¿ES POSIBLE LA INTEGRACIÓN DESDE LA DESOCIALIZACIÓN?

Desde el mismo momento de su nacimiento, la fuerza vital hace que los animales situados en los niveles inferiores se desenvuelvan autónomamente. En su conducta y en su desarrollo no se detecta la existencia de enseñanzas por parte de las generaciones anteriores, puesto que las formas de comportamiento de las crías y los “jóvenes” son, con pocas diferencias, idénticas a las de sus “antecesores”, lo que evidencia que los animales no tienen historia, aunque sí son seres sociales que juegan, amenazan, se comunican y se organizan. Sin embargo, cuando avanzamos en la escala evolutiva, y llegamos al animal humano, este patrón biológico ya no responde, de tal suerte que cuando nace es un ser indefenso, necesita, durante años, los cuidados de sus mayores. De hecho, un recién nacido no sobreviviría sin la custodia y atenciones de adultos que deben velar por él durante los períodos evolutivos que le llevan a alcanzar la autonomía.

El ser humano comparte con los animales no humanos vivir en sociedad, esto es, comparte el factor social, pero, lo que realmente le identifica frente al resto de los seres vivos, es el factor cultural. De donde podemos deducir que, con la cultura, el hombre se construye una segunda naturaleza. Pero no debemos interpretar la relación naturaleza-cultura como incompatibles, sino como complementarias, ambas se interrelacionan. La cultura tiene que servir para mejorar la naturaleza del hombre y si la cultura destruyera la naturaleza no podría aprovechar las cualidades humanas innatas de las que se sirve.

Abundando más en la importancia de la cultura recordaremos a los niños no culturalizados, los llamados “niños ferinos” o “niños salvajes”. Tal fue el caso de Víctor de Aveyron, que apareció en el bosque al sur de Francia, en enero de 1800. Estaba desnudo, aparentaba 12 años, buscaba comida por las granjas, comía raíces, corría a cuatro pies, trepaba por los árboles, era insensible al calor y al frío, se rasgaba la ropa que le ponían, no hablaba, aullaba, mordía a quienes se le acercaban, etc. Jean-Marc Garpard Itard, médico de 26 años, se hizo cargo del niño y logró que aprendiera algunas habilidades higiénicas y un relativo desarrollo a nivel afectivo, pero nunca logró que se valiera por sí mismo, ni que llegara a comunicarse con el lenguaje simbólico que nos es propio.

Otro caso, de circunstancias distintas a las de Víctor, pero que nos permiten seguir evaluando la importancia de la socialización en nuestro desarrollo potencial fisiológico y mental, es el llamado huérfano de Europa (Kaspar Hauser). En 1824, apareció en el pueblo alemán de Ansbach. Su origen y muerte son un misterio. No había crecido en libertad como Víctor, había vivido en cautividad, en una cueva oscura. Aparentaba 16 ó 17 años. Aprendió a hablar, a leer, a escribir y a caminar. Explicó que por la noche le llevaban alimento: pan y agua, pero nunca había visto a nadie ni había mantenido comunicación alguna. Murió de forma misteriosa en 1833. Mencionar también los casos de las niñas lobo de la India: Amala y Kamala (aparecidas en 1920, al oeste de Calcuta), que sobrevivieron gracias a haber sido adoptadas por una loba, la cual ejercía de madre o el de Genie (nacida en 1957 y descubierta a la edad de 13 años en total aislamiento).

Inmersos en un mundo tecnológicamente avanzado, con noticias del tipo: “Impresión de tumores en 3D para precisar las dosis de radioterapia”, “Fusionar mente y máquina: ¿de verdad estamos cerca?”, o ¿cómo curar 10.000 enfermedades” me llamó poderosamente la atención una de hace varios meses que llevaba el título “El niño lobo pasa frío en el mundo de los hombres”. En ésta se detallaban las circunstancias actuales de Marcos Rodríguez Pantoja, el único niño salvaje español conocido, un hombre de 71 años criado solo entre lobos doce años de su vida, cuando con 3 años fue abandonado por su padre y cuidado, posteriormente, por un anciano que desapareció cuatro años después (de su historia el director Gerardo Olivares hizo la excelente película titulada Entre lobos). En 1965 con 19 años fue descubierto por la guardia civil en Sierra Leona y cuando fue capturado se defendió violentamente. No andaba erguido, ni se comunicaba por medio del lenguaje humano, emitía los sonidos propios del entorno donde había tenido lugar su vida y, curiosamente, lloraba expresando con ello sentimientos de tristeza y miedo (está constatado que también lo hacen algunos animales). Era un joven que estaba desocializado y que al entrar en el mundo de los humanos, según sus propias palabras, sufrió todo tipo de engaños y nunca acabó de integrarse entre sus congéneres, siendo con los cachorros humanos con los que más empatía siempre ha tenido. Tampoco los lobos, según dice, le aceptan desde que les abandonó, dejó de ser uno más entre ellos hace tiempo, aunque en ocasiones visite la cueva que le dio cobijo en su infancia y a la que le unen tantas y tantas remembranzas. Una etapa de su vida que recuerda como la más feliz, pues fue amparado por la manada como un hermano más, una loba le daba de comer y fue para él como una madre. Vivió durante años en la naturaleza con su familia adoptiva y sus compañeros y amigos fueron el resto de los animales del monte, de los que aprendió a sobrevivir. De sus declaraciones se infiere que hoy por hoy está desarraigado, que añora su pasado entre animales, y hace una dura crítica de las sociedades humanas: “el hombre ha echado todo por tierra”, y estima que “la sociedad es como una droga, por una cosa u otra te va atrapando”. Permítanme la licencia de plantearles si no será el proceso de socialización el que a la par que nos eleva, nos aprisiona, puesto que la acción humana es sociable por hallarse inscrita en una estructura de acción prestada por unas normas o reglas colectivas, en las que debe inspirarse y a las que hay que adecuarse, si se quiere estar integrado.

En consecuencia, el aprendizaje socio-cultural se realiza a través de la red de relaciones sociales en las que desde el nacimiento participamos de modo activo. Esto permite concretar que la socialización precisa agentes por medio de los cuales el ser humano aprende e interioriza, en el transcurso de su vida, la herencia socio-cultural que rige en el ámbito que le recibe, al extremo que la interioriza e integra en la estructura de su personalidad,  inhibiendo o desarrollando gran parte de su componente biológico y adaptándolo a la sociedad que le recibe. Así, la socialización encierra tres dimensiones: la adquisición de una herencia cultural, la conformación de la personalidad de los individuos y la integración de la persona a su contexto social.

Marcos Rodríguez Pantoja no la recibió, ni pudo desarrollar estas tres dimensiones propias de los seres humanos y su vida ha estado marcada por la incomprensión y el desarraigo, aunque, según manifiesta, también ha encontrado  la solidaridad y apoyo de los nobles de corazón que por justicia le han ayudado en su ya larga vida. Sin duda, en los tiempos que corren, un haz para la esperanza…