ELOGIO DE LA DUDA

La esencia de la democracia es considerar que el voto de cualquier persona vale lo mismo que el de cualquier otra. Han hecho falta siglos de luchas en las calles y un largo proceso de debates ideológicos para dejar sentado ese principio de igualdad. Por el camino han ido quedando las democracias adjetivadas, el voto censitario, la discriminación de la mujer y las fronteras de la edad. Siguen en pie reivindicaciones para hacer efectivo el voto de los residentes en el extranjero o de los inmigrantes, así como rebajar la edad del límite de los dieciocho años. Pero, en conjunto, cabe admitir que en las democracias occidentales, desde luego en nuestra Europa y en España, el derecho al voto es algo que nos iguala y nos hace sentir partícipes de las grandes decisiones colectivas.

La Constitución española establece que “los ciudadanos tienen el derecho a participar en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes, libremente elegidos en elecciones periódicas por sufragio universal”. Previamente, el texto constitucional señala que “los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política”. No parece inútil recordar estos renglones básicos de nuestra Carta Magna a la hora de dar respuesta a un todavía incipiente movimiento que apuesta porque se refuerce la consulta directa a los ciudadanos, en demérito de la capacidad de decisión delegada que supone la democracia representativa. Esta dialéctica se advierte ya también en el seno de los propios partidos políticos, algunos de los cuales parecen optar por el uso más frecuente de modelos asamblearios o, al menos, a acudir al refrendo de las bases en determinadas circunstancias. La elección de dirigentes por el sistema de primarias potencia esa relación directa de los líderes con sus votantes, subordinando así el peso de los órganos intermedios.

Las ventajas e inconvenientes de las dos opciones, que todavía conviven, están siendo analizadas en los círculos de pensamiento político, no siempre con el imprescindible distanciamiento de la coyuntura. Tal vez con la mirada puesta en las consecuencias inmediatas de un proceso en marcha, con nombres y apellidos. Vale la pena recordar el recelo con el que la izquierda española contempló en su momento el sufragio femenino, dando por sentado que el voto de la mujer ampliaría las expectativas de los sectores más conservadores. Un error de perspectiva que la realidad se encargó de desmentir y que hoy nos parece, además, un sensible y profundo déficit democrático.

Convengamos en que existe una cierta desconfianza sobre la posibilidad de que los grandes colectivos sociales sean capaces de discernir correctamente sobre cuestiones afectadas por una dosis de complejidad. Acabamos de tener el ejemplo del Acuerdo comercial entre Europa y Canadá. No parece gratuito observar que el grueso del argumentario de los que lo defienden y quienes lo atacan se haya apoyado en un aspecto visible y –si se quiere- emocional de las votaciones en el Parlamento Europeo: la coincidencia de populares y socialistas o la de Podemos con Le Pen. Dudo mucho que se haya realizado el necesario esfuerzo pedagógico para explicar al ciudadano medio las consecuencias de ese Tratado para la economía y para los derechos laborales no siempre coincidentes.

La disputa entre quienes optan por potenciar la manifestación directa del pueblo o mantener el protagonismo de sus representantes electos no debiera convertirse en un debate esencialista, ya que la soberanía popular es indiscutible, sino en cómo arbitrar los medios para ir conformando una opinión pública suficientemente informada, con acceso a suficientes canales de comunicación plurales, para formar criterio. Normas claras de participación y tiempo suficiente para tomar conciencia del sentido del voto. Y luego considerar con absoluta normalidad que la decisión de abstenerse, si impera la duda sobre la certeza, no sólo es una alternativa legítima sino sabia. Por supuesto, esta reflexión no sirve para los participantes en tertulias. Permitidme la broma.