EMOCIONES COLECTIVAS EN EL PANORAMA POLÍTICO ESPAÑOL

Parece ser que la sociedad está imbuida de un clima de crispación social debido a los diversos y controvertidos acontecimientos del panorama político y electoral español.

Las personas que van a ejercer su derecho al voto expresan sentimientos de indignación, decepción, ira, enfado, aunque también pasen de soslayo debido a la vertiente catastrofista que parece capitanear el ambiente, manifiestan emociones como la esperanza, la empatía, la simpatía y la ilusión.

Unas y otras son, en definitiva, emociones, experiencias que impregnan, en palabras de Norman Denzin, el flujo de conciencia, percibidas desde el interior y que sumen a los ciudadanos en escenarios transmutados. Desempeñan, además, un papel clave en la política, estando presentes en todo tipo de procesos derivados de ella, como las campañas electorales, las constituciones de liderazgo, el voto, las transformaciones sociales, los contenidos propagandísticos, los mítines, debates, etc.

No nos dejaron indiferentes las imágenes del fotógrafo Iván Alvarado, que reflejaban las expresiones faciales de la sociedad catalana que observaba la declaración de independencia de Puigdemont en Octubre de 2017 y las expresiones faciales segundos más tarde, cuando se comunicó la suspensión de la misma: “El Gobierno y yo mismo proponemos que el Parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos un diálogo sin el que no es posible llegar a una solución acordada”.

Este acontecimiento tuvo un efecto flash en la economía: una caída del 0,71% en el IBEX y posterior subida inmediata, pero también afectó al clima social, a las emociones colectivas. ¿Qué efectos, Ibex o emociones, son más transcendentales?

La emoción en sí que, en su aspecto más básico, es definida por la RAE como “la alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática”, tiene como principal función, entre otras, garantizar en ocasiones la seguridad del ser humano y gestionar las reacciones de forma adecuada. El estado emocional colectivo, el clima social, afecta a la economía, a la política, al lapso de los acontecimientos históricos; son en parte, el fundamento de los hechos sociales de un país.

Cobra, por tanto, una importancia crucial preguntarnos por aquellas emociones que en los últimos meses afectan a la colectividad del país. No desde una visión retrospectiva, sino circunscribiendo el análisis al momento actual de tensión debido a la convocatoria concatenada de elecciones que derivan en las próximas del 10N y a la entrada en escena de nuevos partidos en el panorama político español. Observando las expresiones, declaraciones, acontecimientos y manifestaciones de los actores sociales implicados, cualquier observador externo interesado por la sociedad española entendería que hay un clima de crispación, que la ciudadanía está frustrada, cabreada, hastiada, harta, desilusionada.

Hagamos una breve reflexión: la frustración es una emoción universal que en ocasiones desencadena la ira, el enfado, incluso respuestas negativas, como las que escuchamos en los últimos días en contra de la nueva convocatoria de elecciones. Se debe a la dificultad de satisfacer una necesidad o una aspiración, el desvanecimiento de la esperanza encomendada en el cambio, que deriva en un sentimiento que podría ser de tristeza, decepción y desilusión. Cabe destacar, no obstante, que estas emociones no solo se manifiestan en todas aquellas personas que deseaban ver consolidado un gobierno, sino también en quienes observan cómo el partido al que han votado pierde popularidad, en los adeptos e incondicionales que observan el descrédito de un líder o en aquellos que muestran desconcierto ante la crispación manifiesta en los medios y una diversidad de situaciones paradójicas.

No obstante, también cabe recordar que el enfado y la ira han sido desde épocas remotas, utilizadas de forma recurrente por los líderes como forma de control de la población. Y no solo los líderes opresores de los totalitarismos (el miedo maquiavélico), sino también en la democracia, en la cual los partidos en la oposición, en ocasiones, han recurrido al miedo como forma de manipulación de los votantes (persuadir a las masas provocando el miedo y la ira).

Pero en lado inverso, la frustración, basada en el descontento y el miedo también puede derivar en acción. Pongamos como ejemplo las movilizaciones protagonizadas por personas frustradas, indignadas y temerosas, las movilizaciones multitudinarias del 8M, las de los pensionistas, aquellas movilizaciones del 15 M; las respuestas al intento de golpe de Estado del 23-F que empujó a más de 1.200.000 personas a las calles de Madrid, las manifestaciones pacíficas en protesta por el asesinato de Miguel Angel Blanco. ¿Necesitamos más ejemplos para demostrar cómo el miedo, la impotencia, la ira o la frustración llevan en ocasiones a la movilización y la acción en contra del inmovilismo?

Me parece sospechoso, sinceramente, el mensaje recurrente de que el enfado colectivo y la crispación social conduzca a un movimiento abstencionista generalizado.

La historia nos demuestra hechos contrarios, la vida cotidiana también. El razonamiento lógico y la experiencia nos obligan a pensar que el hastío o el hartazgo conducen a la acción y al ejercicio de la opinión. Y, por supuesto también al voto (sería lo razonable).