EMPIEZA LA CAMPAÑA

Ya ha empezado la campaña electoral para las elecciones del día 21 de diciembre en Cataluña y es difícil predecir lo que pueda suceder en ellas. Los pronósticos vaticinan un escaso trasvase de votos entre los dos bloques en pugna: el independentista por un lado, y el constitucionalista por otro. Y sin embargo, sin un significativo trasvase, poco podrá arreglarse del enorme entuerto provocado por el Govern saliente en los últimos meses. En mi opinión, eso nos emplaza a los progresistas a tratar de que la campaña se oriente en parte a argumentar la necesidad de dicho trasvase.

Es necesario que muchos catalanes de buena fe reflexionen sobre la importancia de las opciones que se deciden el día 21. Parafraseando a Irene Lozano (EL PAÍS 3.12.17) los sueños, aunque sean irrealizables, suelen tener más atractivo que los temores, por lo que no será suficiente con que los partidos constitucionalistas insistan en los numerosos males que se abatirán sobre Cataluña si vuelve a triunfar el independentismo. Aunque la razón y los hechos indiquen que efectivamente los perjuicios seguirían (fuga de empresas, caída del PIB, desempleo, pérdida de prestigio internacional, enfrentamiento civil, etc.), la fuerza de la utopía siempre será mayor que la del miedo. Es necesario entonces armar un discurso en positivo y proponer una utopía (esta vez realizable) a dichos votantes, muchos de ellos desencantados con los resultados reales conseguidos por el procés.

Una parte del discurso debería poner en valor los logros conseguidos por la democracia española desde la Transición y desmontar ese enemigo artificial construido por el independentismo que es el “Estado” (ni siquiera se refieren al “Estado Español”, ya que cuanto más impersonal el enemigo, mejor). Ese Estado ha conseguido, por ejemplo, que nuestra esperanza de vida haya subido de 74 a 82 años, la renta per cápita haya pasado de 19.000 a 22.000 euros, y la mortalidad infantil entre 0 y 5 años haya bajado del 2% al 0,4%. O que las mujeres sean hoy el 39% del Parlamento español, frente al 6% que eran en 1977.

El franquismo ha desaparecido de las instituciones. Tan solo el empecinamiento del Partido Popular ha impedido que también lo haya hecho de los nombres de nuestras calles y monumentos. También es responsable este partido de que se siga perpetrando la ignominia de no honrar la memoria de las víctimas del franquismo que permanecen enterradas en las cunetas de nuestras carreteras. Ese partido tiene una asignatura pendiente con la memoria histórica y algún día deberá disculparse por ello. Pero eso no implica que dicho partido sea franquista, ni mucho menos que lo sea la democracia española. Nuestra democracia actual, con sus deficiencias –por otra parte también presentes en las demás– es homologable a cualquiera de las europeas, y en algunos aspectos, como por ejemplo en descentralización, incluso más avanzada.

Otra parte, el discurso debería orientarse a poner en primer plano los problemas de los catalanes. ¿Cuánto hace que su gobierno no les habla de las listas de espera sanitarias, o del desempleo, o de la educación, o de las pensiones? ¿O de acabar con la corrupción del 3%, muchos de cuyos responsables estaban emboscados en las listas de Junts pel si? El procés y la estelada han servido para tapar los problemas reales, que son de los que un gobierno responsable debería ocuparse en primer lugar. Los partidos constitucionalistas han de proponer soluciones concretas a estos problemas. Han de comprometer dinero público para mejorar estos aspectos. Eso sí sería un discurso ilusionante y no las promesas de una utopía futura donde todo funcionaría a la perfección por arte de magia.

La utopía realista pasa también porque los catalanes progresistas ayuden al resto de los españoles progresistas a combatir las deficiencias de nuestra democracia. Por ejemplo, a mejorar nuestro sistema de I+D y a basar nuestra economía cada vez más en el conocimiento. Hay evidencias de que en Cataluña se han hecho las cosas mejor en este aspecto que en otros territorios. O que colaboren para que España tenga más relevancia en Europa y en el mundo. Nuestro peso político es inferior al que nos correspondería por economía y población, y eso se debe en parte a la incompetencia y desidia del partido que nos gobierna hace cinco años. O que colaboren a reformar nuestra Constitución para mejorar el sistema electoral, el encaje territorial y la distribución de competencias entre la Administración central y las autonómicas. Para mejorar estas últimas y hacer que colaboren unas con otras, en lugar de pelearse por los recursos del Estado como hacen ahora.

España tiene mucho potencial, y Cataluña dentro de ella también. Perpetuar el enfrentamiento nos debilita a todos y retrasa la consecución de la utopía ilusionante de que podamos convertirmos en una  potencia europea avanzada en lo económico, activa en la creación de conocimiento, justa y redistributiva en lo social, y transparente y libre de corrupción en lo político. Necesitamos a los progresistas catalanes para llegar a ella.