EL QUIETISMO DE MARIANO RAJOY

noguera231015

La última edición del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia define el quietismo, en su segunda acepción, de la manera siguiente:

“Doctrina de algunos místicos heterodoxos que hacen consistir la suma perfección del alma humana en el anonadamiento de la voluntad para unirse con Dios, en la contemplación pasiva y en la indiferencia de cuanto pueda sucederle en tal estado”.

Salvo en lo tocante a la heterodoxia, ajena a una persona como el Presidente en funciones, esa acepción del quietismo parece muy adecuada para describir la actitud política de Mariano Rajoy. Porque desde el 20 de diciembre de 2015 el comportamiento del Presidente sólo se entiende por muy intensa pulsión quietista (si es que casan pulsión y quietismo). Todo lo contrario del Presidente del Gobierno en la legislatura 2011-2015, que se dedicó con mucho ánimo y esfuerzo a desmantelar el Estado social, a triturar los derechos laborales de los españoles y a estirar la Constitución como si fuera un chicle para que se adaptara a los intereses del Partido Popular. Claro que en esa legislatura ya había indicios de quietismo en medio del activismo ultraliberal porque, ¿cómo interpretar si no la incomprensible resistencia al control parlamentario y al trabajo legislativo?

El quietismo de Rajoy no se inició al día siguiente de las elecciones. En los primeros días posteriores a la elección, el Partido Popular y su Presidente parecían decididos a comerse el mundo: repetían que habían ganado las elecciones y tenían derecho a que su Presidente fuera el primer candidato para acudir al Congreso a solicitar la investidura. Tanto insistieron que algunos tuvimos que señalar que no había un derecho natural a presentarse en primer lugar en el Congreso a impetrar el otorgamiento de la confianza parlamentaria (Javier García Fernández: “Mitos sobre la investidura, El País, 2 de enero de 2016). Pero esta actitud (lanzada, diríamos coloquialmente) del Partido Popular duró poco y se desvaneció cuando comprobó que los números no salían y que el PSOE difícilmente votaría o se abstendría ante Rajoy, como en un primer momento debieron creer algunos dirigentes populares. Ahí empezó la estrategia quietista.

Porque el día en que el Partido Popular comprendió que el PSOE no formaría coalición con él y que tampoco se iba a abstener ante una candidatura de Rajoy, ese día, en torno al 20 de enero pasado, el quietismo se apoderó de Rajoy y de su partido. Ese día Rajoy decidió que lo mejor esa celebrar nuevas elecciones y, además, cuanto antes mejor. Por eso el 22 de enero de 2016 el Presidente en funciones declinó el ofrecimiento del Rey que quería proponerle como candidato. Y a continuación se inició una turbia operación consistente en lograr que el Consejo de Estado dictaminara la constitucionalidad de una convocatoria de nuevas elecciones sin haberse celebrado ninguna votación de investidura, como exige inexcusablemente el artículo 99 de la Constitución. Dícese (y probablemente será cierto) que fue la Casa del Rey (es decir, el propio Jefe del Estado) quien se opuso a esa petición de dictamen, aunque está por ver que el Consejo de Estado hubiera avalado tan flagrante vulneración de la Constitución.

¿Para qué pretendía Rajoy vulnerar la Constitución? Sin estar en su mente, es difícil especular, pero posiblemente quería actuar como el perro del hortelano: ni comer ni dejar comer. No quería solicitar la investidura porque no quería acumular una derrota cantada ni tampoco recibir la crítica de todos los Grupos Parlamentarios. Y tampoco quería que Pedro Sánchez tuviera el protagonismo de un debate. De modo que lo mejor era disolver las Cortes y celebrar nuevas elecciones. Afortunadamente, el titular de la Corona se aferró a la Constitución y no permitió una maniobra que hubiera tenido consecuencias imprevisibles, pues habría muchos que habrían pensado que un acto de esa naturaleza se aproximaba a un golpe de Estado incruento.

Fracasado en su inconstitucional maniobra, Rajoy se hundió hasta hoy en el quietismo. Intentó retrasar la propuesta regia de Pedro Sánchez como candidato. La prensa habla de ese intento de retraso, aunque no es fácil entender qué perseguía, salvo un milagro en que todos los poderes del mundo obligaran a Pedro Sánchez a regalar su abstención al candidato popular. Al fracasar en el aplazamiento de la propuesta regia el quietismo de Rajoy se tornó amargo y dolido: en Zarzuela no agradecían lo que había hecho por la Infanta Cristina… Y dejó de despachar con el Monarca, según cuenta El País de 24 de marzo pasado (total, para lo que tiene que informar al Rey).

Y si el Rey ha sido el primer destinatario del quietismo, el segundo destinatario lo ha sido el Congreso de los Diputados, al que el Gobierno en funciones niega toda posibilidad de control parlamentario por no haberse entablado una previa relación fiduciaria entre esta Cámara y el antiguo Gobierno. De modo que el quietismo del Presidente se transmite a los miembros del Gobierno: el Ministro de Defensa no acude a la Comisión a la que se ha sido convocado (parece que esta semana actuará de igual manera la Ministra de Fomento), la Secretaría de Estado de Relaciones con las Cortes no responde a las preguntas escritas, un Secretario de Estado informa a la Comisión correspondiente acerca de la celebración de las Cumbres europeas y, según informaba El Confidencial el pasado 27 de marzo, el Gobierno está sopesando enviar a los Secretarios de Estado a informar al Congreso. La original idea se basa en una falacia: que los Secretarios de Estado no están en funciones, lo que ni quita ni pone razones, porque lo verdaderamente relevante es que no son miembros del Gobierno.

Por otra parte, el quietismo de Rajoy desborda su condición de Presidente en funciones para aparecer también en su condición de eventual candidato a la investidura. Antes del debate de investidura al que concurrió Pedro Sánchez, Rajoy explicó que cuando acabara el debate volvería a llamar a Sánchez, pero no sólo no lo ha hecho sino que no se conoce ningún movimiento o gestión destinados a conseguir apoyos parlamentarios.

¿Qué pretende Rajoy con esta inactividad? Lo más probable es que sus asesores le hayan hecho creer que unas nuevas elecciones proporcionarán al Partido Popular unos rendimientos más elevados que los que logró el 20 de diciembre de 2015. Pero eso está por ver: hay ejemplos de cómo el quietismo de Rajoy pudre los problemas y los hace irresolubles como ha ocurrido en Cataluña. Además, Rajoy debería recordar como cayó Margaret Thatcher, a la que sus compañeros sacrificaron. Si ABC empieza a hablar de que la extrema derecha del Partido Popular empieza a pensar en crear otro partido, el riesgo para Rajoy empieza a hacerse visible. Pero el Presidente en funciones se ha quemado tanto en la quietud y en la desidia que cada vez es más difícil que los grandes intereses económicos y empresariales que mueven y alimentan al Partido Popular pueden sostenerle como futuro candidato a las elecciones o a la investidura sin elecciones.

Lo más probable es que Rajoy esté políticamente muerto pero nadie se atreva a decírselo. Hace tres meses le pasó lo mismo a Artur Mas.