ENGAÑANDO CON LOS IMPUESTOS

ENGAÑANDO CON LOS IMPUESTOS

La Economía no es una modalidad social de la Física de Materiales, aunque algunos economistas parezcan creérselo. No podemos moldear los comportamientos humanos, ni creer –y mucho menos hacer creer, y disculpen la reiteración verbal– que las capacidades económicas pueden alterar las “leyes” de los grandes números. Uno piensa en esto cuando escucha a economistas y políticos hablar de que es posible bajar los impuestos en general y, a la vez, mantener una estructura inflexible de gastos, incluso aumentándolos. Es como pretender dilatar materiales físicos a fuerza de energía, de manera que pudiéramos adoptar la forma que quisiéramos. La reducción de los impuestos tiene, como corolario final, la pérdida general de ingresos en los presupuestos públicos. Esto está demostrado empíricamente en estudios en economías diferentes; y resulta harto difícil corroborar la tesis opuesta, a pesar de que ésta se ha transformado en un dogma de fe para la economía más ortodoxa. Multiplicar panes y peces no es, precisamente, la capacitación del economista, si bien muchas veces se le exige que ejecute tal acción divina. Si se aplican políticas tendentes a reducir los ingresos, se deberán establecer mecanismos de contracción de gastos.

Lo que se está planteando en algunas comunidades autónomas con las bajadas impositivas, utilizadas como arma electoral y como sinónimo paradójicamente de buena gestión, producirá problemas severos en los ingresos públicos, que se verán reducidos. Esta es una opción lícita en política económica, y quien la adopte y defienda está en su completo derecho. Pero, a renglón seguido, no puede afirmar que mantendrá los gastos o que, incluso, los puede expandir. En este punto, asignaciones cruciales, como las adscritas a sanidad, educación, servicios sociales e, incluso inversión, se verán seriamente dañadas: los recortes serán, entonces, ineludibles. Los economistas que preconizan este mantra o bien no tienen experiencia alguna en gestión presupuestaria (y económica en general), o están instalados en principios teóricos e ideológicos que impiden la porosidad de la realidad social económica. Estamos hablando, entonces, de principios de fe, de dogma: la creencia que panes y peces son multiplicables desde la reducción, como si en efecto estuviéramos, además, ante ejes básicos de la Física de Materiales: extender, moldear, reproducir, una creatividad que más que “destructora” –como diría Joseph Schumpeter– es más bien falsaria.

Se pueden bajar impuestos, se pueden incluso eliminar completamente: es una opción que ciertos políticos y sus economistas de cabecera tienen. Sin embargo, deberían comunicar, al mismo tiempo, que esta aparente alegría va a comportar penas inherentes. Los gastos sociales se segarán, y ello inferirá padecimientos y dolor a amplísimas capas de la población, esencialmente aquella que tiene rentas más vulnerables o que dispone de ingresos más limitados. Hacer esto, es decir, tomar la decisión de reducir impuestos y advertir de sus consecuencias, es honesto. Indicar que contrayendo la presión fiscal se obtendrán iguales o mayores ingresos, es lisa y llanamente engañar a la población.