EL SISTEMA CIENCIA-SOCIEDAD

Muy posiblemente otros con más recorrido que el mío en la disciplina de la política científica, puedan decir que este binomio de ciencia y sociedad es ya un referente. Sin embargo, permítanme que describa brevemente por qué para mi supone una nueva perspectiva. Hasta ahora muchos de nosotros hemos utilizado el término “sistema ciencia-tecnología” y hemos luego evolucionado al de ciencia-innovación, al referirnos a todo el ecosistema de un país que tiene que ver los investigadores, las empresas innovadoras y los fondos y presupuestos dedicados a la investigación.

En el mundo actual sin embargo, se percibe un interés creciente en la sociedad por la ciencia y las innovaciones, que creo se pueden atribuir-en parte no desdeñable- al arrollador avance de las tecnologías basadas en la computación y las comunicaciones. El uso masivo de teléfonos móviles y otras herramientas derivadas lleva a que los individuos se hayan concienciado de lo mucho que la ciencia y la tecnología puede hacer por mejorar sus posibilidades personales y aumentar su confort vital. También han contribuido sin duda campañas específicas de divulgar la ciencia, pero creo que estas campañas estimulan el interés por el conocimiento y no redondean la importancia del binomio ciencia y sociedad.

Estamos en unos años de cambio de paradigma tecnológico y por ello los cambios son muy rápidos. Tendrá un futuro más desahogado aquella sociedad que sea más capaz de generar y asimilar los avances que se producen. Para eso tenemos que desarrollar el pacto ciencia y sociedad más allá de la tecnología, porque no todas tecnologías se pueden aplicar y asimilar a ciegas y tienen lados positivos. También los tienen negativos. Tenemos que tener personas preparadas para filtrar la cara negativa de la moneda. Un ejemplo puede ponerse de forma genérica del siglo pasado con el desarrollo industrial que comenzó a principios del siglo XX. También hace 100 años hubo un cambio de paradigma tecnológico cuando se empezaron  electrificar las ciudades, aparecieron los coches, y un mundo de nuevos materiales aparecieron en el mercado. Ese desarrollo aparentemente tan positivo tenía la cara negativa de la  moneda del aumento de  los gases de efecto invernadero, por no detallar otros.   En la actualidad es fantástico tener al alcance del móvil tantos datos e informaciones, o poder llegar a los sitos desconocidos a través del GPS, pero a la vez tienen, no sabemos bien quienes, un nivel de datos personales que a veces da miedo pensarlo. Saben dónde nos hemos movido cada día y cuáles son nuestras costumbres. Es necesario que la sociedad sea activa en la demanda de un desarrollo, no solo sostenible (no se gasten los recursos que comprometan a las nuevas generaciones) sino también dirigido a responder a las necesidades y anhelos sociales minimizando al máximo los aspectos negativos.

Y es en este punto (y en otros) donde la ciencia pública tiene una razón de existir, porque son los gobiernos elegidos en democracia los que se deben preocupar por averiguar cuáles son esas necesidades, no solo tecnológicas como hasta ahora se decía, si no también sociales, para mantener y orientar el sistema ciencia-sociedad y no solo el sistema ciencia-tecnología o ciencia-innovación. Y ello dentro de los cambios acelerados que han dejado, en mi opinión, completamente obsoleto la organización de los centros de investigación y de las universidades en su faceta investigadora y de transferencia tecnológica. Es necesario repensar todo el sistema con unos ojos nuevos, ojos jóvenes, en cuanto a que no les hipoteque lo que ahora existe e imaginativos, porque hay que visualizar como será esta sociedad dentro de 10-20 años. Si no reorientamos el sistema de la ciencia, perderemos el tren de ser capaces de mejorar el nivel de confort social y solo seremos seguidores de las tendencias, pero no sabremos filtrarlas y mejorarlas.

Entiéndaseme que en este binomio ciencia-sociedad también incluyo todo lo que tiene que ver con la investigación de las empresas, y que considero fundamental su papel para poder alcanzar que la sociedad sienta unos beneficios por las inversiones públicas que se hagan en ellas, pero tendrá que ser desde la perspectiva de la responsabilidad social corporativa, que ya se va abriendo paso y es incorporada en la cultura empresarial.  No solo nos jugamos el futuro de un medio ambiento más sano y un clima menos perturbado, también causa inquietud la deriva que algunos desarrollos llevan al no poner los límites del interés social a los beneficios económicos. No tengo todas las respuestas, pero el plantearme que el sistema no debe ser solo el de ciencia-tecnología-innovación sino el de ciencia-sociedad me han abierto unos caminos insospechados que recorriéndolos, tal vez encontraremos respuesta a cómo debemos organizar y aplicar los fondos públicos dedicados a la investigación.