EL PROBLEMA ES LA DESIGUALDAD. LA GRAN CUESTIÓN POLÍTICA

Desde hace años, la OCDE, y muchos organismos internacionales, están alertando sobre la evolución peligrosa de las desigualdades en el mundo. No solo internacionalmente, sino también, y de manera particular, en las naciones desarrolladas.

En este sentido, un reciente informe de la Comisión Europea sobre el empleo situaba a España en el pelotón de cola de los países con peores indicadores sobre empleo y desigualdad, junto a Grecia, Lituania y Bulgaria.

En concreto, los datos indican que en España aumenta la brecha entre el sector más próspero de la sociedad (los que tienen empleos de calidad y reciben ingresos superiores) y aquellos que se encuentran en peor situación, alejándose de los promedios actuales de la Unión Europea.

En España concurren otras circunstancias que tienden a agravar las desigualdades, como las mayores diferencias de rentas entre hombres y mujeres por hacer los mismos trabajos, la alta tasa de abandono escolar prematuro y una considerable proporción (cerca del 15%) de jóvenes que ni estudian ni trabajan; es decir, que se encuentran instalados a priori en la exclusión social, sin perspectivas ni horizontes de futuro.

Todo esto hace que el problema de la desigualdad se haya convertido en una de las principales cuestiones que deben ser remediadas si queremos avanzar hacia sociedades razonablemente prósperas y estables, en las que exista una auténtica igualdad de oportunidades, con una educación más accesible para todos y en la que se superen las brechas sociales que existen entre dos sectores de población: los que están abocados a la pobreza, la exclusión social y la marginalidad y los muy ricos que cada vez son una minoría más próspera y privilegiada. Tendencia que nos está conduciendo a sociedades divididas y fragmentadas, en las que cunde el desánimo y la desafección política, y en las que aumentan los riesgos de inflamabilidad social, a medida que más personas se encuentran ante tesituras de futuro en las que no tienen nada que perder. Y que, por lo tanto, no se sabe cómo podrán reaccionar.

Los informes de los organismos internacionales que alertan sobre los peligros de esta deriva, lo hacen no solo por razones morales y políticas, por entender que las injustas desigualdades −sobre todo en un mundo desarrollado− son una de las injusticias más insoportables que amenazan con un riesgo de dualización social, sino también por razones funcionales y operativas. Es decir, debido a la disfuncionalidad que supone para el progreso de la economía y para el dinamismo de los mercados que muchas personas queden excluidas de las posibilidades de una vida digna y de las oportunidades de los consumos que puedan posibilitar una prosperidad personal acorde con el desarrollo de nuestras sociedades.

Por lo tanto, el problema de la desigualdad se está convertido ya no solamente en una cuestión moral y de dignidad humana, sino en una cuestión que requiere ser vista con inteligencia, entendiendo que estamos deslizándonos hacia un tipo de sociedades que pueden ver truncadas sus posibilidades de futuro. Y en las que puede cundir un tipo de desafecciones y frustraciones que acaben revolviéndose contra la propia lógica de un equilibrio social razonable.