EL SER O EL NO SER

Después del turbulento Comité Federal del 1 de octubre pasado, y la posterior decisión de facilitar el gobierno de Rajoy mediante la abstención del Grupo Parlamentario Socialista, la inapelable victoria de Pedro Sánchez, reelegido como Secretario General del PSOE por mayoría absoluta de sus militantes, es un excepcional caso de resurrección política.

Lo ocurrido va mas allá de sus méritos y capacidades personales, aunque pocos hubieran demostrado tanto aguante ante tantos ataques, tanta capacidad de resistencia y de aglutinar en torno a su figura el apoyo de muchos partiendo de tan pocos. Si a eso se le llama liderazgo, Sánchez ha demostrado tenerlo en grado superlativo.

La corriente de apoyo que se ha generado entorno a su persona y sus propuestas tiene mucho que ver con la trasformación de los sistemas de representación política en el mundo occidental, con la mayor demanda de participación y de democracia efectiva que ha afectado de forma particular a las organizaciones, como las de la socialdemocracia declinante, basadas en la jerarquía, la autoridad, la profesionalización y la endogamia, donde prima más la lealtad al líder local que el mérito y la capacidad de comunicación con la sociedad y los electores.

Ahora es tiempo, como ha dicho en estas mismas paginas digitales Álvaro Frutos, de convertir el “viento surgido de una dramática crisis en una energía positiva para el futuro”. Y de que esa energía democrática, levantada de forma espontánea, no se pierda, dando la impresión de que las cosas siguen igual, solo que con otros protagonistas. Y a veces con los mismos.

La mayoría, expresada por el voto directo de los militantes, se debe traducir en una mayoría de delegados en el próximo Congreso que apoye la ejecutiva que va a formar el nuevo Secretario General y una propuesta política programática acorde con lo que se ha votado en las primarias, que -como muchos se han hartado de decir- no iba de personalismos, sino de ideas.

En realidad no sabemos si el triunfo de Sánchez ha sido el revés de la medalla de la gran derrota de la candidata, supuestamente ganadora, que partía con todas las ventajas y apoyos imaginables, que había sido incluso “ungida por los dioses de la política”, o quizás fueron “los del socialismo”, mientras que Sánchez representaba un “veneno inoculado en el PSOE”, en frases homéricas del Secretario Feneral de los socialistas de Aragón.

Los analistas y politólogos deberán estudiar cómo y por qué un candidato/a puede obtener, incluso en números absolutos, menos votos que avales. A pesar de que el porcentaje sobre censo de los “avalantes” haya sido, lógicamente, inferior al de los votantes. Sólo se me ocurren dos razones para explicarlo; la primera es que el avalista haya cambiado de opinión durante la campaña, lo que pudiera haber ocurrido, en particular si, ante las criticas recibidas, se presenta tres días antes de la votación un apresurado y heteróclito esbozo de medidas que debieron prepararle sus economistas de cabecera, con reclamo a los turistas chinos incluido, lo que se volvió manifiestamente en su contra.

La otra explicación es la que separa el aval del voto. Avalar no es votar, porque el aval es público y notorio y se puede conseguir pidiéndolo de forma, digamos insistente, mientras que el voto es secreto y al final cada cual vota lo que le parece, protegido por la confidencialidad de las urnas que para eso se inventaron.

Cuando en términos globales y en muchas comunidades autónomas, un candidato obtiene menos votos que avales hay algo que no funciona en el sistema. Y probablemente el rechazo a esta forma de funcionar es una de las razones por las que ha ganado Sánchez. En el futuro habrá que revisar el sistema de avales, que a fin de cuentas no son sino una forma de decir que se considera que un candidato reúne las condiciones necesarias para ejercer la función a la que aspira. Se debería rebajar el umbral necesario, o permitir poder avalar a más de un candidato, o detener la presentación de avales cuando ya se ha alcanzado el numero mínimo exigido, para no convertir la búsqueda de avales en una especie de demostración de fuerza, o en la primera vuelta de las elecciones. En mi opinión, cuando haya más de dos candidatos, hay que plantearlas a dos vueltas, que es la única forma de que los votantes expresen plenamente sus preferencias.

Pero de momento la insistencia de algunos lideres territoriales en el apoyo a un candidato/a, y su rechazo a otros, han puesto en cuestión su representatividad y su liderazgo futuro. Sánchez ha ganado incluso en Comunidades como Aragón, Castilla la Mancha, Extremadura, Valencia y Asturias, donde sus líderes territoriales se habían volcado en cuerpo y alma, personal y orgánicamente, en apoyo de Susana Díaz. Algunos anunciaron que ligaban su suerte personal al resultado, pero de momento ninguno de los que más se pronunciaron en este sentido han hecho nada al respecto.

Ahora resulta evidente que los dirigentes territoriales que propiciaron la caída de la Ejecutiva de Sánchez no midieron bien sus consecuencias, ni el rechazo que iba a provocar en los afiliados los métodos empleados. Asimismo, la Comisión Gestora se alargó innecesariamente -tanto que alguien la ha llamado comisión gestante por los largos 9 nueve meses que ha durado- para ver si así se calmaban los ánimos y la cosa se olvidaba. Pero con ello no han hecho sino dar tiempo para que ese rechazo se manifestara y organizara partiendo de cero a través de plataformas de apoyo a las que Sánchez debe una parte muy importante de su victoria y que no debería olvidar.

Una victoria que también es la derrota de esos poderes mediáticos que han creído poder dictar la línea política del PSOE y de muchos de los dirigentes que han protagonizado la historia del partido y de sus gobiernos desde la restauración democrática. Los que advirtieron en primera página que el “PSOE se asomaba al precipicio”, o que el resultado de las primarias era equivalente al “Brexit del socialismo español” por las catastróficas consecuencias que iba a tener, ahora presentan encuestas que muestran que ese PSOE recupera votos y vuelve a ganar parte del espacio que perdió por su izquierda. Y ya solo faltaría que Corbyn ganara las elecciones británicas, o mejorara su resultado con respecto a las profecías que le vaticinaban una catástrofe electoral, para dejarlos más aún en evidencia.

Hay que tener mucho cuidado en cómo se desarrollan unas elecciones primarias, que son fundamentalmente unas elecciones internas. Es decir, en las que compiten miembros de una misma familia política, a los que se les supone que les unen más cosas que las que les separan, y que al día siguiente tendrán que colaborar frente a un adversario común. Sobran las descalificaciones que conducen a posiciones irreversibles y a hacer poco creíbles las posteriores promesas de leal colaboración.

En este sentido me han parecido especialmente desafortunadas las advertencias de que el PSOE se jugaba ni más ni menos que el “ser o no ser”. Una expresión dramatizada en ocasiones con el aderezo de que ese “ser o no ser” del PSOE era también el “ser o no ser” de España. Esos reclamos apocalípticos, que pretendían presentar a Sánchez como alguien que no era realmente del PSOE, o que iba a desvirtuar su naturaleza, y que además iba a poner en peligro la unidad de España con sus veleidades plurinacionales, estaban fuera de lugar y se volvieron en contra de los que lo repetían como un eslogan bien aprendido.

¿Es que si ganaba uno, el PSOE seguiría siendo el PSOE (y además con 100% de pureza) y si ganaba otro dejaríamos de ser lo que éramos? ¿Y ahora qué ocurre? ¿Somos o hemos dejado de ser? Algunos que proclaman que “ese ya no es su PSOE”, parece que han dejado de creer que sigamos siendo lo que éramos, pero su opinión, respetable, pesa poco frente a la de la mayoría absoluta de los afiliados.

En este sentido creo que las primarias que protagonizamos Almunia y yo en fecha ya tan distante como el 1998 (pero ya se sabe que 20 años no son nada), no llegaron ni con mucho a esos enfrentamientos, lo que no quiere decir que la posterior cohabitación, la llamada bicefalia, fuera fácil. Para ganar la simpatía de los socialista catalanes, fui obsequiado con el calificativo de “jacobino irredento”. Sin que sirviera de mucho, porque creo haber obtenido el 90% de los votos, y sin ser en Catalunya donde el apoyo fue mayor. Pero mi respuesta no fue nada beligerante, me limité a citar los versos de Machado donde, en efecto, reconoce que corrían por sus venas gotas de sangre jacobina, y que mi verso claro manaba de manantial sereno, etc…

De poesía machadiana ha habido poca en estas primarias. Pero ahora toca mirar hacia delante. Evitando el cisma, pero también las amalgamas amorfas que solo representan una unidad de fachada y que son promesas de futuros desacuerdos. El ganador por mayoría absoluta tiene derecho a formar una Ejecutiva homogénea que comparta su proyecto, lo que no quiere decir que todos sus miembros le hayan tenido que apoyar con su voto. Pero la diversidad de opiniones, las mayorías y las minorías, tienen que manifestarse en el Comité Federal, que es el Parlamento del partido, y cuyas reglas de funcionamiento, por cierto, tienen que clarificarse.

Los que asumen funciones de dirección en órganos institucionales, como en los grupos parlamentarios, deberían ceder el ejercicio de sus responsabilidades a otros más afines a la opción que ha resultado mayoritaria. Sobre todo aquellos que se han distinguido por innecesarias descalificaciones personales y políticas.

Tampoco se entiende muy bien la petición que se ha hecho al nuevo Secretario General de “respetar los territorios”. No sé que se quiere decir con eso, pero después del Congreso Federal vendrán los regionales y allí los militantes deberán también tener la oportunidad de expresar democráticamente su opinión sobre quién debe dirigir el partido “en los territorios”. El Director de esta revista ha dicho que hay que acabar con el “PSOE de las baronías”, y estoy muy de acuerdo con ello. La responsabilidad institucional de ser Presidente de una Comunidad Autónoma no implica necesariamente el ejercer la dirección del partido en ese “territorio”. Ni puede ser utilizado como argumento para ello. La renovación democrática que se ha iniciado no puede acabar en el desencanto de las viejas componendas.

De la misma manera que hay que clarificar las normas de funcionamiento del Comité Federal, creando un órgano de interpretación estatutaria, para no tener que volver a oír al presidente de la Mesa del Comité Federal, digo bien al presidente de la Mesa, decir que nadie mejor que él para interpretar las normas porque era quien las había escrito. También hay que modificar el sistema de elección de delegados a los Congresos para hacerlos más representativos de la voluntad de los militantes en la nueva época que ahora empieza, y asegurar que no todos los miembros de los órganos de representación y control ostenten cargos públicos o ejecutivos en el interior de la organización.

Pero de momento congratulémonos del resultado. A pesar de todos los problemas que he señalado, las primarias han tenido una altísima participación (el ochenta por ciento de un censo en el que se paga una cuota y hay que acercase a una agrupación a votar en urna), han beneficiado la imagen pública del PSOE, que falta hacía, y el resultado ha sido tan claro que ha resuelto el problema del liderazgo, que nadie podrá poner en duda. Y eso no es poca cosa.

Además, pasados ya unos cuantos días, los independentistas no han encontrado ninguna razón para alegrarse del resultado, ni el PSOE se ha situado en la extrema izquierda, ni nos hemos “podemizado”.

Y finalmente, el resultado es muy bueno para la cohesión del socialismo catalán con el del resto de España. Con el apoyo masivo que ha tenido Sánchez en Catalunya, Baleares y Valencia, una victoria por la mínima de Díaz en el conjunto del país hubiera dibujado un panorama mucho más inestable.

Pero este será tema para otras crónicas, y motivos no faltarán visto lo que se viene encima en Catalunya, con esos simpáticos flautistas de Hamelín que nos llevan camino, esta vez sí, del precipicio.