EL ÚLTIMO INTENTO

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La tarde del martes 26 de abril, el Rey convocará al Presidente del Congreso y despejará las dudas. Le comunicará que existe la posibilidad de proceder a una definitiva sesión de investidura, esta vez con garantía de éxito, o se pondrán en marcha los mecanismos para disolver las Cortes y convocar elecciones. Nos espera un fin de semana muy intenso durante el cual habrá que distinguir entre las voces y los ecos, y separar el polvo de las declaraciones públicas, de la paja de las conversaciones reservadas. Sólo unos pocos estarán al tanto de la diferencia entre los discursos que se encaminan a lograr la máxima rentabilidad electoral el 26-J y el contenido real de las conversaciones que intentan, a la desesperada, una fórmula que evite acudir a las urnas.

Correspondía al líder de la cuarta fuerza parlamentaria, consecuente con su papel de muñidor de una alianza de gobierno entre el Partido Popular y el PSOE, presentar en público la fórmula de un tripartito encabezado por una personalidad política -un diputado en todo caso-, dijo Rivera, aunque no se haya prestado atención a ese importante matiz, que exigiría la renuncia, el paso atrás, de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y el propio Rivera, a presidir el Ejecutivo. La propuesta despertó escaso entusiasmo. Rajoy respondió con sorna y Sánchez descartó como solución un gobierno de tecnócratas. El Rey no puede tomar la iniciativa y ser él quien adelante un nombre de consenso sin conocer de antemano, en conversaciones discretas, luego solemnizadas en sus entrevistas públicas en Zarzuela, si los principales partidos hubieran encontrado esa mujer o ese hombre con capacidad de concertar voluntades y garantizar la gobernabilidad, al menos, durante un bienio de reformas y ensayos.

Me consta que, al menos en las filas del Partido Popular, existe una fuerte tensión entre quienes optan por mantener el liderazgo de Rajoy a cualquier costa, en la convicción de volver a ser la lista más votada, y quienes valoran que esa nueva victoria pírrica nos situaría en el mismo punto de salida que el 20-D. Entre esos últimos empieza a tomar peso y protagonismo el actual ministro de Exteriores en funciones, García Margallo. Procedente de la UCD, con una biografía en la que destaca su proximidad a Abril Martorell y la autoría de una tesis doctoral titulada “Una apuesta por el modelo Europeo de Bienestar”, Margallo no ha tenido empacho en declarar ahora mismo que “prefiere un acuerdo del PP con el PSOE que con Ciudadanos”, después de haber advertido que la suma de escaños entre esas dos formaciones no daría la mayoría suficiente… y que ,”en todo caso, habría que contar con los socialistas para poder gobernar y resolver los problemas de fondo del país”. Por supuesto, sobre Margallo, muchos años en lides europeas, pesa la memoria de la tradicional colaboración entre socialdemócratas y cristianodemócratas, vigente en Bruselas y palpable hoy en Alemania y Austria.

Frente a ese tipo de reflexiones, se alza la realidad de un escenario en el que los principales actores se ven obligados a enfatizar sus diferencias para asegurarse el favor de los propios y marcar claramente el territorio. En ese escenario brumoso empieza a dibujarse ya un nuevo elemento de controversia, la posibilidad de un acuerdo electoral entre Podemos e Izquierda Unida, que habría de solventar evidentes discrepancias programáticas y dificultades en la elaboración de las listas, pero que, a juicio de sus impulsores, se beneficiaría en el resultado global por una mayor rentabilidad en la aplicación de la Ley D´Hondt a la distribución de escaños. El horizonte de ese incipiente acuerdo no es alcanzar una mayoría de gobierno, sino intentar, de nuevo, sustituir al Partido Socialista en el liderazgo de la izquierda española. Las encuestas que se han publicado este viernes resultan contradictorias sobre la viabilidad de alcanzar ese objetivo y, por supuesto, por prematuras, son incapaces de medir la capacidad del PSOE para recuperar apoyos durante una campaña en la que ponga en tensión sus recursos humanos y su mensaje, forzosamente renovados.

Perdón, director, por no haber escrito un artículo de Opinión, sino una crónica.