EL TRISTE FINAL DE CONVERGÈNCIA DEMOCRÀTICA DE CATALUNYA

gfdez130716

En el pasado fin de semana la veterana Convergència Democràtica de Catalunya, fundada clandestinamente en Montserrat a finales de 1974, ha dejado de existir para transformarse en Partit Demòcrata Catalá. Un partido que se ha suicidado gustoso para borrar la persona de uno de sus fundadores pero, no lo olvidemos, un partido que hace años ya decidió el suicidio cuando decidió no entorpecer la carrera hacia la muerte (política, como partido) que su Secretario General, Artur Mas, emprendió en septiembre de 2012.

Con la restauración de la democracia, Convergència Democràtica de Catalunya se convirtió en poco tiempo en el gran partido de Cataluña. Uno de los mejores conocedores del partido, el profesor socialista Joan Marcet, explicó en su tesis doctoral la novedad de un partido sin precedentes directos en otros partidos catalanes que nació con la vocación de constituirse en el eje vertebrador del panorama político de Cataluña y que mediante la técnica de “fer país” se quiso convertir en el partido de todo el pueblo, sin  intentar configurarse como partido aglutinador de conciencia de clase (Joan Marcet: Convergencia Democrática de Cataluña. El partido y el movimiento político, Madrid, 1987, especialmente págs. 306-322).

Hay que reconocer que la creación de este partido, un partido nacionalista que rehuía el cleavage de clase y, por ende, el eje derecha-izquierda, fue un triunfo notable de la oligarquía catalana pues sólo se le ha vuelto en contra cuarenta años después de su creación. No debemos olvidar que, a pesar de algunas iniciativas interclasistas de carácter nacionalista, como fue la Solidaritat Catalana de 1907, la existencia de un nacionalismo de cierta vocación interclasista no fue óbice para que los partidos catalanes, como expresión orgánica de intereses sociales, respondieran a una lógica de clase. La Lliga, tanto durante el reinado de Alfonso XIII como durante la Segunda República, fue el partido de la derecha, el partido de la oligarquía que no dudó en combatir la Ley de Contratos de Cultivo del Parlamento autonómico cuando consideró que socavaba los intereses de sus terratenientes. Al socaire de esta caracterización de la Lliga como partido más de clase que catalanista, no viene mal recordar, que esa misma Lliga apoyó el golpe de Estado monárquico de julio de 1936 y que Cambó financió durante muchos meses uno de los servicios de espionaje de los rebeldes, servicio que dirigió uno de sus colaboradores, Bertran i Musitu. Lo mismo podemos decir de la Esquerra de Macià y de Companys: con un nacionalismo mucho más agudizado que la Lliga, Esquerra Republicana fue el partido de la pequeña burguesía, de unas clases medias populares con conciencia de clase que colaboraban con la izquierda obrera con una visión táctica muy acentuada.

La peculiaridad de Convergència Democràtica de Catalunya consistió en que, recubriéndose con la bandera nacionalista, nació como el partido que aspiraba a atraer a las capas sociales que en los años treinta habían sostenido tanto a la Lliga como a Esquerra Republicana. Un partido interclasista, de oligarquía y de clases medias, con la esperanza de alcanzar también el apoyo de ciertos sectores obreros y rurales. ¡La cuadratura del círculo! Y lo consiguieron como se ve, ya que salvo entre 2003 y 2011 Convergència Democràtica ha gobernado Cataluña. Y por si podía faltar algún apoyo social, Convergència Democràtica de Catalunya se coaligó electoral y gubernamental con la muy cristiana Unió Democràtica de Catalunya que le aportaba todo el apoyo eclesiástico.

Un partido que sirviendo en realidad a cuatrocientas familias (más los colaboradores a los que hay que pagar los favores) hace creer a toda una Comunidad Autónoma que está al servicio de la nació y del país y le hace creer, como ya intentó el franquismo con los españoles, que ser catalán es una de las cosas más importantes que se puede ser en el mundo, merecería el Premio Nobel de Política si éste se hubiera creado. Y doble Premio Nobel cuando se convirtió en poco tiempo, en apenas meses, en el gran partido de las clases medias urbanas de Cataluña. Pero, ¿cómo se puede hundir ese partido a una velocidad no menor de la que hundió al Titanic? A mi juicio, el final de tan exitoso partido se debe a una causa micro y a una causa macro.

La causa micro es Jordi Pujol. La oligarquía catalana es rica de varias generaciones o si se enriquece de la noche a la mañana (como hizo Cambó al ofrecerse como testaferro de intereses alemanes después de 1918) lo hace sin grandes ocultaciones. Pero Pujol, tras transmutarse en la personificación de Cataluña, decidió que el crack de Banca Catalana (del que era responsable por su probable incapacidad como profesional de la Banca) no debía afectar su situación financiera, y que él y sus hijos debían ser tan ricos como los oligarcas para los que había hecho la política nacionalista. Es psicológicamente comprensible: si se ha servido fielmente a los grandes intereses socio-económicos de las cuatrocientas familias, ¿cómo no beneficiarse uno mismo? Pero la forma que empleó la familia Pujol fue tan basta (véase Lluís Basset: La gran vergüenza. Ascenso y caída del mitode Jordi Pujol, Barcelona, 2014) que acabó por hundir a quien se consideraba la representación de Cataluña. Por eso los convergentes han tenido que escapar de todo lo que conectaba a la familia Pujol con su partido.

Y cuando la corrupción aparece en una organización social es muy difícil expulsarla. Si Jordi estaba inmerso en operaciones bancarias opacas y ajenas a la Hacienda Pública, ¿cómo impedir que su partido, tan necesitado de apoyos financieros como todos los demás partidos, no se beneficiara también de operaciones opacas, ocultas a la Hacienda? Con una ocupación absoluta de la recién creada Administración autonómica, la tentación del tres por ciento era demasiado atractiva. ¿Por qué el partido no iba a seguir la astuta senda de su líder máximo?

La causa macro es Artur Mas, no porque sea una macro-figura de la política catalana (más bien lo contrario, es un político nefasto y mediocre), sino porque su política ha girado sobre las grandes cuestiones de la política catalana. Tras la Diada de 2012 Mas creyó que la vía hacia la independencia era la más adecuada para consolidar, por décadas, el Gobierno de Convergència i Unió. Era una necesidad psicológica, para demostrar que era mejor político que los Pujol, padre e hijo, a los que así no debería nada. Además, consciente de que antes o después saltaría a la luz pública la financiación de la familia Pujol y de su partido (¿y de quién más?), se dejó engañar por el espejismo de las masas que salían a la calle por la independencia y se apuntó a ese carro. Consecuencia macro de creer en el espejismo: en cada elección, autonómica o a las Cortes Generales, Convergència i Unió ha perdido votos y escaños, la nueva dinámica independentista ha dado alas a un grupo de rebeldes primitivos que conciben la sociedad como la podían concebir los hermanos Ascaso, ha destruido Unió Democràtica de Catalunya y ha postergado al PSC, otrora gran partido, a un papel secundario. Y todo ello con dos beneficiarios, Esquerra Republicana, que ya aventaja a Convergència Democràtica de Catalunya en escaños y en votos, y la CUP, que ha logrado sacar a Mas del Gobierno. Todo un genio este Artur Mas (para más detalles de la operación existosa de Mas, Xavier Vidal-Folch: ¿Cataluña independiente?, Madrid, 2013).

Con esta combinación micro-macro, Convergència Democràtica de Catalunya ha llegado a su congreso de refundación como un moribundo: humillada una y otra vez por la CUP, rebasada electoralmente por Esquerra, con un programa independentista recién aprobado que no le diferencia de Esquerra, Convergència Democràtica de Catalunya tiene los días contados, hasta la próxima elección municipal, cuando pierda Alcaldes que son el oxígeno económico del partido. El agotamiento de su proyecto se observa incluso en la denominación, tan aséptica como un quirófano, que difícilmente puede atraer a electores.

Sin embargo, como explicara M. Ostrogorski (La démocratie et l’organisation des partis politiques, París, 1903), la conexión entre el cuerpo electoral y los partidos tiene una profunda base social. Si Convergència Democràtica de Catalunya nació como un partido dirigido a unas clases medias catalanistas pero no independentistas, algún partido habrá de satisfacer esas necesidades que quizá han reculado en la sociedad catalana pero no han desparecido. Cuando la operación independentista se agote, renacerá una nueva Convergència Democràtica de Catalunya pero nada tendrá que ver con los agónicos militantes que en el congreso del fin de semana pasado pusieron contra las cuerdas a Mas. Tenían que recordarle que era el matarife de un gran partido.