EL VOTO TARDÍO Y LAS RAZONES DE LA DUDA

En los últimos meses hay una expectación y preocupación generalizada ante los cambios visibles en el comportamiento electoral de los votantes que pudieran responder a los efectos derivados del fenómeno de la polarización partidista o, desde otro prisma, a un cambio de tendencia en la construcción de los marcos ideológicos. Estos cambios son el acortamiento del tiempo en el que los votantes realizan su elección, el llamado voto tardío, y la proliferación de la, últimamente tan nombrada, indecisión.

Según el macrobarómetro del CIS, con una muestra de 16.193 casos, de los encuestados que manifestaron su intención de votar, un 41% no lo tenía aún decidido; es decir, nada menos que un 36% del total de encuestados. Esta verbalización de su duda la manifestaban en el momento de realización de la encuesta que tuvo lugar entre el uno y el dieciocho de marzo, a poco más de un mes (40 días) de la fecha en la que se celebra el escrutinio. En la encuesta post-electoral de las elecciones generales tendremos la información del momento en el que tomaron la decisión. Por el momento, nos podemos remitir a los datos de la Encuesta postelectoral de las elecciones autonómicas de Andalucía, celebradas en diciembre de 2018.

Según este estudio, el comportamiento electoral de los andaluces ante las elecciones autonómicas evidenció que un porcentaje significativo decidió su voto en un tiempo relativamente fugaz, en relación a las tendencias de los últimos años. De los andaluces que manifestaron haber votado, un 11,3% lo decidió una semana antes de la campaña electoral y un 11,8% el mismo día de las elecciones.

Visto esto, parece una tendencia creciente. No obstante, en las elecciones generales de 2016, de los españoles que manifestaron haber votado, un 10,2% lo decidió la última semana y un 6,8% lo decidió el mismo día de las elecciones. Porcentajes menores pero no menos significativos. Tiempo atrás, en las elecciones generales de 2011, de los encuestados que manifestaron haber votado, un 10,7% lo decidió durante la última semana de campaña y un 5,9% antes de la votación. A la vista de los resultados de las anteriores elecciones, se evidencia que no es una situación nueva, por tanto no atribuible únicamente a la polarización o al bipartidismo.

Respondiendo a esta inquietud, desde la sociología política y la ciencia demoscópica, el momento en el que se produce el voto ha sido objeto de estudio desde diferentes metodologías de análisis, desde el enfoque observacional, a partir del análisis de los resultados de las encuestas electorales; hasta el experimental, a través de la inferencia causal de los comportamientos políticos.

A la vista de los resultados de algunos estudios sobre los determinantes en el tiempo de decisión, se han definido algunas tendencias de las elecciones celebradas en países democráticos en la última década. En 2015, los sociólogos Jan Eric Blumenstiel y Thomas Plischke, de la Universidad de Mannheim (Alemania) concluyeron que los ciudadanos jóvenes son los más propensos a tomar decisiones tardías. En otro sentido, Patrizia Catellani e Isabella Alberichi, de la Universidad de Milan, señalaron en 2012 el género como predictor potencial de una decisión tardía, siendo las mujeres las que más tardan en decidir su voto. Otros investigadores, como Ian McAllister o Rusell Dalton,  observaron ya en los inicios de la década una tendencia creciente de la ciudadanía a retrasar su elección de voto hasta el momento posterior al inicio de la campaña, situación que hoy tenemos presente con una cifra aproximada de ocho millones de indecisos y el imaginario social de que los debates electorales van a orientar su voto en una u otra dirección.

En definitiva, queda abierta la puerta para continuar realizando diversos análisis que alumbren, por un lado, el perfil del elector tardío y, por otro, los motivos y condicionantes que llevan al electorado a retrasar su decisión.

Mientras tanto hay interrogantes cuya respuesta es ciertamente compleja y conlleva recurrir a enfoques pluridisciplinares o multifocales. Estos son: ¿que hace a una persona indecisa?; ¿por qué retrasa su decisión?; el indeciso, ¿reflexiona o duda? El voto tardío y la indecisión, en realidad pueden responder, en cierto modo, como últimamente nos hemos acostumbrado a escuchar, al  ocaso del bipartidismo y al inicio de la polarización. No obstante, también podría tener otros condicionantes; podría responder a la forma en que se constituye el posicionamiento ideológico y la elección: el incremento del voto por resultado y el voto estratégico por delante del voto familiar o el voto ideológico y, sobre todo, podría tener cierto paralelismo con el incremento de la incertidumbre generada en el contexto social, iniciada con los procesos de expansión de la exclusión social y la pérdida de seguridad personal de los votantes.

Podría ser la causa, del incremento de la crispación social, de la nueva forma de “hacer campaña” de algunos líderes, de los mensajes orientados a la desinformación, la reprobación y la descalificación por sistema que eclipsan los mensajes propositivos, que fomentan la reflexión de los votantes, de trasfondos demostrativos, explicativos, ejemplificantes y honestos.

Quizás el fenómeno de la indecisión se ha desprestigiado en parte debido al panorama inquietante y de incertidumbre que genera para los pronósticos electorales. Por ello, a la espera de los resultados de las encuestas postectorales y del avance de la investigación en este sentido, cabe la sospecha de si ello no responde tanto a un ejercicio de irresponsabilidad civil como al hecho de que el germen de la duda o indecisión es en realidad una expresión de la calidad democrática.

El voto de calidad en realidad, debería ser el más meditado: aquel que se construye en los pilares de la reflexión y el análisis. Un ejercicio de ciudadanía, tal y como se le atribuye en su significado originario, que unía indisolublemente el derecho al ejercicio del deber. La “virtud cívica” de la Grecia clásica separaba tajantemente el derecho a ser ciudadano, como privilegio, del derecho a disfrutarlo y ejercerlo. Aristóteles, por ejemplo, teorizaba en torno a las responsabilidades cívicas aludiendo a la idea de que no es lo mismo ser un buen hombre que un buen ciudadano.

Más allá de las opiniones, de la influencia del grupo de iguales, de la familia o de cómo afectan a nuestra vida los acontecimientos impactantes, gratificantes o dolorosos, el ejercicio del voto, en un sentido u otro, legitima nuestra posibilidad de emitir los juicios de valor que continuamente, y de manera cotidiana, realizamos.

Las demandas y discursos, e incluso conversaciones triviales, en contra o a favor de acontecimientos y realidades de la vida social, política y económica que forman parte de lo cotidiano, en el metro, el trabajo, en la calle en sí, expresan en realidad nuestra inquietud como parte activa e implicada en la mejora de nuestras condiciones de vida y del mundo que nos rodea.

Ahora bien, ese ejercicio cotidiano de “ciudadanía activa” que nos involucra en asuntos como la pobreza, la convivencia, el respeto, la calidad de vida, la enseñanza, la sanidad, la economía…a través del intercambio de pareceres en el microsistema social, toma forma como “ciudadanía democrática” en el momento en que realizamos la acción de calibrar la distancia ideológica que nos separa de cada opción, la acción de elegir al candidato o partido que más creemos nos representa, personifica nuestros intereses y nuestras ideas. De este modo, alejándome de posibles matices idealistas o quiméricas ensoñaciones, la suma de este ejercicio de elección individual, promueve el progreso de nuestra sociedad.

El voto reflexivo, sería, por tanto, la máxima expresión de los principios y valores democráticos y la condición, sine qua non para constituir los pilares del progreso social.

Igualmente sería deseable que hubiera una amplia distancia del voto tardío y la indecisión hasta la abstención. Esto último, también, en cierto modo, es  la manifestación del desánimo y la desafección política, generados en parte por la crisis, la crispación y la corrupción política de los últimos años. Constituye la manifestación de la expresión de la exclusión social y la desafección: “no voy a votar: total, si no llego a fin de mes”. Votar para cambiar la vida de uno mismo. ¿Pudiéramos hacer que los ciudadanos tejiéramos un vínculo directo entre nuestra prosperidad y el voto?

Quizás los partidos políticos tendrían que haber transmitido con más fuerza que es la única forma posible de ejercer el derecho compartido de control al ejercicio del poder.

En definitiva, estas realidades serán constituyentes de un ejercicio de ciudadanía democrática, si el incremento del voto tardío y la indecisión responden más a un acto de reflexión, juicio razonado y responsabilidad cívica que a un acto de irresponsabilidad personal, desafección o pasotismo.