EL SISTEMA DE PARTIDOS ESPAÑOL TRAS LOS CONGRESOS DEL ÚLTIMO FIN DE SEMANA

El fin de semana de los días 11 y 12 de febrero se han celebrado los congresos del Partido Popular y de Podemos. Convocado primero el congreso del Partido Popular, Podemos se agarró a esa misma fecha para, según dicen, mostrar las diferencias entre los viejos partidos y los nuevos, entre un partido viejo que se mata en el congreso y un partido nuevo donde reina la armonía y el amor entre los militantes. Si ese era el fin de Podemos al contraprogramar el congreso de los populares, no le ha podido salir peor, porque lo que han visto los ciudadanos es que en un partido, el Popular, el congreso se desarrollaba en armonía y en el otro partido, Podemos, la confrontación entre fracciones ha sido extrema.

Más allá de las anécdotas, lo más importante de estos dos congresos es examinar cómo ha quedado el sistema de partidos español. Tras las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, el sistema de partidos español empezó a modificarse con el triunfo de Podemos, triunfo que se multiplicó en las elecciones locales y autonómicas de 2015 y en las dos elecciones a Cortes Generales de 2015 y 2016, en todas las cuáles obtuvo resultados muy aceptables otro nuevo partido, Ciudadanos. Además, no sólo se asentaron Podemos y Ciudadanos sino algunas otras formaciones, siempre aliadas a Podemos, como el valenciano Compromís, las denominadas “mareas” gallegas o la barcelonesa En Comú Podem.

Pero la eclosión de nuevos partidos no se ha efectuado de manera uniforme ni definitiva, porque la posición de esos partidos depende de la debilidad o fortaleza de los viejos (es decir Partido Popular y PSOE) y porque en la cadena de elecciones que ha habido en España desde 2014 no se han dado sesgos que hagan ver con nitidez la evolución de los partidos. Mención aparte necesita Cataluña donde las sucesivas elecciones provocadas por Artur Mas han destruido el antiguo (que no viejo) sistema de partidos. En cualquier caso, el sistema español de partidos, bastante sólido hasta la primavera de 2014, se ha transformado pero aún ignoramos si esa transformación es definitiva. Por eso tiene interés analizar el desarrollo de los congresos del Partido Popular y de Podemos para ver la orientación que van a tener estos dos partidos, orientación que incide, y mucho, en el sistema de partidos de España.

El congreso popular ha sido, como hemos visto, un congreso controlado por su líder, Mariano Rajoy. Frente a las acechanzas del XVI congreso de Valencia, en junio de 2008, Rajoy ha demostrado su liderazgo sin estridencias, y con muy pocos temas conflictivos (las primarias, la compatibilidad entre la secretaría general y la titularidad de un Ministerio, etc.). Otra historia hubiéramos visto si Rajoy no hubiera logrado formar Gobierno pero presidir éste ha dado a Rajoy una fortaleza que no se ve mermada por la debilidad parlamentaria. La consecuencia de este congreso es que el partido conservador no ha necesitado efectuar giros doctrinales o estratégicos máxime cuando las elecciones de junio de 2016 han mostrado que Ciudadanos es un partido débil que quizá no logre desplazar nunca al Partido Popular como representación orgánica principal de la derecha.

En consecuencia, tras al congreso popular la derecha no ha variado ni sus principios, ni su estrategia ni, menos aún, sus líderes. Es un partido encantado con la sociedad en la que vive (nada de reformismos) que va a gobernar para intereses económicos muy parciales, pero sin que se den cuenta de ello una parte de las personas que sufren esas políticas. Es, además, un partido que se tira al monte en cuanto puede como se pudo ver en la conversación telefónica de Rajoy con Trump, donde afloró el tradicional servilismo de la derecha española con los republicanos estadounidenses. Por consiguiente, el congreso del Partido Popular ha servido para consolidar la franja derecha del sistema sin grandes cambios respecto a la legislatura 2011-2015, a pesar de la sombra tenue que aporta Ciudadanos.

¿Y por la izquierda? A mi juicio, el congreso de Podemos izquierdaunidiza (perdón por el barbarismo) a este partido. Sin representarlo, Podemos se aprovechó del movimiento 15-M y se notó especialmente en las elecciones de diciembre de 2015. Pero el voto de protesta necesitaba una articulación política programática que, más allá del número de Diputados, hiciera de Podemos un partido parlamentario con vocación de acceder al Gobierno, sólo o en coalición. Así lo ha intuido la fracción de Errejón que sabe que la protesta callejera, las alharacas en el Parlamento y el rechazo de la política institucional hacen de un partido una organización alejada de la política real. Porque, por poner un ejemplo, cuando Iglesias Turrión se deja ver en toda manifestación imaginable, cada voto que le da encabezar la manifestación o concentración le supone perder otros varios de los electores que saben que en un Estado democrático desarrollado la política se hace en el Parlamento, no en la calle.

Por eso Podemos llegaba a su congreso y tenía que escoger un camino de los varios que partían de una encrucijada: hacer política en las instituciones (acomodando los objetivos y el lenguaje a esas instituciones) o hacer una política de confrontación, de desobediencia, con el Estado democrático, lo que supone adoptar un lenguaje de rebeldía y una estrategia callejera que comporta desdeñar las instituciones. Obviamente, han ganado quienes quieren recorrer el camino de la rebelión, pues esa es la posición mayoritaria de las bases. Al final, algo más de cien mil personas (si es que es representativa ese tipo de votación, cuya trasparencia está por ver) han sacado a Podemos del sistema español de partidos y lo han confinado en un mundo marginal. Gracias a esos más de cien mil militantes Podemos abandona las instituciones y queda en manos de un líder histriónico que, con sus allegados, parece un zombi sacado de una tumba manchesteriana del siglo XIX.

No es malo para la democracia española el resultado del congreso de Podemos. Errejón sustenta una ideología similar pero la lleva a la práctica con más inteligencia, con capacidad de engañar a los electores y hacerles creer que asume el Estado democrático. Gracias a Iglesias Turrión y a los militantes que le han votado, el sistema español de partidos retorna al cleavage derecha/izquierda, representado por el Partido Popular y el PSOE. Quedan algunas incógnitas como el papel de Compromís y las mareas gallegas y también la duda de En comú podem que puede optar por la vía independentistas solapada en la creencia de que la secesión lleva a la revolución, cuando en realidad lleva al regreso de la familia Pujol. Pero más allá de eses dudas, el congreso de Podemos ha puesto en su sitio a un partido que no quiere participar en el sistema de partidos.

El sociólogo socialdemócrata alemán Robert Michels escribió a principios del siglo XX, en 1915, sobre la antipatía que mostraban los militantes socialistas por los intelectuales (inicialmente bien recibidos en el partido) bien por querer diluir el movimiento obrero en la burguesía, bien, en el lado opuesto, por lanzar al movimiento obrero hacia revoluciones estériles (Los partidos políticos, Buenos Aires, 1984, t. II, págs. 108-109). Era una diagnóstico que Michels apuntaba tras varias décadas de vida de los partidos socialistas pero, si se lo hubieran contado, no se habría creído que en un partido tan joven ya empezara su autodepuración: hoy los reformistas de Errejón, mañana los ultrarrevolucionarios de Iglesias Turrión… En la mejor senda de la Segunda Internacional.