EL REFERÉNDUM Y EL PSC

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Cuando no había acabado de cerrarse la reflexión sobre el resultado de las elecciones legislativas, pero ya se conocían los devastadores efectos del referéndum británico, el PSC ha vuelto a aparecer en primera plana de la prensa con la iniciativa a llevar a su próximo Congreso la celebración de un referéndum no vinculante en caso de que se celebrara un referéndum de reforma de la Constitución y éste no fuera votado de manera suficiente en Cataluña. Tres reflexiones suscita esta iniciativa que ha sido criticada por algunos dirigentes del partido pero reiterada y defendida por su Primer Secretario, Iceta: a) la situación actual del PSC; b) el significado desnudo de la propuesta; c) el futuro de este partido.

En primer lugar, ¿en qué situación se encuentra el PSC? El PSC pudo gobernar en Cataluña si la derecha española y la oligarquía catalana no hubieran impuesto como Presidente del órgano preautonómico a Tarradellas. Los órganos preautonómicos se formaron conforme al principio democrático, de modo que era presidido por un representante del partido que más Diputados tenía en la región. Así, la Generalidad provisional hubiera debido ser presidida por un socialista pero Suárez y el poder económico-social de Cataluña se saltaron ese principio democrático y dieron primacía a una pseudo-legitimidad representada por el Presidente de un órgano en el exilio, Presidente que nadie había elegido. Si el PSC hubiera presidido la Generalidad provisional, en aquel momento, con el seguro apoyo del PSUC, quizá no hubiera vencido CiU en las primeras elecciones al Parlamento catalán. Pero todas las fuerzas catalanes dieron preeminencia a un principio nacionalista pseudo-histórico. Fue el primer indicio de que en Cataluña la oligarquía de unos pocos centenares de familias iba a imponerse al principio democrático y a los intereses de las diversas clases sociales en presencia.

A partir de ahí, el PSC fue un partido bifronte de clases trabajadoras no nacionalistas y clases medias nacionalistas que coexistían en un difícil equilibrio consistente en que estaba dirigido por las clases medias catalanistas pero desarrollaba una política de izquierda social que no soslayaba las reivindicaciones nacionalistas. Ese equilibrio se rompió paradójicamente cuando el PSC pudo gobernar por vez primera, Con el Gobierno tripartito de Maragall se acentuaron las políticas identitarias del nacionalismo, se impulsó una reforma estatutaria inconstitucional que no pedían los electores socialistas, se cerró los ojos ante la corrupción de Pujol (la vergonzosa escena del tres por ciento, vergonzosa no por denunciar la corrupción sino por amagar y no dar) y se avanzó muy poco en desmantelar la privatización de los servicios públicos que CiU había impulsado. El Gobierno de Montilla no sólo no rectificó, sino que, probablemente impulsado por la necesidad que tenía el Presidente cordobés de demostrar su catalanidad, acentuó la política identitaria: “mucho te queremos, José Luis, pero queremos más a Cataluña”, manifestación contra la sentencia constitucional relativa al nuevo Estatuto, declaración expresa de Montilla como catalanista, etc.).

El resultado es conocido: el PSC no puede competir en catalanismo con los independentistas pero en cambio ha perdido su base no nacionalista que ahora mira a Ciudadanos e incluso, probablemente, al Partido Popular. El PSC ya es un partido sin línea política clara que huye de una votación sobre el derecho a decidir en el Ayuntamiento de Barcelona, que en diciembre del año pasado, cuando Artur Mas estaba más enfangado con la CUP, se ofreció a proponer formar una coalición con Junts Pel Sí (¿para salvar a Convergència?) y cuyo Primer Secretario acude, muy pocos días antes de las últimas elecciones, a una manifestación contra el Tribunal Constitucional que es el defensor de la Constitución. Ahora acaba el PSC de integrarse en un Gobierno municipal demagógico e insolvente como el de En Comú Podem de Barcelona y no se sabe si es para poder ocupar unas pocas Concejalías o para echar una mano a un Ayuntamiento desorientado. Muchos dirigentes del PSC sólo viven pensando en el nacionalismo y en cómo ser aceptados por los independentistas.

Iceta ha justificado la propuesta referendaria porque el cuarenta y ocho por ciento de los electores catalanes quieren celebrar un referéndum. ¿Y por qué no tener en cuenta el cincuenta y dos por ciento que no quiere celebrarlo? Si la propuesta de referéndum fractura la sociedad catalana (Javier García Fernández: “El renacer del referéndum”, El País, 27 de mayo de 2016), si además supone una renuncia a la soberanía nacional que acabaría atribuyendo a los electores de cuatro Provincias la decisión sobre la composición de todo el Estado democrático español, si adicionalmente, se han visto las consecuencias de un referéndum frívolo y no bien regulado con el del Brexit, ¿a quién se dirige Iceta?¿Qué votos quiere recuperar?

Y si es discutible proponer un referéndum de estas características ¿a quién se le ocurre proponer una solución B cuando aún no se conoce la solución A? ¿No está formulando una profecía autocumplida sobre el fracaso de la reforma constitucional? En realidad, Iceta quiere pura y simplemente el referéndum y se ha inventado la enmarañada propuesta de un referéndum por si fracasa otro referéndum (referéndum, por cierto, que sólo propone Podemos porque el Título VIII no necesita ningún referéndum para ser reformado). Es un ejemplo de iniciativa falsaria e hipócrita, de quien no se atreve a formular propuestas claras.

Cuando se forme Gobierno, cuando se constate el fracaso del procès de independencia, los militantes y dirigentes del PSC habrán de plantearse qué partido desean y, aclarado ese punto, el PSOE habrá de determinar qué partido socialdemócrata hermano debe haber en Cataluña.