EN DEMOCRACIA LA CALLE ES DE TODOS

frutos030616

El jultagi es un espectáculo milenario coreano consistente en andar por una cuerda floja a una prudencial distancia del suelo. La atracción se desarrolla en las calles, dura toda una tarde y es acompañado por músicos y payasos. El funámbulo rebota sobre la cuerda, da volteretas y saltos mortales hace bromas y canta canciones. Es una actividad callejera festiva.

Alguien puede pensar que los sucesos que se están produciendo en el barrio barcelonés de Grácia son la versión patria del jultagi, eso sería un problema. Lo sucedido más se asemeja a un síntoma o la patología completa de la enfermedad social que nos está afectando. Es una nueva manifestación del eterno debate democrático entre libertad y seguridad y orden público. El debate es legítimo, pero en este caso estamos ante actos de violencia callejera, se mire como se mire.

Es incontestable, que la represión publica, y el uso por la policía de la fuerza, solo se legitima desde la legalidad y la proporcionalidad. El ejercicio de la violencia por la ciudadanía, individual o colectivamente, no se legitima en democracia por nada; los derechos se defienden en las urnas y en los tribunales. No entender esto es grave.

Hace cuarenta años un Ministro de Gobernación (Interior) Manuel Fraga dijo aquello de “la calle es mía” y en la crónica negra de nuestra historia están los cinco jóvenes muertos a balazos de la policía en Vitoria. Tres meses después, el franquismo agotó su vida y se nombró un nuevo gobierno, que condujo a las primeras elecciones democráticas un año después. Ese fue el camino para sacar la violencia de la vía pública. Ahora la calle es de todos y estamos dotados de un sistema jurídico constitucional que marca las reglas de la convivencia, de la toma de decisiones colectivas y de la protesta. Los cuerpos y fuerzas de seguridad son parte del Estado democrático y se deben regir, en todo caso, conforme al imperio de la ley. Es parte del modelo de convivencia. Ni un paso atrás en esto ni para tomar impulso.

La responsabilidad de que este marco no se rompa está en primer lugar en los Poderes Públicos, (municipales, autonómicos y estatales) pero también, en los medios de comunicación y en la propia ciudadanía. No se puede ser equívocos en el entendimiento de estos principios, pues de serlo no estaremos caminando hacia nada nuevo sino hacia algo muy viejo y peligroso.

El pasado 21 de mayo en protestas parecidas en la ciudad de Valparaíso (Chile) se produjo la muerte, provocada por un coctel Molotov, de un guardia que custodiaba una dependencia municipal. Tras ello vinieron los lamentos y pesadumbres, pero eso en nada repara la tragedia. Son cosas que tienen la vida y el azar, pero si votamos y sostenemos con nuestros impuestos las instituciones es para que eviten la violencia y repriman la violencia no para que acudan a funerales.

España ya ha vivido bastante violencia sin sentido en los años de democracia. Tantas víctimas, que las instituciones deberían tener interiorizado que ellas son las garantes de hacer valer la ley en las situaciones de conflicto. La ley es interpretable y ha de ser aplicada con proporcionalidad pero nada excusa su cumplimiento. La Alcaldesa de Barcelona ha evidenciado inexperiencia y falta de criterio en la gestión de sucesos poniendo los bueyes delante del carro. Primero es la seguridad y la tranquilidad de los vecinos, protegiendo su integridad y sus bienes y los derechos ciudadanos; luego se podrán buscar las fórmulas de consenso que equilibren los diferentes intereses que sobre la cuestión existan.

Una simple reflexión. Si damos por buena la ocupación de lugares públicos o privados; el insulto a las autoridades, aunque estos sean policías, faltándoles al respeto como hemos visto en las imágenes de TV, incluso golpeándoles; destrozar comercios y el mobiliario urbano que pagamos con los impuestos de todos, cuál es el siguiente paso.

No acierto a ver el nexo cívico que acompasa un nuevo tiempo político con el cambio social que se ha producido. El progresismo, la cultura cívica de la denominada izquierda o la profundización en la democracia han sido, es y será otra cosa. Los comportamientos violentos se envuelvan en el discurso en el que se envuelvan son manifestaciones de totalitarismo.