EL “YA LO DECÍA YO” EN LA LUCHA CONTRA EL TERRORISMO

Cada día tiene su afán y hay momentos para la reflexión y momentos para la acción. Cuando se confunden estos sencillos principios, las cosas suelen salir mal.

Digo esto al hilo de las distintas reacciones que se producen cuando se comete un atentado terrorista, momentos en los que se oye desde el políticamente correcto llamamiento a la unidad contra el terrorismo hasta la reclamación inmediata de responsabilidades al gobierno de turno, o indistintamente, a la policía, por no haber evitado la tragedia, pasando por la petición de mano dura contra los asesinos o la culpabilización de todo aquel que tenga características similares a las del autor, o autores, de la salvajada, fueran antes vascos, hoy musulmanes, o mañana rubios o gordos.

Posiblemente, si se respetara ese principio de Mateo, casi todo el mundo tendría razón, pero en diferente momento. Yo recuerdo que las primeras recetas que escuché contra el terrorismo de ETA pasaban por reclamar mano dura contra el terrorismo. Y yo pensaba que era una buena solución, mucho mejor que premiarles por su acción, pero, a continuación, pensaba que, para eso, había que cogerles antes porque, si no, ni mano dura, ni nada. Y, para eso, para cogerles, lo mejor es la acción policial, la investigación minuciosa de unos profesionales que manejan el recurso más preciado para ello, la información previa, lo que siempre ha constituido la base de la ciencia y la tecnología.

He escuchado, con ocasión de la reclamación de bolardos en las Ramblas que hubieran podido evitar esa, esa, tragedia, decir a un experto policial que el terrorismo no se combate con bolardos sino con información. Y tiene mucho sentido esa reflexión, porque solo con información se puede saber quién ha sido, deducirlo de entre quién habría podido ser, de quién tenía posibilidades de serlo e, incluso si me apuran, de quién tenía pinta de poder serlo. Todo eso es la información y la suelen emplear los llamados servicios de inteligencia.

E, inteligencia es lo que hace falta para que, una vez detenido el, o los terroristas, pueda serles de aplicación un castigo que consista no solo en mano dura sino disuasoria para los futuros presuntos terroristas.

A mi me da que el actual sistema de premios y castigos que está vigente en la sociedad occidental no es eficaz cuando se trata de aplicar a terroristas que practican la yihad islámica. Incluyendo en esa inutilidad, sobre todo, la pena de muerte vigente, por ejemplo, en el primer país de occidente. Cuando el terrorista está dispuesto a dejarse la vida en su acción, porque, además va a pasar a una más placentera situación, ya me dirán ustedes lo que les va a impresionar una pena de muerte. Ni al terrorista ya muerto en acto de servicio, obviamente, ni a los futuros seguidores de tal vil acción que, posiblemente, estén deseosos de seguir el mismo camino al paraíso.

Por consiguiente, si se quiere disuadir a futuros terroristas de la comisión de atentados habrá que pensar qué tipo de castigo puede ser, efectivamente, disuasorio y no es este el sitio para proponer alguno, pero sí para reclamar que los expertos piensen en ello y propongan algo. Yo solo me atrevo a sugerir que, a lo mejor, no es el hecho de que Podemos firme, o no, el Pacto Antiterrorista lo que pueda disuadir al próximo yihadista low cost que le dé por degollar a un infiel en plena calle.

Pero esa firma es mejor, mucho mejor, si se produce que si no se produce. Porque los políticos, además de procurar que los medios policiales sean lo más eficaces posibles, dotándoles de recursos suficientes, deben, en el primer momento de cada atentado, dar una muestra de eso que predican, la unidad contra el terrorismo. No se me ocurre qué otra cosa mejor pueden hacer en ese primer momento que no trasladar a la sociedad más problemas de los que el trauma sufrido les puede proporcionar.

Y después, sí. Pasados esos momentos, y con la tranquilidad que requiere el rigor del análisis, buscar las responsabilidades, en su caso, de no haber puesto bolardos o de haber sido negligentes en el ejercicio de velar por la seguridad de los ciudadanos, quizás la labor más antigua del Estado.

No me olvido de la necesidad de celebrar manifestaciones contra el terrorismo, no para convencer a los terroristas de que no somos partidarios de ello, sino para celebrar una ceremonia de terapia colectiva contra el miedo, aunque conviene celebrarlas lo más inmediatamente posible al atentado para no contaminarlas con las diferencias políticas prexistentes al mismo. También estas manifestaciones tienen su momento

Ni de la educación, que siempre se reclama como la mejor solución para evitar la extensión cultural de la barbarie. Pero, como la educación es una vacuna de efectos a medio y largo plazo, he dedicado mi reflexión a cosas más inmediatas, aunque me adhiero a la necesidad de que a los niños se les insista en que no hay que matar a nadie.

Y luego estamos los tertulianos y los analistas. Decimos tantas cosas, y tan distintas, que algunos, en algunas cosas, debemos estar en lo cierto. Aunque solo sea por probabilidad estadística.