmesurada en que la dinámica social y económica se encargará de encontrar soluciones a todas las crisis. La máxima del liberalismo, “dejar hacer, dejar pasar”, tiene en Rajoy su máximo valedor, tal vez al modo de aquel personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo. La culminación de esa actitud se comprueba ahora, en estos días de frenéticos movimientos para ahormar pactos y establecer complicidades con la vista puesta en el logro de unas mayorías que faciliten la investidura de un presidente del gobierno. Rajoy se enroca en un único mensaje: lo que conviene a España es una coalición entre las tres fuerzas políticas que, según él, representan la centralidad y la defensa de un mismo modelo, basado en la actual Constitución y en las líneas marcadas por Bruselas. El actual inquilino de la Moncloa viene haciendo oídos sordos a las machaconas declaraciones de Pedro Sánchez que cortan de raíz cualquier posibilidad de acuerdo entre el PSOE y el Partido Popular y en sus filas, consecuentemente, se asume la idea de que su líder ha perdido la esperanza de salir triunfante de su turno de investidura. Y espera…

¿Pero qué espera Mariano Rajoy? Personas que se precian de conocerlo, aseguran que su filosofía política, la que le ha permitido construir una biografía plagada de responsabilidades ministeriales y partidarias, que culminaron en la conquista de una mayoría absoluta y la presidencia del Ejecutivo, tiene su raíz en un proverbio chino, atribuido a un discípulo de Confucio: “Siéntate pacientemente junto al río y verás pasar el cadáver de tu enemigo flotando”. Posiblemente don Mariano tenga en su mente la versión árabe, más corta y más divulgada en España. También más cómoda porque no exige desplazarse al rio, sino quedarse a la puerta de su casa. El enemigo de Rajoy es Pedro Sánchez, su auténtica contrafigura, empeñado en recorrer todos los caminos y explorar todas las junglas a fin de superar el reto de fabricar una alternativa de cambio bajo su liderazgo. Frente a la mera administración de la herencia, el riesgo del emprendedor insatisfecho que necesita nuevos socios para poner en marcha su proyecto.

En esa necesidad de Sánchez de sumar voluntades o, al menos, complicidades coyunturales para salir airoso de su investidura, se fundamentan todas las esperanzas del presidente en funciones. Toda la capacidad discursiva del Partido Popular y de sus altavoces mediáticos se están concentrando en el mensaje del caos que supondría, no que Pedro Sánchez presidiera un gobierno -puesto que Rajoy estaría encantado de contar con él en su “Gran Coalición”-, sino la dependencia de los socialistas de los compromisos alcanzados con Podemos y las formaciones nacionalistas-independentistas imprescindibles para alcanzar el Gobierno de la Nación. Los “populares” van a buscar inmisericordemente el talón de Aquiles de cualquier gesto que se entienda como una debilidad frente a las aspiraciones secesionistas de Cataluña -las más evidentes- pero también de las latentes en otros territorios, que van a tener voz propia en el Parlamento recién constituido. Y hay que anotar en este capítulo el recelo con el que desde sectores del propio Partido Socialista se ha mirado la cesión de senadores a ERC y DyL (antes Convergencia).

Asumir lo que están pensando en estos momentos los españoles, en su conjunto, es una arrogancia. Tanto como interpretar su mensaje en las urnas el pasado 20 de diciembre, más allá de la evidencia de las cifras. Lo que sí es razonable es recordar que España se sitúa a la cabeza de la desigualdad social, mientras el FMI augura crecimientos por encima de la media europea. Que aumenta el número de españoles que reclaman el mínimo de subsistencia. Y que nadie ha querido prestar atención a la noticia de que Hollande ha declarado a Francia en estado de emergencia económica y social por haber alcanzado un 10,8% de paro.

Minucias, frente a la composición de grupos en el Congreso y en el Senado. Por supuesto.