ES UN BUEN MOMENTO PARA HACER ALGO

Donald Tusk, Presidente del Consejo Europeo ha demostrado una valentía y contundencia que ya hubiéramos querido ver a su flácido antecesor, declarando que “Trump es una amenaza para el mundo”. Sería bueno que fuera algo más que una declaración.

Los primeros días del Gobierno Trump no sólo parecen haber sacado a muchos del letargo, sino que también han dado dimensión a la pequeñez de cada uno y su conjunto. No hay mal que por bien no venga. La mayoría vivimos, para mal o para bien, inmersos en la cotidianidad de nuestras existencias que, en el abrir de ojos de la mañana, nos parecen inmensidades y nunca reparamos en que en comparación con la mera subsistencia de muchos, la nuestra sería para saltar de la cama con alegría desbordante.

La llegada de este personaje es fruto de la voluntad de millones que así lo han querido, pero sobre todo del mal hacer sus tareas de aquellos que tenían posibilidad de construir un mundo diferente y mejor. Ahora es un cometa que se viene encima sin saber con certeza cuáles pueden ser sus efectos: moverá los cimientos, abrasará, o tan sólo será un susto y lo veremos alejarse para volver a la vulgaridad del día a día.

También cabe que nos bajemos del pedestal de la tontería y reparemos en que si el mundo se está construyendo de forma que no nos gusta a la mayoría, incluso si se está desmoronando lo que creíamos haber elevado con mucho esfuerzo, es cosa de todos. Para ello habría que hacer una serie de consideraciones.

En primer término, ser conscientes de que no es exclusiva responsabilidad de la política, el sistema educativo, las redes sociales y una suerte de exculpatorios que se han ido generando en los últimos tiempos para culpabilizar la deriva que las cosas están tomando; siempre es culpa de los otros. Ni es una cuestión temporal, eso de: “antes esto era diferente” o resignación sistémica de las “cosas son como son y no pueden cambiarse”. El pensamiento determinista, que es el que ha terminado imperando en la cultura de la globalización, es tan combatible como cada uno de nosotros queramos, aunque es bastante cómodo acogerse a él.

El problema migratorio, que parece ser la causa de todos los males, especialmente en lo referente al empleo o al terrorismo, ha llegado a convertir el absurdo en mágica solución, poniendo puertas al campo. El concurso de tonterías consentidas se abrió hace tiempo, un político popular canario reclamó el uso de la fuerza de la Armada para evitar la llegada de pateras. En Europa al problema de la inmigración le pusimos alambrada en lugar de hormigón. Europa lleva más de veinte años viendo como los flujos migratorios por el hambre, la guerra o la desesperanza no dejan de llamar a su puerta, no habiendo sido más que un problema distante (salvo para los fronterizos) y posteriormente molesto que genera incertidumbre electoral, tanto para socialdemócratas como para liberal-conservadores. Por ello nadie debe sorprenderse ahora del crecimiento del populismo político entre ciudadanos que ven peligrar su empleo y sus derechos sociales, ciudadanos a los que nadie les dice que no dejan de ser privilegiados en el mundo global.

El reputado economista chileno Andrés Solimano en la presentación en Madrid de su último libro [i]concluía que las respuestas al crecimiento de la desigualdad, que ya no es tendencia sino el camino que todos transitamos, no son fáciles y que políticamente nadie las tiene.

No podemos hacer ahora culpable a Trump de esta tendencia a la desigualdad sin poner delante a una Unión Europea, que solo ha sabido dar respuesta a la crisis económica desde el recetario del liberalismo económico de “menos Estado” y reducción de políticas de cobertura. Tampoco lamentarnos de que los trabajadores no están organizados y la fuerza sindical es irrisoria cuando ha habido un concierto político-empresarial de menoscabar la capacidad sindical, a la que sin lugar a dudas han contribuido los propios sindicatos. Igual de consentimiento colectivo ha tenido el abismo de las diferencias salariales, que ha conducido a una sociedad no sólo desigual, sino en la que conviven en un mismo territorio mundos distintos, entre los que “no tienen” y “los que derrochan”. Entre todos se ha ido socavando el discurso de la cohesión, y ha calado en la sociedad que las políticas sociales redistributivas desincentivan el desarrollo personal fomentando la molicie, lo que ha legitimado a algunos para ir reduciéndolas. Nos ha parecido bien (sobre todo a las grandes constructoras) que se contara que el principal instrumento para la distribución de la renta fueran las nuevas infraestructuras, no la educación, la sanidad o la investigación.

Europa renunció hace tiempo a crecer en ciudadanía para ensanchar en mercado, (+) consumidores (-) ciudadanos. Los últimos procesos de adhesión estuvieron presididos por la voracidad germana y francesa de crecimiento de clientela que compensara sus aportaciones a los fondos europeos.

Si Europa fuera un todo cohesionado, armonizado política, social y económicamente, si hubiera una cultura cívica europea, los problemas seguirían existiendo pero su intensidad seria mucho menor. No podemos decir que ha habido errores. Error es cuando te equivocas en la dirección, cuando aciertas en la dirección -pero tomas otro sentido- hay una cierta intencionalidad.

Se han excluido políticas que parecían evidentes para hacer frente a una sociedad en permanente evolución, pues eran “rojerías” y si se regulaban se acogotaba al libre mercado. Pero la legislación se ha acomodado fácil a los intereses de las grandes corporaciones financieras, industriales y mediáticas. “Liberalizar” era el paradigma, desregularizar para que el crecimiento fluya, el crecimiento de los monopolios que ha reinventado un capitalismo financiero global con activos escritos sobre el hielo, y cuando la globalización, laboral y de derechos, se queda en la puerta de la casa, esperando que trabajo y bienestar un día llamen al timbre espontáneamente.

Trump es un impresentable peligroso, fruto de un error colectivo. Pero ahora hagamos algo para que los lamentos no terminen en lágrimas. Enfrentemos la situación buscando alternativas y rechazando los golpes de pecho de los que quieren crear ilusiones de solución con ripios consonantes.

[i] Global Capitalism in Disarray – Inequality, Debt and Austerity