EL TERRORISMO YIHADISTA SÍ NOS ESTA CAMBIANDO.

simancas230316

El atentado de Bruselas nos vuelve a bajar a la realidad de lo inaplazable. Nadie, de nuevo, moverá un ápice de lo rutinario. No por más sentido es menos inútil. Frases en las aceras, flores, velas, tweets, fotos en facebook con lágrimas y banderas, y declaraciones afirmando que nada cambiará nuestra vida y valores;  no modificaremos nuestro día a día por el terror. Apelaciones a la unidad, intensificar la vigilancia, la inteligencia, los niveles de alerta. “Buscaremos a los asesinos en sus madrigueras”. Confiando todo a las palabras estamos perseverando en el error, convencidos de que la razón está de nuestra parte. Combatiendo batallas a corto plazo, en una guerra que se prolongará por generaciones, que ocupa cada vez más territorio, evidenciando nuestra debilidad y vulnerabilidad. Nada de ello consuela a las víctimas.

¿Qué nos impide poner pie en tierra, pensar de manera diferente? No se trata de ser diluyentes o rompedores de los frágiles consensos alcanzados, pero es necesario empezar a decir que las estrategias de los últimos 25 años ante el yihadismo han fracasado y por este camino perderemos.

La perversión del lenguaje y los conceptos nos está matando. En el último medio siglo para dar carta de naturaleza a los procesos políticos, económicos, sociales y militares se ha construido una arquitectura teórica asumida por la política, medios de comunicación y la calle que ha terminado por edificar una torre de Babel que es un laberinto sin salida. Ha permitido justificar lo imposible, legitimar estructuras de poder que poco tenían que ver con los principios que decimos defender: democracia, libertad, derechos humanos, bienestar, desarrollo, etc. Está por hacer el análisis, no complaciente, que explique porqué las cosas han sucedido de una manera y no de otra, aunque un análisis certero no resuelve ahora los problemas.  Es tan irrelevante como culpar a Colón por descubrir América, equiparar a Hitler y Stalin como locos genocidas o llegar a entender qué pintaban los norteamericanos en Vietnam y más recientemente en Irak. Nada devuelve la vida perdida a nadie. Se ha llegado a un punto donde todo encuentra su justificación, la barbarie y la gran obra humana, todo tiene argumentario. La muerte sin sentido no.

La guerra contra el Yihadismo terminará con vencedores y vencidos pero es impensable que finalice firmando un acuerdo de rendición incondicional en un portaviones. Es otro tipo de guerra, una “guerra total”. No se entiende como ufanamente la dirigencia política mundial dice que no nos van a cambiar nuestra forma de vida y nuestros valores; que se lo digan a los familiares de los muertos y al miedo y la impotencia que crece día a día en los ciudadanos.

Hay que repensar muchas cuestiones para poder ganar la guerra y de forma prioritaria la forma de gobernar el conflicto y la sociedad al mismo tiempo, y atender todos los frentes que se están abriendo. Las manifestaciones de Juncker, y lo que se va sabiendo del funcionamiento del gobierno belga, evidencian que estamos con el culo al aire.  El Diálogo entre civilizaciones de Jatamí y la Alianza de Civilizaciones de Rodríguez Zapatero, han terminado como siempre en papeles, declaraciones y gastos de dinero inútiles. Eso sí, con muchos encuentros donde se hicieron innumerables fotos. La alianza entre Occidente y el mundo árabe y musulmán con el fin de combatir el terrorismo internacional por otro camino que el militar, ahora tiene apenas sendero para que los ciudadanos confíen en que es posible reconducir la situación mediante la cooperación antiterrorista, la corrección de desigualdades económicas y el diálogo cultural.  Cada muerto lo estrecha más.

Estamos obligados a asumir que el frente policial-militar es ya prioritario, sin olvidar, ni un minuto, que la victoria en esta guerra tiene que pasar por remedar las grandes diferencias económicas existentes, tanto fuera como dentro de occidente, y encontrar una fórmula de conseguir un sólido entendimiento entre los diferentes mundos, culturas o civilizaciones.  Luchar de manera permanente en muchos escenarios. Lo mismo que sucedió en la caída de otros grandes imperios, y el modelo occidental lo es. No sólo basta el convencimiento de que “lo nuestro es lo bueno” sino que hay que evidenciarlo y fortalecer las virtudes cívicas tradicionales por parte de los ciudadanos europeos y por aquellos que tienen o aspiran a reproducir nuestra forma de vida. Más cuando contemplamos que los que se han convertido en los brazos ejecutores del desgarro en nuestra sociedad no solo no vienen desde fuera de nuestras fronteras, ni siquiera como en Troya se han introducido arteramente en ella, han nacido dentro y se han educado conforme a nuestros patrones culturales y civilizatorios. Algo vieron que rechazan.

Mientras y tanto se crea la panacea de la policía europea, unificando servicios de información  y enjuiciamiento criminal, porque los policías que tenemos, que son muy buenos, no reciben la orden de actuar contra el tráfico de seres humanos, armas, drogas, combustibles, dinero…

Sembrar de sal la tierra no es la solución. Es saber que en la agenda hay prioridades y eso obliga, sí o sí, a no ignorar que para defender los que son nuestros valores debemos atajar los males que están originando el problema.  Ser como el médico que primero debe conocer las causas de las enfermedades que se propone curar.