EL PSOE SERÁ DECISIVO

peña200616

A una semana de las elecciones, el diario El País estuvo sembrado el domingo 19 de junio. Tanto el editorial como el artículo de José Juan Toharía dan en mi opinión con la clave de lo que se avecina.

Es cierto, como dice el editorial, que las campañas del PP y de Podemos están enfocadas a polarizar a los votantes y a tratar de jibarizar el centro político, porque eso es lo que conviene a los intereses de ambos extremos. Por un lado, el PP hace creer a los votantes conservadores que se avecina el caos y que la única salvación es aglutinar el voto que ellos llaman “moderado” en un solo partido, que casualmente es el PP. Por otro lado, Podemos hace creer a los votantes que ellos son los únicos que pueden acabar con el inmovilismo del PP y los más aptos para regenerar España y sacarla de la pobreza y la corrupción. Lo más sorprendente es que los medios de comunicación de la derecha estén apoyando la estrategia suicida de fortalecer y aupar al extremo opuesto para favorecer al extremo propio, ahogando las voces moderadas del centro. Pareciera que el objetivo fuera hacer ingobernable este país. A costa de dificultar esa gobernabilidad, el objetivo partidista de perpetuarse en el poder persigue dejar al PSOE como únicas opciones las de elegir entre la peste (apoyar a Podemos) o el cólera (dejar gobernar al PP).

Sin embargo, la realidad es muy otra. La mayoría sociológica de los españoles se agrupa en torno al centro izquierda, y son el PSOE, y en menor medida Ciudadanos, los que se ubican en ese espacio político. Sólo estos dos partidos están mostrado una voluntad decidida de querer cambiar las cosas con programas realistas y moderados. Ambos se sitúan muy lejos del inmovilismo exasperante del PP, y de las proclamas rupturistas de Podemos. Porque, como repite el profesor Ángel Gabilondo, no es desde el resentimiento, sino solo desde la moderación como se puede cambiar la realidad, y “hay que ser muy atrevidos para ser moderados”. Y desde la moderación ambos partidos fueron capaces de acordar 200 medidas que supondrían un verdadero cambio en las políticas públicas y en la regeneración democrática de nuestro país. Mientras tanto, los que se reclaman los adalides del cambio, esconden su programa y casi no hablan de él. Porque en realidad se trata de una amalgama de 20 programas, una especie de todo-terreno que lo mismo sirve para reclamar un referéndum de autodeterminación en cada territorio, que para pedir la Tercera República, para nacionalizar la banca, sacarnos del Euro, o controlar a los jueces desde el Gobierno. Su cambio consiste en poner en riesgo las conquistas sociales de los últimos cuarenta años.

Vayamos primero a los pocos días que faltan para las elecciones. Muchas encuestas son interesadas y en algunas se aprecia la intención de desmoralizar a los votantes socialistas y centristas, la pretensión de que lo den todo por perdido y se queden en casa, o voten a los supuestos ganadores de los extremos. Y esas mismas encuestas nos informan de la existencia de un 30% de indecisos que deciden su voto precisamente en la última semana, y de un tercio de ellos, que lo hacen el mismo día de la votación. Por lo tanto, hasta que el último voto no entre en la urna, nada estará escrito. La historia no la escriben las encuestas sino las personas con sus actos. Si el electorado no se ubica sociológicamente en los extremos, no hay razón para que no se imponga la racionalidad y la sensatez y los ciudadanos voten cambio con moderación, antes que inmovilismo o extremismo.

Y vayamos al día después. Aun en el hipotético caso de que las encuestas acertaran, y con mayor razón aún si se equivocaran, el PSOE va a ser decisivo y sus opciones no serán tan malas como las pintan. Si fuera cierto que la suma de escaños de PSOE y Podemos se situara en torno a los 175 diputados, las cosas estarían mejor que el 20-D. Veamos por qué: el problema de ambos extremos, PP y Podemos, es que están solos. Ninguno de ellos suscita simpatía en el resto de partidos. Nadie quiere pactar con el PP porque está inundado de corrupción y porque su inmovilismo y conservadurismo son los responsables de la desigualdad lacerante que se ha instalado en nuestro país. Pero tampoco nadie quiere pactar con Podemos, porque nadie se fía de él. Su travestismo político y sus orígenes bolivarianos y anticapitalistas, no tan lejanos, suscitan una gran desconfianza. No pueden ser de fiar quienes un día llaman casta al PSOE y reniegan de presidentes como Felipe González y Zapatero, al día siguiente dicen que les tiende la mano (no queda claro si al cuello), o se proclaman socialdemócratas de toda la vida y descubre que Zapatero ha sido el mejor presidente de la democracia. O que llaman caducos y apolillados a Izquierda Unida, y al mes siguiente forman una coalición con ellos. O que dicen una cosa en los mítines y la contraria en los platós de televisión. Todo en la cúpula de ese partido ha sido cálculo y cinismo en estos últimos meses, con tal de arañar votos de donde fuera. Han cambiado tantas veces de etiqueta y su estrategia camaleónica es tan evidente -al menos para los que tienen más de treinta años-, que va a ser muy difícil que nadie les apoye, a no ser a costa de grandes concesiones.

En nuestra democracia parlamentaria, como dice Toharia, va ser más importante la capacidad de pactar y de sumar apoyos que el tener más escaños que el partido de al lado, y todos los partidos tendrán que aprender a manejar ese poder. Por eso, el PSOE estará en inmejorables condiciones de negociar a izquierda y a derecha para conseguir sacar adelante las reformas que este país necesita. Con Ciudadanos puede alcanzar una minoría mayor que la del PP o Podemos por separado. Al PP le puede exigir la abstención bajo la amenaza de pactar con Podemos y a Podemos les puede exigir eliminar muchos radicalismos de su programa, y vetar para el gobierno a un personaje tan inquietante y peligroso como Pablo I. Turrión, bajo la amenaza de dejarlos en la oposición. En cualquiera de los dos casos, podría pactar un amplio programa de reformas y arrancar una legislatura, donde de todos modos será el Parlamento, y no el Gobierno, quien tendrá la última palabra sobre las leyes que prosperarán y las que no.